
Se cumplen en estos días 20 años del brutal genocidio de cerca de un millón de personas en Ruanda, uno de los peores crímenes de la segunda mitad del siglo XX. La información convencional presenta este hecho como resultado de un conflicto étnico interno entre grupos tribales, sin que se haga alusión a las verdaderas razones de fondo, entre las que sobresalen la dominación colonial europea, la implantación de Planes de Ajuste Estructural y la expoliación de gentes y recursos por parte de las potencias imperialistas.
La larga noche colonial y su legado de muerte
Ruanda es un país situado en el centro de África, en la región de los Grandes Lagos, cuyo territorio ha sido ocupado desde hace siglos por dos grupos principales: los tutsis y los hutus, aunque no sean sus únicos habitantes. Los hutus se dedicaban a la caza y recolección de alimentos, mientras que los tutsis eran ganaderos. En el siglo XV estos últimos dominaron a los primeros, les impusieron una especie de sistema feudal y los convirtieron en siervos. Pese a las diferencias, estos dos grupos convivieron en relativa armonía hasta antes de la llegada de los colonizadores europeos a sus tierras.
En 1884 se oficializó el reparto imperialista de África, como resultado del cual Ruanda fue asignada a Alemania, que permaneció allí hasta 1914, cuando estalló la Primera Guerra Mundial. Los alemanes fueron reemplazados por Bélgica, cuyo objetivo principal era extraer recursos naturales y explotar fuerza de trabajo local, y para ello se apoyaron principalmente en los Tutsi, a los que llegaron a presentar como superiores a los hutus. A partir de esa falacia, los belgas implementaron la diferenciación étnica en forma premeditada, puesto que en 1933 impusieron un documento de identidad en el que se señalaba el origen étnico de su portador, el cual se convirtió a partir de ese momento en un rasgo central de identidad. Esta diferenciación étnica era completamente artificial, puesto que los dos pueblos hablaban la misma lengua (el kinyarwanda) y tenían una misma cultura y religión. Pero la preferencia que los belgas dieron a los tutsis alimentó el odio racial y étnico de los hutus, que produjo el genocidio de 1994.
Para completar, la iglesia católica belga decidió adoctrinar a los hutus y les inculcó el odio hacia los tutsis, incitándolos a que recuperaran su territorio, lo que era una estrategia para dividir a los habitantes de Ruanda y mantener la dominación colonial. En esas condiciones se adelantó la independencia de Ruanda en 1960, en la que los dirigentes de los hutus ya anunciaban que realizarían una “revolución social” para librarse de los tutsis.
Tras la independencia, los hutus obtuvieron la mayor parte de cargos y el control del nuevo gobierno que reproducía la herencia colonial pero en sentido invertido, porque ahora quienes habían sido excluidos por los colonizadores belgas dominaban en la esfera política. De esta forma se reproducía una construcción tribal de la política, en la cual la limpieza étnica aparecía en el horizonte como su principal propósito. Eso era lo que se bosquejaba en el Manifiesto Hutu de 1957, un decálogo del odio redactado por intelectuales, en el que se preguntaba: “¿Si somos diferentes y somos más, qué hacemos sometidos?”.
En resumen, en el largo plazo el genocidio de Ruanda es una responsabilidad directa del colonialismo de las potencias de Europa, una de las cuales se encargó de alimentar las diferencias étnicas y de generar odios y rencores entre los grupos tribales.
Las razones inmediatas del genocidio
Ruanda ha soportado, como el resto del continente africano, no sólo las miserias del colonialismo, sino el saqueo y reparto de sus riquezas por parte del imperialismo moderno, desde su independencia a comienzos de la década de 1960. Como parte de ese proceso, Ruanda soportó un Plan de Ajuste Estructural impuesto por el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial que se materializó en el aumento de su deuda externa, la cual pasó de 49 millones de dólares en 1976 a 1.000 millones en 1994. A cambio, se le impusieron las medidas conocidas de ajuste, que impulsaron las exportaciones de café, té y estaño, en contra de la producción de bienes agrícolas de subsistencia. Así se abrió el camino para el desastre, que llegó cuando cayeron los precios internacionales de las materias primas, entre ellos el café, principal producto de exportación del país, a raíz de la eliminación del Pacto Internacional del Café.
