– Mejor espere a ver qué otra oportunidad resulta-, le sugerí yo cuando vimos con tristeza y rabia la “casa” que le ofrecía aquella cooperativa. Una caja de fósforos construida hasta la mitad.
La idea era que continuara con su ahorro programado, acaso con la esperanza que de pronto se apareciera la oportunidad de comprar una casa barata y de segunda, las únicas en las que todavía se puede buscar un espacio adecuado y confortable para albergar una familia de cinco personas como era la de Sandra.
Y de inmediato empezamos a soñarnos una de esas casas. Por lo menos espaciosa, porque aquella casa de treinta y dos metros cuadrados a medio terminar que habíamos visto en Picacho Primaveral nos había dejado literalmente traumatizados, pensábamos en ella y nos faltaba aire. Era bueno pensar en las casas hechas décadas atrás, tal vez algo deterioradas por el uso, pero con todas aquellas comodidades que una casa de interés social en Colombia no puede tener hoy. Con muchísima luz nos la imaginábamos, pero sobre todo con suficientes habitaciones para que no tuvieran que hacinarse, con una sala espaciosa, una cocina grande donde la abuela pudiera moverse con gusto y un patio donde las niñas hicieran travesuras y pudieran incluso tener un perro.
Pero el sueño de la casa grande nos duró lo que dura la efervescencia de una borrachera. Cuando fuimos, muy contentos, con la alegría del sueño todavía bailando en los ojos, a averiguar por las ofertas de casas de segunda en Comfama, el funcionario inocentemente nos borró toda esperanza, como si devolviera de la puerta a dos pordioseros, con solo una frase: El gobierno ya no da subsidios para financiar casas de segunda.
Así de sencillo se desinfló el sueño. Ahora tocaba volverse a acomodar a las circunstancias de este país. Es decir, esperar que en alguna de las laderas de la ciudad construyeran un proyecto de viviendas de interés social que se acomodara a las condiciones económicas de Sandra, es decir, que le permitiera acceder al monto mayor de subsidio que otorga el gobierno como subsidio para las familias “más pobres”, lo que en términos técnicos el gobierno llama subsidios tipo Uno, que se otorga siempre y cuando la vivienda tenga un valor entre 17 y 20 millones de pesos. Este subsidio alcanzaba poco más de nueve millones de pesos. A medida que la vivienda subía de precio bajaban también los subsidios, de tal modo que a una vivienda de más de treinta millones de pesos, el gobierno no le destinaba en subsidios más allá de cuatro millones de pesos, con lo que Sandra poco podría hacer.
Y qué casa podía conseguir en 20 millones de pesos en Medellín. Pues una similar a la que le ofrecía aquella cooperativa: de unos treinta metros cuadrados, remontada en los extramuros de alguna ladera y con la mitad de la obra por hacer y bajo su responsabilidad.
– Mejor siga con el ahorro programado y sin afanes- le sugerí como por evitar que ella perdiera el impulso. Aunque realmente el que estaba perdiendo el impulso era yo-. De pronto en unos cuantos años se puede comprar sin subsidio, en condiciones más favorables una casa vieja- terminé, sin querer aceptar que su vivienda fuera un apartamento de 30 metros cuadrados.
Pero Sandra me miró desolada. Se había demorado casi cinco años para completar los tres millones de ahorro programados que le exigía la ley, y para ello había apretado al máximo su economía, negándose todo lo que no fuera estrictamente necesario y a veces hasta lo necesario. Y sin embargo, solo pudo completar esa cuota con un préstamo que hizo su madre, pensionada, en el banco Ganadero. Sandra sabía entonces que si de su capacidad de ahorro dependía, jamás tendría casa. Y entre tanto la asfixiaría el arriendo.
Pero hace un año, en diciembre de 2008, el Estado le trajo un “aguinaldo” a Sandra, y a muchos de los aspirantes al subsidio. Con la comunicación de que le había sido aprobado el subsidio de vivienda tipo 1, Comfama le informaba la nueva disposición del Estado por esta única vez: el subsidio lo podía utilizar en la compra de cualquier tipo de vivienda siempre y cuando fuera nueva. Entonces, aunque a medias, renació el viejo sueño. Por lo menos podía aspirar a una vivienda un poco más grande, aunque fuera más costosa. De hecho, yo mismo había visitado un proyecto que estaban construyendo en Robledo llamado Villa Campiña. También estaba encaramado en las laderas y bastante retirado del centro de la ciudad, pero no estaba tan botado y estragado como el lote aquel de Picacho. Además era mucho más amplio y de mejor factura, tenía poco más de cincuenta metros cuadrados, y entregaban construidas, aunque en obra negra, tres habitaciones, patio y espacio para una cuarta. El precio de venta era entre 34 y 36 millones de pesos, y yo creía que con el subsidio como cuota inicial Sandra podía aspirar a uno de esos apartamentos.
Pero en Comfama le decían que debía aplicar el subsidio al proyecto que estaban construyendo en Pajarito, también por los lados de Robledo, cerca de la estación Terminal del metrocable. Tenía algo más de 30 metros cuadrados, dos habitaciones pequeñas, sala comedor, cocina ínfima, y valía casi 23 millones de pesos.
– Desde luego que doña Sandra tiene la opción de escoger- nos contestó con una amabilidad impostada, tal vez fatigada de tanto atender reclamos todo el día, la niña que nos recibió en una de las taquillas de información, cuando fuimos a cuestionar aquella disposición-. El proyecto de Pajarito es apenas una sugerencia que tiene dos millones adicionales de subsidios entre el municipio de Medellín y de la Fundación Viva.
Entonces le pregunté sobre las posibilidades de aplicar el subsidio a los apartamentos de Villa Campiña. Con la misma amabilidad, pero con algo de impaciencia, la joven se aprestó para hacer las cuentas.
– Con el sueldo de doña Sandra y los subsidios que recibe, Comfama le ofrece un préstamo de 10 millones de pesos. Pero para pagar un apartamento en Villa Campiña le quedan faltando más de 15 millones. En realidad su capacidad de arrendamiento le alcanza para pagar un apartamento de hasta 19, máximo 20 millones de pesos. De hecho, usted puede comprar el de Pajarito por el subsidio del municipio, sino tampoco le alcanzaría.
Sandra y yo sólo atinamos a mirarnos entre derrotados y resignados. Después de todo aquello, la casa de Pajarito era ya mucha ganancia.