Edición 56 - Octubre 2010

EDITORIAL 56. Nuestra apuesta es la comunicación y la educación POPULAR

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Nada ha cambiado en Colombia con el nuevo gobierno. Era de esperarse, aquí en este  espacio no nos cansamos de decirlo, aunque fue más ruidosa la voz de los grandes medios que se empeñaban en pintarnos hermosos horizontes y bellas perspectivas anunciadas por los espectaculares proyectos de reforma y por un supuesto viraje radical en la forma de Gobierno. La ley de restitución de tierras nació enclenque y sin posibilidades de vida desde su propia proyección, porque la reforma agraria es un imposible en el horizonte de esta élite rentista; la ley de reparación de las víctimas nació enterrada en innúmeras fosas comunes porque no existe voluntad política para sacarla a la luz, y porque dicha voluntad exigiría lo imposible: demarcación total de una élite política y económica corroída hasta los tuétanos de mafia y paramilitarismo. Todo es propaganda, construcción de una imagen mediática del gobierno, para apaciguar los ánimos.

Y en realidad no tendríamos por qué esperar cambio alguno. Detrás del ascenso mediático de Santos no estaba el impulso de una fuerza transformadora, materializada en organizaciones populares aguerridas que se hubieran abierto camino a abrazo partido con la élite conservadora e neocolonialista de este país. Solo un cambio de fachada para disimular su mueca de asesino y un poco de fragancia fina para matizar su olor a muerte. Pero es un trabajo de doble objetivo, que no se queda en la simulación sino que avanza lentamente hacia la naturalización de lo intolerable.

Poco a poco nos han acostumbrado los medios a aceptar como natural el asesinato, a alegrarnos por la sevicia y crueldad de los asesinos solo porque tienen la bendición del Estado y argumentan garantizarnos la paz y el orden. ¿Qué paz nos prometen? ¿Qué orden? Cualquiera, siempre y cuando beneficie a la élite salvaje y asesina de este país, siempre y cuando beneficie su rapacidad. Ya vendrán las campañas mediáticas para convencernos de que dicha paz y dicho orden son La Paz y El Orden. Así es como debe ser; por ejemplo, la entrega de nuestros recursos naturales a las transnacionales en esta bonanza minera que anuncian con alborozo, no es una estrategia de despojo  sino una apuesta a nuestro progreso, un camino a nuestro enriquecimiento. Por ello vale la pena desterrar a los campesinos y comunidades indígenas y afrodescendientes de los territorios donde tal riqueza burbujea y enferma de codicia a los negociantes de la vida, porque estas comunidades son un estorbo para el progreso.

Todo esto es inoculado en nuestra conciencia día tras día, hora tras hora por los grandes medios y las campañas mediáticas. Y por ello es posible asistir hoy a un espectáculo contradictorio. Mientras más agravante es la afrenta, más fácil la sumisión; mientras más intolerables son las desigualdades sociales, más conformistas los miserables. El mundo de las grandes fortunas, de los grandes medios, de los enormes avances tecnológicos se levanta como una ultraje ante la indigencia espiritual cultivada ya no solo desde los grandes medios sino también desde los centros educativos.

Y sin embargo, nuestra apuesta no puede seguir siendo apague su televisor, rompa el periódico, rasgue la vitrina. Nuestra apuesta no es el ruido de los grandes medios, pero tampoco el silencio de las tumbas. Nuestra lucha es levantarnos de esa miseria no solo material sino también espiritual en la que nos ha hundido el sistema, este mismo sistema que nos engulle, nos devora y nos anula. Nuestra guerra hoy tiene que ser desde las trincheras del pensamiento, desde la apertura de espacios propios para que este se cultive y florezca, desde la multiplicación de las ideas como la multiplicación de los panes.

El movimiento popular que hoy empieza a gestarse en Colombia arranca desde el reconocimiento de esta realidad, desde la incorporación de este ideal en su lucha. Este movimiento popular tiene la obligación de explorar las formas de comunicación popular y de educación popular que son múltiples y diversas, integrarlas a sus estrategias de largo y mediano plazo, asumirlas como compromiso inaplazable de la transformación social.

Más que apagar a RCN y a Caracol necesitamos encender la radio y la televisión de los pueblos; Más que romper el Tiempo, debemos multiplicar los periódicos hechos por las comunidades y para las comunidades, articular los procesos de comunicación popular y educación popular en todo el país y con los países vecinos como faros de la transformación social, entendiendo esta transformación social en sus múltiples dimensiones, entre ellas la transformación del sujeto, o mejor la posibilidad de la construcción de sujetos emancipados, dueños de sí mismo y de sus ideales; construcción también de colectivos en donde las individualidades no se disuelvan sino que se fortalezcan para construir sinergias.  Entonces no tendremos que sugerirle a nadie que deje de ver por un rato al menos la basura diaria de los canales televisivos ni de escuchar la música embrutecedora de la industria radial.

Por eso más que escenarios de propaganda y repetición, los procesos de comunicación popular y educación popular, son espacios de construcción colectiva, de elaboración y proyección, de ampliación de la imaginación y la creatividad que nos permita no sólo imaginar múltiples mundos sino crearlos y recrearlos.
Es hora, pues, de pensar en la suma cualitativa antes que en la cuantitativa, en la cualificación del movimiento social antes que en su masificación; es hora de pensar en las comunidades y desde las comunidades, apreciarlas por ellas mismas, por lo que son y lo que pueden ser, antes que instrumentalizarlas para aparentar fuerza y poder. El poder popular se construye, no se arrebata ni se imposta. El poder popular no es el poder de las masas amorfas que crecen y hacen bulto, sino el de los individuos pensantes, autónomos e integrados en organizaciones colectivas que suman cualitativamente fuerza e imaginación para construir el mundo que sueñan.

Ese es el sueño que recorre Colombia hoy y que ha hecho su primera estación en el gran Congreso de los Pueblos. Allí también los procesos de comunicación y educación popular de nuestro país han enfrentado su primer gran reto: Comprometer a las organizaciones sociales y populares que se embarcan en este gran proyecto político con los procesos de  comunicación y educación popular, pues estos son el fundamento cualitativo de la transformación social.

 

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