Como Ruanda es un país rural, con un 90% de la población campesina, y superpoblado, la caída de los precios del café significó el empobrecimiento generalizado de sus habitantes. Esto generó un enorme descontento, que fue canalizado por los sectores dominantes de los hutus, a través del régimen dictatorial de Juvenal Habyarimana (1973-1994), desde donde se empezó a señalar a los tutsis como responsables de la situación. Entre la población más pobre se empezaron a conformar comandos paramilitares –denominados milicias Interahamwe, “los que luchan juntos” – cuyo objetivo era matar tutsis. No solamente se generaba odio sino que se compraron armas con los dineros que habían prestado el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional con el fin de realizar el genocidio. Entre las compras figuraron 600 mil machetes, procedentes de China, que fueron facturados como instrumentos de trabajo, los cuales se transformaron en la principal arma homicida en 1994.
El apoyo directo de las potencias imperialistas a los genocidas también se manifestó en la preparación y “cualificación” de los asesinos por parte de instructores de Francia. Como lo recordaba un antiguo miembro de los escuadrones de la muerte: “los militares franceses nos enseñaron a capturar a nuestras víctimas y a amarrarlas. Eso era en una base en el centro de Kigali. Allí era donde se torturaba y era también allí donde el cuerpo expedicionario francés tenía su sede”. No sorprende que, con una gran dosis de cinismo, el presidente de Francia, François Mitterrand, haya dicho que “en países como Ruanda, un genocidio no es demasiado importante”.
El genocidio en marcha
Durante varios años las fracciones dominantes de los hutus fueron sembrando la semilla del odio contra los tutsis, y para eso recurrieron a todos los medios a su disposición. Volvieron a poner en funcionamiento el carnet de identificación que habían inventado los colonialistas belgas, en donde claramente se registraba la procedencia étnica, y realizaron un empadronamiento que les permitió ubicar los lugares en donde se congregaban los tutsis. En la escuela se enseñaba un tipo de historia que les repetía a los niños y jóvenes que sus vidas estaban en peligro porque las “cucarachas” (como llamaban a los tutsis) los iban a matar y tarde o temprano había que aplastarlas. Estas referencias racistas se repetían en la vida cotidiana, en las calles, y eran amplificadas por la radio, el medio de comunicación principal del país. Entre todas las emisoras sobresalió la de las Mil Colinas, conocida como Radio del Odio, en donde se incitaba a matar con machetes a los tutsis o a los hutus moderados, sin importar si eran niños, mujeres o ancianos.
El genocidio se estuvo preparando durante varios años, pero para que se desencadenara se necesitaba un pretexto y éste se presentó el 6 de abril de 1994, cuando en el Aeropuerto de Kigalli (capital de Ruanda) fue derribado el avión en el que venían el presidente hutu Juvénal Habyarimana y el presidente de Burundi, Cyprien Ntaryamira, luego de firmar un acuerdo de paz con el Frente Patriótico Ruandés (FPR), que se había formado en 1990. Ese acuerdo para formar un Ejército y un gobierno de unidad nacional duró solamente dos días y se rompió cuando el presidente hutu fue asesinado por miembros descontentos de su propio entorno.
