
Gaza es la muestra de hasta dónde puede llegar una ambición geopolítica bien vendida a la sociedad de consumo. Gaza es solo un escenario donde se enfrentan “los buenos”, los israelíes, “los hijos de Dios”, contra “los malos”, los árabes, los musulmanes, “los terroristas”. Y así, el bueno de David, está cumpliendo con la obra divina de aniquilar el virus de los filisteos. Sansón, y su máquina de hierro aplasta inmisericordemente al Goliat abusador que quiere sacar al “pueblo elegido” de su hogar judío, y ello nos lo confirman los medios de comunicación occidentales.
¡Que mueren cientos de niños palestinos! No importa, eran solo serpientes que si hubieran crecido hubieran parido más terroristas. Por ello los machacan con pequeñas bombas de una tonelada cada una con metales inertes densos que estallan tejidos humanos y generan cáncer, o con uranio empobrecido, que también lleva el cáncer en su seno. Y ya han lanzado a su patio trasero lleno de hospitales, viviendas, refugios, escuelas, centros de suministro más de 200 de estos artefactos, y siguen más. Ah, y es un éxito por donde usted mire: van más de 450.000 desplazados internos que no pueden refugiarse en otros países, pues Egipto, gran socio de Israel, les impide huir por el paso fronterizo de Rafah.
Los hermanos europeos del sionismo, socios de sus grandes empresas armamentistas, los apoyan tanto como el hermano norteamericano que le aporta a Israel 3.600 millones de dólares anuales para que desarrolle sus humildes armas de última generación. Gaza les debe servir de laboratorio donde puedan probarlas para venderlas previamente certificadas en el mercado de armas del mundo que les tocó reconstruir a ellos, los judíos sionistas, los mismos que fueron paridos por las manos de los banqueros Rotschild y por ese periodista austrohúngaro del siglo XIX creador de una obra, similar a la de Hitler, llamada “La Nación Judía”: Theodor Herzl. Loor a ese Dios que aún, desde el Antiguo Testamento, les habla y les ordena el exterminio de los “impuros” árabes, aquellos que están atrasados culturalmente 500 años respecto de ellos -como lo afirmó el oscuro escritor, orador y periodista, Vladimir Jabotinsky en 1923-, y que no son considerados humanos ni dignos de hacer con ellos cruces genéticos; la visión supremacista de la raza es similar a la de Hitler, solo que ahora es aplicada por el sionismo con mano de hierro contra el pueblo palestino. Claro, negocios son negocios, y éstos deben hacerse sobre sólidos principios.
Jabotinsky, en su escrito de 1923, “La muralla de hierro”, ya adelantaba lo que iba a ser el sufrimiento del pueblo palestino, que para efectos de nivelación lingüística con los mandos militares sionistas, no lo conforman hombres, sino “bestias de dos patas”. “La colonización sionista, incluso la más restringida, debe ser concluida o llevada adelante sin tener en cuenta la voluntad de la población nativa. Esta colonización puede, por ende, continuar y desarrollarse sólo bajo la protección de una fuerza independiente de la población local, una muralla de hierro que la población nativa no pueda romper. Esta es, in toto, nuestra política hacia los árabes. Formularla de otra manera sólo sería hipocresía”. Y esa muralla de hierro la sufre el pueblo palestino desde el inicio de la colonización de Palestina, en los albores del siglo XX.
El domingo 3 de agosto se contaban más de 1.830 víctimas en Gaza -esa región de solo 360 kilómetros cuadrados y un millón ochocientos mil habitantes, bloqueada-, de las cuales 30% son niños, y más de 9.500 heridos. Miles de casas, mezquitas, edificios y vías absolutamente destruidas. Ese genocidio emprendido el 7 de julio no ha respetado escuelas, ni refugios internos, ni hospitales (el sistema de salud está al borde del colapso). Israel destruyó la única central eléctrica, el agua está completamente contaminada y el aire está saturado por un hedor de muerte, pues cientos de víctimas no han podido ser rescatadas de los escombros dejados por las bombas subsidiadas por Estados Unidos.
El Consejo de Seguridad de la ONU no funciona casualmente ahora que machacan al pueblo palestino. Los socios rusos y chinos están aupando, con su silencio, el crimen de lesa humanidad. Ya se habla de la reconstrucción que se haría cuando se “expulse” al movimiento Hamás de Gaza y cuando el pueblo atenazado haya sido castigado por soñar aún con un país, con una tierra que les pertenecía y a la cual desde que fueron arrojados, quieren regresar. ¿Y saben quién sería el inversionista? Los socios árabes de Israel: Arabia Saudita y Emiratos Árabes Unidos. En fin: negocios son negocios.
Dando un salto geográfico, un tanto al suroccidente de Gaza, encontramos cuatro países del África Centro Occidental que dejaron exhaustos las colonizaciones europeas henchidas de avaricia capitalista cuando los tuvieron en sus manos: Guinea Conakry, Sierra Leona, Liberia y Nigeria. Allí hay otro genocidio del capitalismo mundial: el ébola no ha sido detenido. Es el virus que ha ocasionado la muerte a más de 720 personas en los últimos cuatro meses y que se introduce en la comunidad por el contacto con los fluidos de los infectados (animales o personas), con materiales contaminados por dichos fluidos y con los cadáveres. Se presume que el murciélago de la fruta lo transmite y lo dispersa en distintas especies animales; la infección final genera un resultado catastrófico en el cuerpo -hemorragias internas y externas, disfunción del hígado-, ocasionando, la mayoría de las veces, la muerte. Varios médicos y paramédicos han caído en la desigual lucha contra él. El ébola se conoce desde el año 1976, es decir, hace 38 años se presentó en el escenario de los más pobres del mundo.
La OMS (Organización Mundial de la Salud), ha hecho varios e infructuosos viajes y reuniones-en donde ha impulsado medidas de manejo de las consecuencias, más no de combate frontal de la epidemia y de la enfermedad- con más de 11 ministros de salud de los gobiernos de esa parte del África, para evitar que desde allí se propague e impedir una catástrofe mundial. Han llegado ayudas de algunos millones de euros, pero no existe aún un antivirus tal como una droga o un coctel de éstas que pueda suministrarse de algún modo para impedir no solo la propagación sino también la muerte de los contagiados. La amenaza se extiende, sobre todo, a los países del trópico, los mismos que ven morir millones de afectados por la malaria, la cual aún tampoco es combatida por droga alguna.
El mundo mira a Gaza y a África, y observa atónito cómo sus pueblos resisten asimétricamente tanto las canalladas de los mandamases del imperialismo prosionista como las de las grandes multinacionales farmacéuticas que se niegan a actuar decididamente contra las enfermedades endémicas de las poblaciones más pobres del mundo, por aquello de que no son rentables las inversiones puesto que tendrían que donarlas a la OMS sin ganancia alguna. Siguen investigando las drogas que les son beneficiosas en tanto las enfermedades son mundiales, tales como el cáncer, el sida y, por supuesto, las siquiátricas, que afectan a los blancos del norte y del resto del mundo. Así se sostiene el negocio del mantenimiento corporal, del casi alivio. La malaria, el dengue y el ébola no son enfermedades que desde la óptica capitalista ameriten una investigación definitiva, porque las ganancias que proporcionan a las multinacionales no son pingües. Porque negocios son negocios en el mundo capitalista actual, el mismo que nos toca destruir y sobre sus cenizas construir un buen vivir para bien del planeta y de sus habitantes.