Edición 42 - Julio 2009

El día que la ciencia se eclipsó

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Hace pocos días, la prensa mundial dio a conocer como la gran noticia, el hecho de que científicos franceses habían descubierto que, los perros poseen extraordinaria capacidad para detectar cáncer de pulmón en el aliento de enfermos, con una exactitud de 99 por ciento. Y es que los tumores cancerígenos segregan alcano y derivados del benceno que no se encuentran en los tejidos sanos, olores que nosotros no podemos detectar, pero los perros sí. Estudios genéticos realizados en perros, descubrieron un mapa sensorial en la corteza olfativa: entre 125 y 300 millones de neuronas caninas, mientras que los humanos poseemos alrededor de 500.000 células sensoriales. Aunque este descubrimiento es en verdad un avance para la medicina de hoy, no podemos olvidar que hace más de cinco mil años los médicos mayas se valieron de esta especie animal para detectar megalomas incitus (primera fase del cáncer), facilitando un anticipado diagnóstico.

 

En la península de Yucatán, esta cultura alcanzó su máximo esplendor. Como los aztecas y los incas, los mayas heredaron un conocimiento históricamente acumulado durante miles de años. Su desarrollo político, social y económico coincide en el tiempo. Contaban con grandes ingenieros como los toltecas, con quienes compartieron la ciencia, la ingeniería y las matemáticas.

Estas civilizaciones, de acuerdo a afirmaciones de Gabriela Sternfeld y Luis E. Vercarcel, avanzaron en el campo de la medicina.  Por ejemplo, el desarrollo de la medicina inca alcanzó etapas avanzadas: los Paracas – neuro cirujanos -, practicaron trepanaciones craneales para extirpar tumores cerebrales, práctica quirúrgica homóloga a la actual. Corrigieron atrofias musculares interviniendo directamente las zonas del cerebro. Intervinieron pacientes que habían sufrido traumatismos craneales o padecían patologías clínicas neuronales.

La anestesia a partir de la Kuca – coca en español -, cumplió papel importante en el proceso. Emplearon la perforación sucesiva utilizando fresas de diamante. Retiraban el casquete craneal dejando la zona para trepanar completamente libre. Esta cirugía es la más perfecta históricamente conocida; y su mérito se fundamenta en haberse efectuado “in vivo”- en pacientes con vida -, y no “post mortem”- en cadáver -. Y la mayor gloria científica de los incas se inmortalizó porque el paciente sobrevivía a la operación.  

Algunos cronistas, como Fray Bartolomé de las Casas, en su obra De las Antiguas Gentes del Perú, relata que, en la Isla del Sol, donde los incas emplazaron su gigantesco observatorio, se pueden encontrar datos astronómicos y estadísticos que hablan de los movimientos del Sol y de la Luna; eclipses y cronología sobre grandes fenómenos y acontecimientos, especialmente los climáticos, utilizados para proporcionar información sobre las estaciones y el clima para la agricultura. Contenía, además, las fases de las estrellas, descripciones sobre cartografía estelar de las primeras y últimas apariciones de meteoros, y constelaciones al amanecer y al anochecer. Y eventos solares como el solsticio.

Pero la invasión mercenaria de los españoles reversó más de cinco mil años las investigaciones científicas, destruyendo muchos de los avances materiales de tal civilización y sobre todo buena parte de su memoria. Los cronistas de la invasión mercenaria no sólo desconocieron estos avances, sino que incluso negaron la existencia de la escritura inca.

Algunos tratadistas continúan afirmando hoy que los incas no conocieron la escritura. Pero es difícil entender cómo en una civilización pueden estar presentes tal filosofía, desarrollo artístico y de las ciencias exactas, sin haber conocido la escritura. Esto sin tener presente que los españoles exageraban en brutalidad, alentados por el hecho fatal de que el poder despótico descansaba en la palabra de la santa Biblia.

La leyenda negra de la inquisición o santo oficio de la iglesia católica tenía el poder de prohibir y quemar libros considerados contrarios a la religión católica, entre ellos: Don Quijote de la Mancha, de Miguel de Cervantes Saavedra, porque, presumiblemente, a los españoles tal literatura parecía políticamente subversiva; los Comentarios Reales del mestizo Gracilazo, descendiente de aymaras; El Contrato Social de Rousseau, entre otros.

Tuvieron coraje para destruir el templo de Quri Cancha, la inexpugnable ciudad de Wilkabamba, el ducto de agua de qundensuy y todas las estructuras ciclópeas, cuyas ruinas, consideradas símbolo de lo sólido, la acción del tiempo y fenómenos geológicos no han podido destruir.

En la ciudad de Maní, Yucatán, el fraile Diego de Landa acompañado de otros sacerdotes cristianos, en el centro de la gran plaza con plataforma de piedra, juntó siete mil seiscientos libros, los quemaron y luego quemaron vivos a sus autores. Los frailes de la santa iglesia de la cristiandad destruían y condenaban todo avance cultural atribuido a inspiración satánica. Hernán Cortés, en su cruzada contra cultural, quemó nueve mil obras, en su mayoría con más de cinco mil años de investigación científica.

De no haberse conservado los libros del historiador, poeta y astrónomo, Chilam Balam, el Memorial de Sololá, los Anales de los Cackchiqueles, 18 libros de ciencias y filosofía del sacerdote, astrónomo, matemático e historiador Chumayel, también se estaría diciendo que las civilizaciones maya y azteca no conocieron la escritura.

Los españoles eran peligrosos y amenaza latente para toda civilización pacífica y progresista, enemigos de la ciencia, de la cultura y las artes bellas. Solamente una sociedad con tanto desprestigio moral podía producir tan terrible holocausto. Los exterminadores se presentaron con el terror de la espada, que traía en la empuñadura la cruz, y la filosofía cristiana, siendo igualmente devastadoras.

El  reversazo científico causado por los españoles sumió el conocimiento milenario de las culturas indígenas en el letargo de oscuras noches medievales, obligando a la actual civilización a redescubrir conocimientos que, junto al holocausto de indígenas, también se eclipsaron.

La vida y la muerte se disputan mi Catatumbo

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