Edición 40 - Mayo 2009

8 y 9 de Junio de 1954 La ¿celebración? del día de los estudiantes

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8 y 9 de junio de 1954, dos días que marcaron el “comienzo del fin” de la dictadura de Rojas Pinilla, dos días que aportaron más víctimas al movimiento estudiantil, dos días en que la ciudad de Bogotá se conmocionó por los infaustos sucesos en que cayeron muertos, por balas oficiales, una decena de jóvenes estudiantes y quedaron heridos otros tantos. Las razones a tales acontecimientos aún no se han aclarado del todo, unos dicen que fue causado por el  militarismo de Rojas Pinilla, otros que fue un asunto de Laureanistas resentidos o de comunistas que incitaron al desorden. Lo cierto es que durante estas jornadas de junio, la expectativa del primer año del gobierno militar se desmoronó, la ciudad quedó conmovida y la imagen del Teniente General Rojas Pinilla no tuvo la misma credibilidad de antes.

 

La mañana del 8 de junio, cuando los estudiantes se dirigían en procesión hacia el Cementerio Central, tropas de la policía les impidieron el paso argumentando problemas de orden público. En la tarde, cuando los estudiantes se encontraban departiendo en los predios de la Universidad Nacional, de nuevo la policía apareció; esta vez se presentó una confrontación. El encuentro dejó como resultado la muerte del estudiante Uriel Gutiérrez. Al día siguiente, durante su sepelio, un contingente de soldados, recién llegado de la Guerra de Corea, bloquearon la procesión, después de unos minutos de tensión, se escucharon disparos y comenzaron a caer los muertos de la jornada del 9 de junio. Al final, todo fue confusión, muerte y desconcierto. Los estudiantes fueron a sepultar a uno de sus compañeros y terminaron recogiendo 9 cadáveres más.

Las razones de estos hechos pueden resumirse en lo que podría denominarse el síndrome post 9 de abril,  es decir, el temor por parte de los sectores dominantes a las manifestaciones masivas de los pobladores. Esto ocasionó, entre otras cosas, la conservatización de la policía, la cual junto con organismos paraestatales, como los “pájaros” tenían como función la homogeneización política, de manera violenta y sectaria, de los colombianos. Otro factor que incidió en el desarrollo de los acontecimientos del 8 y 9 de junio y en sus posteriores interpretaciones, fue la doctrina anticomunista asumida como política estatal. De hecho, la responsabilidad principal de lo ocurrido estos días se le adjudicó a los comunistas más reconocidos para entonces en el país.

De esta manera, el principal protagonista de las jornadas, el movimiento estudiantil, se vio reducido a calificativos despectivos, emitidos por algunos sectores muy cercanos al gobierno militar en sus comienzos, que lo tildaban de alterar el orden social, recién conquistado por Rojas Pinilla. En consecuencia, la organización  estudiantil, lejos de verse como un movimiento social, con “identidad irreductible, independencia y permanencia (que) converge como grupo en un contenido intencional”, terminó asociándosele con rasgos espontáneos de desorden, de algarabía multitudinaria y, además, influido por elementos comunistas; restándole así autonomía a las reivindicaciones estudiantiles.

Precisamente el 28 de junio de 1954 se publicó una editorial en El Tiempo titulada “El Mcarthysmo criollo, en la que se criticaba acérrimamente las gestiones internas llevadas a cabo en la Universidad Nacional, encaminadas al señalamiento y expulsión de todos aquellos miembros de la comunidad académica (docentes y estudiantes) que habían estado implicados en los hechos del 8 y 9 de junio. Sin embargo, estas actuaciones eran apenas el reflejo de una política a nivel nacional de estigmatización del pensamiento diferente, titulado despectivamente bajo el apelativo de Comunista y dirigido hacia todos los pobladores que se mostraran en desacuerdo con las decisiones del gobierno. El Comunismo se convirtió en el caballo de batalla que amenazaba constantemente el orden y la paz nacional, tan deseada por Rojas Pinilla; de esta manera, con la excusa de la lucha en contra del comunismo, se realizaron actos de censura, represión y señalamiento.

En suma, todo acto autónomo que presentara cierto rechazo a las políticas gobiernistas era catalogado genéricamente como comunista, con todas las consecuencias que para el contexto mundial y nacional acarreaba este calificativo.  Visto como un leviatán, las palabras del gobierno vislumbran un cierto terror por la existencia de este tipo de pensamiento en el país: “El partido comunista, técnicamente organizado, disciplinado y con masas que obran en la sombra, sí habita en Colombia”, decían los miembros del gobierno con asomos alarmistas. En relación con la existencia del comunismo aparecen “las víctimas”, los estudiantes, quienes al paso de las décadas han tenido que luchar no solo con el imaginario de la élite que los reduce a simples seguidores acríticos de doctrinas “dañinas” para la sociedad, sino con la  violencia de la Fuerzas Armadas y, ahora, contra armas más poderosas como la privatización, la mercantilización de la educación, la educación para el trabajo, etc.; obstáculos que quizá han opacado su organización mas no los objetivos de su reivindicación.  

 

 

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