las visitas

Me declaro la más visitada del barrio, aunque no pueda decir que sepa mucho de mis visitantes.

 

No sé dónde están los míos, es lo primero que siempre les cuento; pero eso nunca los impresiona, ya lo sabían antes de venir.

He terminado por pensar que para ellos soy una tarjeta navideña: solitarios fotógrafos, periodistas silenciosos o conversadores, grupos de estudiantes, da igual.

“Esto es lo mismo de la otra vez”, les digo siempre a todos; pero ellos insisten: no me mire, por favor; haga como si estuviera cosiendo; muévase un poquito para que la luz le dé en el rostro …

Sí, repiten y repiten, parados incluso en los mismos lugares de la casa.

Lo que sí me gusta mucho de ellos es su educación.
Siempre dicen buenas tardes, por favor, muy querida.

Las mujeres, muchas veces, lagrimean al despedirse, y siempre quieren decir más, pero no saben qué añadir, como mi hijo, cuando de niño rompía algo.
Los hombres, en cambio, agachan sus cabezas al marcharse, como mi esposo, cuando se iba a trabajar.

A casi todos les gusta visitarme en las tardes, cuando el sol se echa a mis pies, como lo hacía Gardel, mi perro, cuando estábamos en el campo.

Todo les parece bello, eso también me gusta.

Su trabajo para mí es como un juego: acercarse a mi cara, dar unos pasos hacia atrás, tirarse al piso, preguntarme por todo y por nada, entrar, salir y volver a entrar, y en esas les da la noche.

¿Qué buscarán en la vida? Yo me quedo pensando en ellos, y me pongo más triste.

Es curioso, casi siempre se les olvida algo: un papel celofán, una gorra, unas pilas, un cuadernito repleto de anotaciones; lo mismo les pasaba a las hijas de mis amigas del pueblo, cuando me visitaban.

Casi todos me traen regalos: una torta muy bien empacada o algo de dinero; lo mismo que nos daba el patrón de mi esposo.

Sí, estas visitas siempre me hacen sentir más sola.

Crónica de los oficios dignos

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