Hace dos ediciones empezamos a publicar en Periferia una serie de escritos que resultaron seleccionados en el concurso de escritos de Fútbol realizado el años pasado por la corporación cultural Los del Sur. En la edición pasada publicamos “Esto se Compone” que había logrado el segundo puesto en la categoría B (adultos). El cuento que publicamos en esta ocasión obtuvo el primer puesto en la categoría A (estudiantes).
Domingo de fútbol
Jonathan Cubides. 1er puesto. Categoría A. (Estudiantes)
Nacional vs Medellín, clásico montañero, así es llamado el partido más importante del futbol antioqueño y más que todo para un hincha del Verde que su mayor satisfacción es que nuestro equipo le gane al rival de patio. Así, de esa manera lo entendíamos nosotros, quienes habíamos planeado ir a este partido durante la semana; era el primer clásico del año y la ilusión de nosotros era estar allí. Por eso comenzamos a buscar a una apersona que nos consiguiera la boleta, ya que nosotros, por el estudio, no teníamos tiempo para ir a hacer la fila y todo ese cuento. Entonces en nuestra búsqueda caímos en cuenta que nuestro profesor de educación física era la persona indicada para esto, por ello nos dirigimos a él y le comentamos la idea y él muy amablemente nos dijo que sí que de una. Así, el primer paso estaba listo, las boletas las teníamos aseguradas un 50%. Lo que faltaba era mi segunda parte, conseguirme el dinero de la boleta, ya que yo tenía el pobre sueldo muy bien llamado “sueldo de estudiante” y mi presupuesto no me alcanzaba para mi propósito: estar en el clásico. Por eso decidí acudir a mis padres, a quienes no les sonó muy buena la idea cuando les dije para qué era la plata, ya que mi madre no es muy amante al futbol y lastimosamente menos del Nacional; mi padre sí es muy hincha del Verde, pero no le gustaba ni poquito que fuera a clásico, todo por los antecedentes de violencia. Pero, para mí, esa no era excusa para faltar al partido, por lo tanto me tocó prestar plata, y la intermediaria de esto era mi hermana, que siempre me ayuda en situaciones por el estilo; claro que me tocó portarme bien todo un día con ella, y no les voy a contar qué hice por que sería humillante.
Todo estaba casi listo para el gran día; era sábado y ya tenía todo preparado para el domingo de futbol. Bueno, eso creía, porque los inconvenientes no se hacían esperar. Ese mismo día estaba yo en la tienda del barrio, cuando me encuentro a mi vecina, que por cierto es de esas mujeres que miras y te quedas idiotizado. Y estaba yo ahí, la miro y le digo con una sonrisa de oreja a oreja “hola”. Y ella me saluda, ¡Sí, me saluda! Después dice el nombre más dulce y hermoso que haya escuchado: “me llamo Angélica”. Después de 4 meses viviendo al frente de ella y nunca habíamos cruzado palabra y ese día por fin me habló y conversamos un buen rato. De pronto, ella se queda en silencio unos segundos y me pregunta:
– Oye ¿quieres ir mañana a piscina con mis amigas?
– Y yo, de lo idiotizado que estaba le respondo.
– Claro ¿Por qué no?
Entonces, antes de despedirse me dice:
– Listo, mañana nos vamos a divertir mucho.
Pasan varios segundos y yo me quedo allí pensando e imaginando cómo la pasaría con ella; de repente reacciono y me doy cuenta del día del cual me hablaba. No lo podía creer, era domingo, mi domingo, el domingo de futbol, clásico, pasión, era todo lo que significaba ese domingo para mi. Resultaba frustrante, tantos domingos que hay y ¿por qué la belleza utiliza el momento más esperado por meses y se cruza con este? Era una posición que no se la desearía a ningún hombre, estaba entre ver al equipo de mis amores jugar el primer clásico del año o ver a esa mamacita en vestido de baño pasar por delante de mis ojos. ¡Por favor! Son cosas muy complicadas. Toda esa tarde la cabeza la tenía un enredo, no sabía qué hacer, eran incógnitas por lado y lado. Entonces me decidí. Pensé: mujeres hay muchas, pero este clásico es único. Pero había dentro de mi otra preocupación: que mujeres como ella eran escasas.
No sabía qué hacer, estaba a punto de enloquecer; pero no, el futbol primero. Y, sin darme tiempo a mi mismo de arrepentimientos, esa mañana fui de inmediato a hablar con la mujer de mis sueños. Ay, un fuerte suspiro, tomo aire, toco la puerta y sale ella; baja las escaleras y la veo en una pijama muy, muy pero muy sexy. Me provocó gritar o agarrarla ¡Ya! Reacciono, la miro y no sé por donde empezar; cada vez que tomaba impulso se me venía la imagen de ella en vestido de baño pasando por delante de mis ojos, haciéndome miraditas tentadoras. Ya es suficiente. Y las palabras comienzan a salir; vuelvo y tomo aire y digo dentro de mí: todo por el Verde
– Hola ¿cómo estás? Oye, lo que pasa es que…
– ¿Qué pasó?- me dice ella.