Esta fue la chispa que desencadenó el genocidio, porque de inmediato se inició la cacería de los tutsis y de los hutus que se negaban a participar en la matanza. Se empezó con los altos funcionarios del gobierno y se continuó con todos los tutsis que se encontraran en el camino. Desde la Radio de las Colinas se incitaba a matar con cualquier instrumento, piedra, palo o machete. En un lapso de cien días, entre el 6 de abril y el 4 de julio, fueron asesinados entre 800 mil y un millón de personas por las milicias paramilitares y por la propia población que, azuzada desde tiempo atrás contra los tutsis, procedió a efectuar crímenes impensables; asesinaban incluso a los niños, a mujeres embarazadas, a ancianos indefensos.
El 85% de la población persiguió y masacró a gran parte del 15% restante, en razón de una diferencia étnica artificialmente inventada. Se calcula que se cometieron cerca de medio millón de violaciones y muchas de las mujeres sobrevivientes fueron infectadas con el virus del SIDA. Al final se asesinó al 75% de los tutsis de Ruanda, y a más del 19% del total de su población, si se considera que en la actualidad sus habitantes alcanzan la cifra de 9 millones de personas. Ha sido el “período más intenso de masacre en todo el siglo XX en el mundo entero, con más muertos diarios que el holocausto nazi”. Se llegó a matar un promedio de siete ruandeses por minuto.
En el genocidio participaron activamente sacerdotes de diversas religiones, entre los que se destacaron los curas católicos, que no solo permitieron que las iglesias fueran violentadas sino que participaron en la masacre. Los sacerdotes que se opusieron o que defendían a los tutsis fueron asesinados.
Mientras este genocidio se llevaba a cabo, ese conjunto de delincuentes que se autodenomina “comunidad internacional” y que agrupa a los países imperialistas, junto con la inepta e inútil Organización de Naciones Unidas (ONU), no solo lo toleró, sino que lo alimentó; de hecho, mientras eran masacrados los pobladores tutsis y los hutus moderados, la ONU decidió reducir en un 90% su “contingente de paz” (sic) en Ruanda.
Pero hubo algo peor. Cuando el FPR avanzaba para perseguir a los genocidas, tropas enviadas por Francia les cerró el paso, protegieron a los asesinos y permitieron que éstos huyeran hacia países fronterizos, en lo que se denominó la Operación Turquesa. Al mismo tiempo, los delincuentes mediáticos de la prensa internacional acallaban lo que sucedía en Ruanda, informaban que se estaban presentando enfrentamientos étnicos y no hablaban de genocidio. Sencillamente, Francia quería mantener su influencia en la zona, pues presumía que el FPR liquidaría su presencia por sus nexos con países de habla inglesa. Y por eso respaldó el genocidio y protegió en forma directa a los asesinos.
La ruindad de la ONU fue tal que abandonó las escuelas y los lugares donde acampaban sus “tropas de paz” y en los cuales se encontraban apiñados miles de tutsis, que fueron dejados a su propia suerte, o entregados a las bandas criminales, que procedieron a masacrarlos. Su responsabilidad criminal fue mayúscula si se recuerda que una resolución de 1948 obliga a su Consejo de Seguridad a intervenir en los lugares donde se realice un genocidio. Y quienes más se opusieron a esa intervención fueron los Estados Unidos y Francia, países que en pleno genocidio de Ruanda propusieron que se redujera el contingente de la ONU que allí se encontraba, que pasó de 2.500 a 250 personas.
Podría pensarse que este genocidio realizado con medios preindustriales (entre los que sobresalió el machete) fue caótico y no obedecía a ningún plan, pero en el fondo su sangrienta meticulosidad respondió a los designios de las potencias imperialistas, en este caso principalmente de Francia. Esto fue insinuado por el general canadiense Romeo Dallaire, quien era jefe de los cascos azules de la ONU en Ruanda en 1994: “Matar un millón de personas y ser capaz de desplazar a tres o cuatro millones en tres meses y medio, sin toda la tecnología que se ha visto en otros países, representa una misión significativa. Eso exige datos, órdenes o al menos algún tipo de coordinación. Tenía que haber una metodología”. ¿Quién disponía de esos medios, esa experiencia y esa tecnología?