Edición 36 - Enero 2009

Comuna 13: Seis años de impunidad y maquillaje

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Hace un poco más de seis años que el Estado colombiano, con la famosa “Operación Orión”, dio por “concluida” la guerra contra los milicianos de la guerrilla en la comuna 13. Tal “operación Orión” sentó cátedra de cómo se puede arremeter contra una población inerme e indefensa, violando hasta los más mínimos derechos humanos, y hacerlo aparecer como toda una operación pacificadora. Todas las instituciones de lo que aquí se llama Estado. Participaron en este inhumano atropello, pero hay un actor protagónico principal: La prensa. El oficio de ésta fue y es el de tapar las atrocidades y de mostrar virtud salvadora, en donde solo había y hay desolación y muerte.

 

Todavía recordamos a los montones de gents que bajaron de los buses y carros particulares. Hombres y mujeres que eran señalados por unos encapuchados que iban con el ejército en esa Operación Orión.

Ahora que está de moda el tema de los encapuchados en las universidades, debería la senadora Parodi preguntarles a los “héroes” de la patria por sus encapuchados. Van por todas partes, por los campos, por los barrios pobres, por las carreteras. Los vemos muy campantes recibiendo fabulosas sumas de dinero de manos del comandante del ejército y hasta del ministro de defensa. Es una vieja modalidad de corrupción. Parece que el ejército no cuenta con inteligencia propia, todo lo hacen encapuchados particulares, por lo menos eso es lo que nos hacen creer. Pagan recompensa a diestra y siniestra a los encapuchados.

Pensé yo que con la “operación Orión” se iban de la comuna los atropellos de la guerra y llegaba triunfante el derecho y la justicia. Pero no, lo único que cambió fue el actor armado, se “fueron” los milicianos de la guerrilla y llegaron los paracos a “trabajar” en completa armonía con las fuerzas del Estado. Ya son los paracos los que intimidan, los que vacunan, los que “limpian”, los que mandan.

¿Y las autoridades? ¿Dónde están?
Pues ahí, haciendo acto de presencia. Unos representan la “legalidad” y los otros, los paracos, hacen el trabajo “sucio”. Son las aves de carroña. Qué pena pobres de Colombia que los llame carroña, aunque ahí caigan los seres que más amo y yo también; pero eso es lo que somos para la clase dominante, carroña.
Nos tratan como carroña, nos utilizan como carroña y cuando no servimos ni para abono, mandan a las aves de carroña, a los paracos, a que nos den de su infernal receta. ¿Qué soy sino carroña, para un Estado que arma a un mercenario con una motosierra y lo manda contra los míos y contra mí? ¡Me siento carroña y menos que carroña¡

Que no nos engañe nadie, ni en la comuna 13 ni en Medellín toda hay seguridad. Vemos una ciudad muy maquillada, pero debajo de ese maquillaje, grueso por demás, una realidad inocultable. Lo que hay es una paz comprada o lo que denominan los entendidos “seguridad mafiosa”. Y por ejemplo, en mi barrio Belencito, ve uno 3,4,5,6 jóvenes en cada esquina soñando con un futuro y ni siquiera tienen presente, sin rumbo y sin quien los enrute. Fume marihuana y… sueñe, tire pepas y… sueñe y cuando cae un “trabajito” viene la francachela: trago, droga, sexo, y…sueñe. 15,18,25,30,35,40 años y…sueñe.

¿Qué sueñan?
Sueñan con un “bacan” que llegue en una cuatro puertas, música, mucho billete, vicio, armas y “ pa las que sea”. Y van a parar a donde fueron a parar los cuarenta jovencitos de Soacha, en una fosa común en Santander.

O sueñan: “ que a mi mamá (viuda de la guerra) le vaya bien con la chasita que tiene en el centro y me pueda matricular, el año entrante, en el Ferrini o en el Poli o en el Sena, sisas parce, sisas”.

Y yo sueño con un Estado aterrizado, que cambie sus infantiles cursitos de panadería, sastrería, culinaria, computadores y demás muñequerías, por una verdadera política de formación práctica, real y concreta. Sueño con un Estado que no nos embolate más con unas golosinas de peso.

Pobreza por todas partes
También miro con enorme preocupación cómo en la comuna trece y en toda la ciudad y, podría decirse que en todo el país, hay una gran cantidad de adolescentes madres. Ve uno a niñas amamantando a otras niñas. Ambas se convierten en una carga más para sus padres y abuelos, porque resulta que el papá de la nueva criatura es otro niño o lo mataron en la guerra o, peor aun, es un adulto casado o desconocido.

La pobreza en la comuna trece es muy fácil de medir. No es sino ir a la tienda de don Alfredo y esperar un ratico, mirar y escuchar: “Don Alfredo, que le mande a mi mamá 200 pesos de tomate, 100 pesos de cebolla, un maduro y dos huevos”. “Don Alfredo, déme un cuarto de quesito, 300 pesos de salchichón y una libra de arroz”. “Niña, salchichón vendo de quinientos p’arriba”. “Don Alfredo, que le mande a mi mamá una libra de panela, una libra de arroz y…” . “Niña, dígale a su mamá que esa cuenta va muy larga, que venga y hable conmigo”. “Mami, que don Alfredo le manda decir que no le puede mandar…”. Y la madre sollozando dice: “Qué pena con don Alfredo”. “! Qué vamos a hacer ¡”.

Y en mi caso, que soy ayudante de construcción y hago contratos de pintura y arreglo de casas, cuando tengo que pagar servicios y transporte, tengo que mermar el mercado y cuando me he quedado varias semanas sin trabajar, mi familia me ha ayudado y don Alfredo me dice: “Vecino, pida lo que quiera que usted es buena paga”. Y yo le digo: gracias don Alfredo.

Y pienso yo –…Y el Estado que subsidia a los floricultores, a los exportadores, a los camioneros y buseros (aunque no cumplan con la chatarrización), creó el 3 por mil para salvar a los bancos, le compra la leche a los ganaderos para que no la pierdan y … para la “carroña” nada, solo represión y muerte.

En fin amigos de Periferia, yo quisiera mostrar cosas buenas de la comuna, pero si las hay son por iniciativa de la comunidad y de unos líderes extraordinarios que tiene y no quiero que el Estado cabalgue sobre ellas y las muestre como propias.

La seguridad democrática solo ha traído el afianzamiento de la clase dominante y para los pobres más de lo mismo de siempre: represión, saqueo, desplazamiento, hambre y muerte.

Con ánimo constructivo.

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