– Lo que pasa es que hoy hay futbol y me queda imposible acompañarte a piscina ¿tu me entiendes, verdad?
El silencio la invadió, su mirada ya no era muy amigable que digamos, típica niña a la que nunca le han dicho que no. Me mira de arriba a abajo y, por fin, decide pronunciar palabra, y se le ocurre decir una frase muy común en ellas para lograr que uno se arrepienta de una decisión.
– Ah, bueno, tu te lo pierdes
¡Nooo! Un grito interno que me ahogo. ¿Por qué dijo eso? ¿No se le podía ocurrir otra frase menos cruel de todas las que existen? Hubiera sido preferible que no dijera nada, pero esa frase no, y menos de una mujer como esa. Y con esa mirada de traviesa que me decía muchas, pero muchas cosas. Y, claro, soy hombre, y no era la excepción, estaba funcionando su estrategia. De pronto un sentimiento de arrepentimiento invadía mi mente. Estuve a punto de decirle que no me importaba el partido y que, claro, iba a ir con ella a piscina. Pero no, tuve mucha fuerza de voluntad y lo mejor que pude hacer fue callarme, voltear e irme. Cuando estaba partiendo, ella reaccionó y me llamó. Volteo, me sonríe y me dice:
– Ay, vas para el clásico, qué bueno.
¿A qué hora es el partido?
Creía que mi suerte había cambiado y que esta mujer era la perfección, aparte de mamacita y sexy le gustaba el fútbol y, por supuesto, lo que era mejor, era hincha de Nacional. Comenzamos a conversar sobre la pasión que teníamos en común y entonces ella empieza a lanzar frase como estas: “Ay, yo nunca he ido a un clásico”, “Ah, qué pereza ir a piscina hoy, no está haciendo buen día”, “Si no voy a piscina qué hago hoy”. A esas frases no les presté mucha atención; o no sé, de pronto mi subcociente no quería que asimilara lo que ella quería decirme. Por eso no le quedó más remedio que ser directa.
– ¿Me llevas al estadio?
Yo no sabía qué hacer, me bloqueé. Es que le apuntó a lo que más me duele a mí: presupuesto. No tenía dinero. ¿Recuerdan todo lo que tuve qué hacer para conseguirme una boleta? Y ahora para otra. No, ¿qué voy a hacer? Otro inconveniente más. Pero pienso rápido y respondo
– Ay, mi amor, las boletas están agotadas. Ojalá pudiera hacer algo, me hubiera encantado ir contigo. Bueno, me voy, que estés bien, chao.
Ya está todo resuelto
– Oye- dice ella-, mi primo vende boletas y esta mañana hablé con él y me dijo que aun tenía.
¡No puede ser! ¿Qué hice para merecer esto? Parecía como si ella tuviera todo planeado.
Como en los anteriores momentos, no sabía qué hacer y menos qué decir. Otra vez estaba entre la espada y la pared. Claro, de mi respuesta dependía lo que iba pasar en un futuro con ella. Otro No en un mismo día para ella sería como una puñalada en la yugular y un Sí sería la puñalada para mí. Me tomo la cabeza, cierro los ojos y con una voz baja le respondo, y la puñalada me la metí
– Sí, claro, llámalo y dile que te traiga una boleta.
¡Ay Dios! ¿qué hice? Ella se me lanza, me abraza y me
da un pico, y por un momento me hizo olvidar mis inconvenientes y me subió directamente al cielo.
-Listo, ya lo llamo- me dice ella.
Abro los ojos y la miro la cara; no estaba muy satisfecha. Sonrío pensando en que estaba salvado, lo único que rogaba era que me dijera que ya no tenía boleta. Un suspiro más sale de mí. Ella me dice:
– Ay, qué lastima. Hablé con él y me dijo que ya no tenía más boletas.
Me tuve que contener demasiado para que ella no viera mi alegría. Un “pero” interrumpe mi emoción interna otra vez ¿Ya qué pasó? Pienso que mi corazón no va a soportar todo esto.
– Mi hermano me acaba de decir que él no va a ir al partido y que te vende la boleta.
Definitivamente el destino estaba empeñado en que de todo me pasara ese día. La sonrisa fingida invade mi rostro
– Listo preciosa. Espera yo voy a la casa por la plata
Mientras voy para mi casa la prioridad que tenía era cómo me iba a conseguir la plata. Tenía una opción, la cual no me agradaba mucho porque me exigía comprometer otro día de humillación con la crueldad en estampa de mi hermana; la verdad, estaba en manos de ella. Vuelve el perro arrepentido. Esa frase me quedaba muy bien en ese momento. Con la cabeza inclinada llego donde mi hermana, y, claro, ya sabía mi propósito al llamarla hermanita linda. Sin dejarme terminar de mencionar el favor, un No rotundo estremeció mis oídos, así, enterrando mis ilusiones de conquistar a mi amor platónico. Ahora más que nunca estaba desesperado, a pocas horas de partir hacia el estadio no tenía ni un peso en mis bolsillos, y mis padres no me colaboraron por razones ya mencionadas. Solo me quedaba mi primo, el hombre que, si por él fuera, vendería a su madre. Yo, sabiendo lo que me esperaba, sin pensarlo dos veces, recurrí a él. Lo que me temía, el favor salió más caro de lo que yo me imaginaba. Por el préstamo que él me concedió, a cambio este pecho tenía que someterse a hacerle de cachifa durante 15 días. No lo podía creer, pero igual él me tenía en sus manos; era eso o renunciar a la oportunidad de estar con la princesa de mi corazón.
