Por: Esteban Alejandro Rojas / Collages: Natalia Bedoya
*Los días del sol rojo es un trabajo de grado de periodismo que cuenta la vida, la memoria y el silencio de Marta/Carmen Rosa. Este cuento es la primera pieza que le da nombre a la completitud y funciona como apertura al motivo narrativo (el sol).
“Este año son diez años desde que vivimos los últimos días del sol”. Esa es la portada de hoy junto a una foto del sol en esos días. Cómo sigue pasando el tiempo. El sol está muerto y las personas todavía pensamos en el tiempo, ni con el cambio del mundo podemos desatarnos. También está de aniversario La Continuidad, esta publicación diaria que cada que entra a la casa y avisa que llega el día, las personas lo sienten llegar, como cuando entraba la luz del sol por las ventanas y las horas renovaban su conteo. Volvían a empezar.
Desde que el sol dejó de dar luz entendí que la luz no sabía a dónde llegar, sino que se filtraba por todos lados. Estaban las personas que ya sabían y las demás lo entendimos cuando llegó la oscuridad. Después todas tuvimos miedo de salir. El sol había muerto, la humanidad estaba perdida, cada una de las personas a mi lado y las que no podía ver por el límite de mi mirada o de mis ojos. Afuera nos quedamos hasta sin las sombras porque no hubo más luz para formarlas. Ellas marcaban contorno y brindaban espera; nos hacían más grandes, eran más grandes que nosotros. Sin el sol también se perdieron los grandes reflejos.
Paso la portada de La Continuidad y leo: “El sol no era solo luz, pero la luz era la forma visible de esa vida que nos daba y que nos sostenía. Dependemos tanto de las imágenes. El mundo se fue quedando oscuro y callado y después llegó la oscuridad, se perdió la penumbra. Todas las personas que estamos aquí hace diez años sabemos que, si nos acostamos esa noche, o si nos quedamos despiertas, esperamos que el planeta se fuera al vacío sin su eje, todo un sistema que tendría que haber colapsado. Y las personas despertaríamos del sueño para el final. Esperamos el fin todas las personas encerradas. Y cuando se permanece en interiores sin vistas se pierde algo (el sentido del tiempo). Los relojes siguieron funcionando y marcaban el paso de muchas horas, las personas abrimos los ojos y despertamos, pero no amaneció”.
La portada interior de esta edición es una nota de la dirección:
“Con la pérdida del sol la gente empezó a desconfiar de lo que veía, de lo que tenía, de lo que llegaba en información. Después de que la fuente de vida se terminara, el mundo que teníamos se acabó (tuvo que cambiar). Ahora parece que nada ha sido construido pensando en lo que no ha existido, imaginando. Para escribir una nueva historia (hacer un nuevo lugar) hay que buscar en el pasado, saber que no podremos decir nada nuevo y construir una forma diferente de mostrarlo (un punto de vista). No podemos dejar el manejo del tiempo a los programas, ellos no lo entienden, no lo necesitan, no viven en función de él como nosotros; por eso es un compromiso con el tiempo la existencia y el manejo de esta continuidad”.
Me devuelvo a ver la portada y la fotografía. En sus últimos días el sol se hinchó y se puso de color rojo —se veía gigante—. Las proyecciones de la luz dispersa por todos lados parecían quemar y no alumbrar. En los primeros días del sol rojo nadie estuvo muy preocupado, el final parecía otro atardecer, lo vimos pasar como siempre y estaba terminándose. El sol se estaba muriendo cada día en esa forma de alumbrar. Muchas veces vimos acabar el día y la noche, pero nunca pensamos ver morir el sol. Y aquí seguimos.
