
A las juntas directivas de los sindicatos llegan personas con posiciones, compromisos y expectativas diversas. Algunos, muy pocos, vienen con formación sindical y política, la cual colocan al servicio de los afiliados y a los más altos intereses de la patria. Ellos saben de los muchos aportes que puede hacer la lucha sindical en la transformación profunda de las condiciones económicas, políticas y sociales que requiere el país. Y hacia allí encaminan todos sus esfuerzos.
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A ellos se les puede llamar dirigentes, dirigen acertadamente las luchas por las reivindicaciones sindicales, se preocupan por elevar el nivel cultural, sindical y político de los asociados y de la comunidad en general, trabajan sin buscar prebendas personales, no tienen horario; todo el tiempo lo dedican a su labor sindical, entienden que el hecho de haber aceptado el cargo en la dirección, implica muchos sacrificios, desvelos y preocupaciones. Generalmente llegan al cargo directivo, después de haberse destacado como activistas y son sus compañeros los que los impulsan para que asuman la dirección sindical, después de haber conocido su capacidad de liderazgo, su honestidad y sus cualidades como dirigente.
Pero a los cargos directivos también llegan otros cuyas expectativas e intereses son muy distintos. Ven en la dirección sindical la oportunidad para no tener que trabajar en la empresa y, sobre todo, ven en los dineros que aportan los socios la manera fácil de ponerse un buen sobresueldo. Y se inventan mil formas de apoderarse de ellos: viáticos desproporcionados e inútiles, comisiones, compras ficticias y sobrefacturadas, etc.
Algunos de ellos suelen ser militantes de organizaciones de izquierda y otros son militantes de los partidos tradicionales. Los primeros desprestigian la organización política con su práctica oportunista, y los segundos por su corrupción y con su inactividad cumplen el papel de destructores del sindicato. Estos no son dirigentes, son directivos, porque han sido nombrados para un cargo pero no ejercen como dirigentes.
Un buen dirigente no puede ser corrupto. Estos falsos “dirigentes” llegan a las posiciones de dirección utilizando toda clase de triquiñuelas, engaños y corruptelas, no solamente para hacerse elegir, sino para perpetuarse en la dirección, y no ocho años (como cierto presidente innombrable) sino diez, quince, veinte y más años. Son líderes negativos, y cuando pueden venderse a cualquier postor lo hacen para saciar sus apetitos personales. Son petulantes e irrespetuosos con sus compañeros. Son corruptos, y el avance de la lucha sindical poco les importa; de allí que no se preocupen por elevar el nivel cultural, sindical y político de los afiliados ni de ellos mismos. Un corrupto no puede ser un buen dirigente.
Por último, llegan personajes casi por accidente. Sin ninguna formación sindical ni política. No aportan nada para el avance sindical. No asumen responsabilidades ni se suman a las tareas del sindicato. Están pendientes de cómo beneficiarse personalmente de la entidad sindical. Son los burócratas, que muy poco o nada aportan al avance de la lucha sindical. De allí que tengamos en las juntas directivas unos pocos que trabajan con honestidad, interés y dedicación y otros, generalmente la mayoría, que no hacen nada a favor de los afiliados y del avance sindical, sino en provecho propio.
Decía un conferencista que dirigente sindical o social que no promueva la educación en las bases es un corrupto, siente que al promover la educación pone en peligro sus privilegios. También decía Simón Bolívar: “…Un pueblo ignorante es fácil presa de los tiranos”. Acá también se cumple esta sabia sentencia del libertador.
Señor dirigente sindical, ¿dónde se ubica usted dentro de esta caracterización de los directivos sindicales?