Ya estando todo solucionado, me dispongo a organizarme para irme de inmediato por Angélica. Todo lo tenía calculado; después del partido pensaba confesármele y decirle lo mucho que me gustaba. Claro, no quería pensar en ese refrán que dice que las cosas planeadas no funcionaban, para mi las peores cosas ya habían pasado. Cuando me estaba organizando, mi papá entró a la pieza y vio que me estaba poniendo una camiseta del Nacional.
–Lo mejor es que se valla sin esa camiseta- me dijo-, usted sabe cómo es eso de peligroso.
A esas palabras no les puse mucho cuidado y, como hijo desobediente, me la puse y de inmediato arribé por Angélica. Todo estaba normal, nos dirigíamos directamente al Atanasio Girardot; la piel se me ponía de gallina, creo que son de las pocas cosas que me ponen así. Ya estábamos allí, Angélica también se veía emocionada y por fin, después de mucha espera, salió el Atlético Nacional y la fiesta fue total. Estábamos muy contentos y lo más vacano es que esa emoción la compartíamos los dos.
Comenzó el partido, un partido muy sufrido, guerreado, los cánticos era la mejor melodía para Angélica y yo. El partido era de ida y vuelta, ya habían pasado muchos minutos del encuentro y un enganche del siempre protagonista Camilo Zúñiga nos levantó del asiento; se sacó a dos del Medellín y soltó un potente remate que nos hizo palpitar y, por fin, lo más esperado llegó: el gol; un gol no, un golazo, que fue la excusa perfecta para poder abrazarla y tocarla. Después del gol, la salida del equipo al estadio fue también un momento especial y lo disfrute de principio a fin. El partido culminó y Nacional ganó, como casi siempre que juega contra Medellín. A la salida del estadio ella no paraba de hablar del partido, lo cual me encantaba más de ella; hablaba con mucha propiedad y hablando y hablando íbamos camino hacia la estación del metro y ni cuidado le pusimos al bachiller que nos estaba dando instrucción. Nos montamos en el metro como si nada, y mientras este avanza nosotros seguíamos hablando. De pronto, en el altavoz indican-“próxima estación Floresta”. Angélica y yo nos miramos y de inmediato nos dimos cuenta del problemón en que estábamos. Reaccionamos y lo primero que se nos ocurrió fue prestarle mi buzo a Angélica para que cubriera la camiseta; pero ahí me entraron en la mente las palabras de mi padre, ahí me di cuenta de lo importante que es hacer caso. No tenía como cubrirme la camiseta. Nos bajamos en Floresta para esperar el metro siguiente; llevábamos la cabeza inclinada, la subimos y lo primero que vemos es en la plataforma de adelante camisetas rojas por lado y lado y los gritos y los insultos no se dejaron esperar. A un bachiller, supuestamente da seguridad, lo primero que se le ocurrió decirnos fue:
– No bajen que los patean.
Parece increíble cómo una persona que supuestamente nos brinda seguridad nos diga eso. Entonces, preocupados e inquietos, nos sentamos en las escaleras de la plataforma. La vergüenza me invadía, no sabía qué decirle a Angelica. De repente sube un man, peludo y con mala cara; nos mira y en su mirada había odio, y sin sentido, por su puesto, porque ni nos conocíamos. El tipo se nos para al lado y después de un rato, creo que por la cara de susto que teníamos, de pronto, no sé, se compadece y nos dice.
– Vayan hacia San Javier, esperan una hora y se devuelven.
La idea no fue mala y accedimos. Cuando nos disponíamos, una mujer se nos acerca y nos dice
– Ni se les ocurra bajar que los aporrean.
Ahí me di cuenta que el problema era más grave de lo que yo pensaba. Así nos fuimos y cuando llegábamos a San Javier el panorama no era muy agradable; en esta estación también había una buena cantidad de hinchas del Medellín y de regreso, en la estación Floresta, las cosas seguían igual. Otra vez la preocupación y una tímida risa me invadieron. Como quien dice, estamos es muy de malas. Pero de pronto la suerte cambió y por el altavoz se anuncia que ese metro no hacia parada en la estación Floresta. Ahí la risa tímida se convirtió en una carcajada que contagió a Angélica; fue una de las mejores cosas que habíamos escuchado después de toda esta travesía.
Ahora lo mínimo que esperaba era que mi amor platónico me correspondiera y así terminara el gran domingo. Ay, pero las mujeres nunca son lógicas, y lo que me temía sucedió. Ella dijo la frase más odiada por muchos, claro común en ellas para sacarlo a uno de “taquito”:
– Te quiero pero como amigo.
¿Por qué son tan crueles? Por ello llegué a la clara conclusión: primero futbol, y eso es sagrado.