El sol se fue enfriando y opacando hasta quedar en un pequeño punto blanco que terminó por desvanecerse —tuvimos ojos para ver eso, y para dejar de verlo, qué increíble—. Cuando llegó la oscuridad y se prendieron las primeras luces que reemplazarían el sol, se empezó a publicar La Continuidad. Desde entonces esta publicación es la que avisa que un nuevo día inicia, como si fuera la pauta del tiempo. Llega a la red y en las casas se prenden las luces —el sistema es global y todas las personas debemos pagar el servicio—. Al principio, las luces se quedan prendidas todo el tiempo y no se pueden apagar, ese es el día. Después llega un momento en que las lámparas y bombillos se apagan y se puede decidir qué luces dejar encendidas o apagadas, esa es la noche. Por último, llega el momento en que todo se vuelve a apagar, y ninguna luz se puede prender, esa es la madrugada. Vuelvo a avanzar; paso la portada interior y me quedo en la tercera página:
“Las nuevas viejas tecnologías: con la pérdida del día y la noche, de la luz y la oscuridad del sol que marcaba el paso de las cosas, perdimos la mayor forma de virtualización (el tiempo). Sin esta forma no tenía sentido ninguna de las demás. La digitalización, el discurso, el texto, el contrato, el cuerpo y los signos. Todo perdió razón, aunque conserváramos motivos. Y después ocurrió lo impensable, el planeta siguió existiendo sin el sol y era el mundo lo que estaba silencioso. Llegó la reinvención del tiempo. Pero la pérdida de luz y oscuridad por la muerte del sol es una pérdida del sentido de la humanidad, se ha perdido la existencia de lo humano. En este sentido, aunque ahora parezcamos unidos después del daño, el mundo se enfrentó a una nueva forma de hacer humano. Y la manera de hacerlo fue cada vez más artificial, cada vez más virtual, y siempre se recuperan todos los discursos. Parece ahora que los motivos y las razones se han unificado a lo largo del mundo. Que ya sin tiempos diferentes, sin relevos en la luz, se han terminado las variedades de idiomas y queda uno, el del final”.
Parece que esto es una conexión con lo que decía la portada interior, podría ser que toda la edición sean varias notas expertas, teóricas y científicas que conformen un solo relato. Esta edición siempre suele ser especial. De igual modo, esta forma de continuar el relato que inicia la contraportada puede estar pensado desde un lugar diferente.
Paso sin leer las páginas de los informes físicos y científicos, que siempre tienen un lugar en La Continuidad, y se encargan de buscar y explicar las razones del por qué seguimos vivos. Sigo bajando hasta encontrar la página que esperaba. Las ediciones de aniversario traen una página de construcciones prematuras; buscan mostrar cómo antes de que pasara las personas ya hablaban de la muerte del sol. Algunas me gustan y las convierto en papel para coleccionarlas. Guardo palabras del pasado y las cuelgo en las paredes de mi casa. Estas son las de hoy que quiero guardar, vienen de Las uvas de la ira: “Llegó el alba, pero no el día. Un sol rojizo apareció en el cielo gris, un círculo opaco que daba poca luz; y al avanzar el día el polvo volvió a la oscuridad, y el viento silbó y lloró sobre el trigo caído”. Qué increíble, ¿por qué pareciera que las palabras siempre han podido adelantarse al malestar y al mismo tiempo decir solo lo que pueden decir?
Cuando se desvaneció lo último que quedaba del sol todas las personas estuvimos para verlo. Estaba el mundo tan callado que la gente se escuchaba el corazón. Con esto se dejó de calentar la tierra, y entre muchas cosas, se ha perdido el brillo de los metales. Ya no resplandece el oro. Perdimos la luz de la noche. Nos dimos cuenta de que era tan extensa la luz del sol que teníamos la luna muy lejos para verla con nuestros ojos, y puede que ahora lo esté mucho más. Era la fuerza del sol la que mantenía todo en su lugar, a todo le tenía una posición, había un punto en un espacio. Con los planetas de este sol que ha muerto revoloteando a la deriva tuvimos que hacer renuncias, ya no hay dirección que guíe a respuestas. Pero ella —el sol, nuestra estrella— no era solo fuerza; en términos naturales (de atracción), nuestra vida —la forma de contarla— y nuestra historia estaba basada en su existencia incuestionable ¿Quién pensó que el sol no existía cuando lo dejaba de ver en la noche? El sol no solo marcaba la vida y el paso del tiempo, llevaba consigo la idea de la calidez, asociada al calor y el calor asociado a la felicidad ¿Quién se imagina bailar contento en una tierra congelada? El sol traía la noción de renovación, de cambio y de diferencia —lo oscuro y lo iluminado—. Había sido para muchos grupos a lo largo de la historia un Dios y una sustentación del mundo, el génesis de la vida que partía de la luz. El sol era el comienzo de todas las historias que podían contarse. Y el sol era la base de la vida.
