Todos estos acontecimientos en donde el pueblo se lanza en procura de la libertad han sido de una violencia inconmensurable, con mucha sangre y muchos muertos. Sin embargo, los primeros- revolución francesa, y luchas de independencia- se ensalzan por sus principios, sin tener en cuenta la sangre derramada, mientras los últimos se condenan irrefutablemente por su violencia, desconociendo intencionalmente sus ideales.
Y es que el triunfo de los primeros acontecimientos revolucionarios entre finales del siglo XVIII y principios del XIX ha terminado ahogado en el ruido de una demagogia cínica en donde un grupo social minoritario ha utilizado la democracia como instrumento sofisticado de dominación sobre el resto de la humanidad. Los movimientos anticolonialistas y anticapitalistas que se vienen dando en el mundo de manera incesante desde principios del siglo XX (entre los que merece una mención especial la revolución mexicana), por el contrario, nos recuerdan que el camino hacia la real libertad y la real democracia es todavía escarpado y sobre todo brumoso en estos tiempos de neoliberalismo armado y gobiernos mediáticos, y que mientras esta sea la realidad, la aspiración de la paz será apenas un discurso inicuo. Por eso cuando Estados Unidos habla de paz el mundo tiembla; o cuando Uribe aquí en Colombia habla de pacificar el territorio nacional evocamos escenas más escalofriantes que las del pacificador Morillo (solo hay que pensar en Urabá o en la comuna trece de Medellín).
La demagogia de la burguesía en todo el mundo ha logrado poner por delante de la libertad y la independencia, de la justicia y la vida digna, la supuesta necesidad de una paz hueca, e incluso la ha hecho depender de ella, cuando en realidad se trata de una práctica de pacificación violenta con la que se perpetúa la dominación. Pero si miramos bien, en todos los casos de la historia, la guerra no es más que la manifestación natural de un orden de cosas injusto, de la dominación y la subyugación que se tornan intolerables.
Podrá acusársenos de legitimar la violencia y la lucha armada, y por lo tanto de ser apátridas y enemigos de la paz, como se ha puesto de moda hoy con todo pensamiento crítico. Pero nada más lejos de la verdad. Simplemente no podemos tolerar un discurso falaz que pretende equiparar todo acto de protesta contra el estado y el sistema como terrorismo- incluso con un desconocimiento profundo de la historia-, mientras se perpetúa y legitima la crueldad de la violencia oficial que se disfraza de orden consentido cuando en realidad es un orden impuesto a sangre y fuego. Y esta práctica se ensalza en los medios como voluntad real del Estado de mantener la paz.
Eso se supone que hace la política de seguridad democrática en Colombia. Y por eso se legitima una reelección del presidente Uribe o la elección de cualquiera de sus secuaces que se comprometa a continuar con dicha política, que tenga más perfil de pacificador que de gobernante, tal como Uribe. Aquellos que han puesto los intereses económicos propios y de la clase que representan por encima de la humanidad misma. Así Uribe se empeña en garantizar las condiciones de enriquecimiento del sector más ladrón de la economía, el financiero y especulativo, agudizando así las condiciones de miseria y desprotección de la mayoría de colombianos. Y esto demanda precisamente mayor represión, por eso el corazón de la política de la elite colombiana es la seguridad democrática, y nos la presentan como propuesta de paz (pacificación la llaman también).
Son ya 45 años de una guerra que parece no tener fin. Y no por la fuerza de los ejércitos que se enfrentan- que pueden diezmarse una y otra vez y reorganizarse de nuevo una y otra vez, como efectivamente nos la ha mostrado nuestra historia-, sino porque sus causas permanecen incólumes, las estructuras sociales y económicas que legitiman y agudizan la dominación y que demandan la represión permanente para sostenerse se mantienen y refuerzan cada día. 45 años de guerra y todos apostándole a la paz en abstracto, como si este fuera realmente el objetivo y no la superación del mundo injusto y excluyente por el cual la guerra es siempre una presencia latente en nuestras vidas.
Porque sin libertad, dignidad ni justicia, lo que llaman paz escasamente será sometimiento, que es en realidad la paz que nuestros pueblos han conocido hasta hoy. Y la libertad y la justicia de la mayoría de la población del mundo, y especialmente la de Colombia, es una conquista arrebatada a los privilegios de las elites. Es decir, no puede haber libertad y justicia sin renuncia alguna de la elite a sus privilegios. Por lo tanto, la guerra no existe en Colombia por la ambición desmedida y la barbarie de un grupo de terroristas desalmados, sino ante todo por el engreimiento de una minoría que se aferra a sus privilegios en contra de la humanidad misma.
Libertad, dignidad y justicia, en últimas ha sido el ideal de toda revolución social, desde la revolución francesa hasta la revolución bolchevique y la cubana, pasando por los movimientos independentistas y revolucionarios latinoamericanos y en todo el mundo. Ese ideal en tanto inconcluso mantiene un clima latente de guerra permanente, que solo podrá superarse en la medida en que se superen las desigualdades sociales y se avance en la conquista de la libertad humana. Julio, el mes que nos recuerda los más gloriosos acontecimientos en esta búsqueda, nos recuerda también que la libertad y la justicia permanecen embozadas hoy en la democracia mediática que deslegitima toda forma de manifestación del movimiento popular en procura de sus derechos como acción violenta. Por tanto, nos recuerda que la lucha por la libertad y la justicia hoy es también, y sobre todo, por superar el vacuo discurso pacifista y llenar la paz de contenido político, social y ético.