Las personas han encontrado la forma de mantener el mundo iluminado: las lámparas funcionan, pero todo ha cambiado. Han muerto las flores, los árboles y todas las plantas. Hay granjas en ciertas porciones de tierra donde las luces mantienen con vida algunos árboles frutales; todas las plantas que no pudieran ser comestibles se han sacrificado para soportar el gasto de energía. Algunas granjas son pequeñas y públicas, otras grandes y privadas, yo ya no voy a ninguna. Con la pérdida del sol se nos retrajeron los cuerpos, nos encogió el frío y la oscuridad como cuando nos acostábamos a dormir acurrucados, yo ya solo utilizo los ojos y los dedos de las manos.
¿Qué es lo que queda cuando se pierde lo que se cree el inicio? Tal vez lo mejor sería el encuentro con un pasado anterior a eso que se veía como el principio. Y si no fue el sol, ¿qué es entonces? Tal vez el tiempo es algo que se hace y no un sistema progresivo que nace de algo. Creo que también nos ha cambiado la forma de ver el tiempo. Entonces ahora nos imaginamos que pudo existir un mundo antes del sol y que podría existir otro después. Y así existe el mundo que tenemos. Creo que eso es lo que hemos hecho. Seguimos y no hemos visto pasar el tiempo, pero sí hemos visto el tiempo pasar, desde afuera de él, pero al lado suyo. El lugar de lo que se tenía y no se tiene sigue existiendo —y parece que fuera algo que no se superara—pero la vida se hace más grande, y así sigue, es su forma de continuar. Nosotros seguimos sujetos a ese crecimiento que se amplifica hasta que el hueco de lo que se quitó queda en el centro y las personas estamos situadas varias esferas después, sin dejar nada por fuera. Y lo hacemos todavía con la mirada en el pasado —que puede que sea un buen punto de vista— y las cosas se pueden seguir contando.
No sabemos qué pasará, cuánto tiempo aguantaremos sin el sol. Y parece que saber que se está vivo es todo lo que se necesita para estarlo, las personas no han necesitado más. Hay pocas respuestas y explicaciones para la muerte del sol, siempre parece muy rápida la ausencia, que llega muy antes de tiempo. Pero la vida sigue creciendo, siguen naciendo personas, las familias se reúnen, celebran cumpleaños y nuevos años que llegan —celebramos que el tiempo pase, aunque lo hayamos perdido—. No se acabó el mundo, pero sí la fuente de su vida, parece que viviéramos no por supervivencia sino por obstinación.
No he pasado más las páginas, no me interesa nada más de lo que hay, lo que he visto ha sido suficiente. Antes de dejarla del todo me devuelvo hasta la contraportada, quiero terminar de leer la nota de la dirección que dejé buscando lo que seguía: “Con el mundo que tenemos el fin parece sencillo (y nada más complejo que lo sencillo). Para vivir sin la estrella de nuestro sistema planetario basta con recordar cómo era vivir con ella como el centro de todo. Seguimos comprendiendo que la falta es lo que nos guía como humanos. Nunca nos fijamos tanto en el cielo como ahora que intentamos buscar alguna luz lejana. Nunca pensamos tanto en el sol como estos días en que se ha ido. Pero buscaremos pensar en el mundo que aún tenemos. Hasta que nos dure lo haremos posible con las palabras. El tiempo seguirá pasando y tal vez podremos contar otros diez años junto a ustedes, todas las personas del planeta y el mundo que no se ha acabado todavía”.