Edición 95 - Mayo 2014

Gabriel García Márquez: uno de los nuestros

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El Premio Nobel de Literatura es hoy como los reinados de belleza: una feria de vanidades y una banalidad de la cultura, con todo y lo que representa. En el siglo XX, cerca del 99% de los mejores escritores del mundo nunca lo recibieron: Borges, Cortázar, Rulfo, Kafka… Nada más lejos de la literatura que la literatura de pasarela, de moda hoy a raíz de la muerte del autor de Cien años de soledad, nuestra novela nacional. Tal vez la Fundación Nobel no sea la culpable del desatino, pero esto no quita que sea ése el resultado: la filantropía del creador de la dinamita está al servicio de los macabros designios de las industrias editorial e informativa que, en gran medida, manejan al mundo. Por suerte, hace mucho tiempo la literatura perdió la inocencia y los escritores, como los poetas de Nicanor Parra, bajaron del Olimpo.

 

Es como el Premio Nobel de Paz. Escribía Gabriel García Márquez en El Espectador en septiembre de 1982 –antes de ganar el Nobel–: “Si existiera el Premio Nobel de la Muerte, este año lo tendrían asegurado sin rivales el mismo Menájem Beguin y su asesino profesional Ariel Sharon”. Aplicado esto al hoy, podría llamarse el Premio Nobel de la Muerte al Premio Nobel de la Paz Barack Obama, para no ir más lejos.

Tal vez sucede así también con los Premios Nobel de Física, de Química, de Medicina y de la terrible Economía que nos come a pedacitos: que existen otros físicos, químicos, médicos y economistas mejores o iguales, pero más tímidos. También, por fortuna, en este caso la inteligencia humana no es tan bruta como muchos lo suponen. La economía descalza o a escala humana de Max Neef, por ejemplo, está más presente en la vida cotidiana de la gente, de Chile a México, y aun en Estados Unidos, que cualquier nueva sofisticada fórmula econométrica útil únicamente para explotar a los obreros.

El autor de Los funerales de la mamá grande, por fortuna, fue dueño de sí mismo y se dio el lujo de escribir en una nota de prensa de 1981 –un año antes de que le concedieran el Nobel– que “los pobrecitos editores no pueden vivir sin nosotros los escritores”. Gabriel García Márquez, a Dios gracias muerto antes de que las dudosas presentadoras de televisión acabaran por convertirlo en un muñeco de trapo, y en una futura pieza de museo, fue uno de esos grandes escritores que se la caló a tiempo, entre los años 1950 y 1980, cuando escribió su gran obra, al precio heroico de sufrir en carne propia la soledad de la fama. Como pocos escritores de renombre –para eso es que adquieren el nombre, entre otras cosas–, supo desenvolverse, sin perder su esencia imaginativa, crítica, irreverente y original, en medio de la gente más cerril del mundo: los leguleyos con asiento en Bogotá, quienes rezuman sangre hasta por las babas.

Gabo lo sabía y no lo calló, ni en sus artículos de prensa ni en sus libros buenos. Ni aun en los malos, escritos en la decadencia de los años y en la cima de la gloria. Pero esto no lo invalida, porque sus escritos en general y su actitud ante la vida, son una obra fenomenal de la imaginación, y una conquista de la libertad, favorable a la lucha por la emancipación de los pueblos de América Latina y del Caribe. Con razón fue el amigo entrañable de Fidel Castro y el defensor más universal, sin titubeos, de la Revolución Cubana.

El autor de El otoño del patriarca pertenece al pueblo y a la nación. Es como la selección de fútbol: un unificador de las dos Colombias, así como hay las dos Españas caminando por la misma acera: la de Franco y la de la República, la de los reaccionarios y la de los progresistas, la de los toros y la de la vida. Así ha vivido siempre Colombia y así nos tocará vivir mucho tiempo más, pero, ojalá, con la tortilla volteada.

Aprendimos del autor de La increíble y triste historia de la cándida Eréndira y de su abuela desalmada, y de La aventura de Miguel Littín clandestino en Chile, además de a seguir soñando, a pulir la rebelión.

Al autor de La mala hora, un materialista histórico convencido, un hombre de mentalidad liberal, un antiimperialista nato, un defensor inclaudicable de los derechos humanos, lo tildaron de comunista, entre otras razones, por financiar en Colombia el más que necesario Comité de Solidaridad con los Presos Políticos. Lo calumniaron por buscar desaparecidos. Le condicionaron su visa de entrada a Estados Unidos por sus antecedentes. Bombas le pusieron a la revista Alternativa desde donde le disputaba la audiencia a la prensa unidireccional. Lo iban a capturar por subversivo. Lo persiguieron por denunciar al MAS (Muerte a secuestradores, después escuadrón paramilitar) como un brazo más de las fuerzas militares. Lo querían matar como a Guillermo Cano primero y a Jaime Garzón después, los mismos que matan siempre con distinta sigla.

El creador de El coronel no tienen quién le escriba se asiló en la embajada de México y pasó a ser uno de los millones de colombianos obligados a marchar al exilio para sobrevivir. Tenía máquina de escribir –con la que alcanzó la fama–. Y escribió en ella, para rabia de la oligarquía colombiana, esta respuesta histórica que aún les duele en lo más profundo, publicada en el diario El Espectador en 1981, el año de su fuga: “Si algo bueno tiene este país es que siempre ha tenido fuerzas capaces de alzarse contra la injusticia y la desigualdad”. Todo esto, antes de ganar el Nobel.

Ser escritor independiente no es tan imposible como se dice; más aún, eso es lo que es un escritor. Hoy, con mucha más razón, no hay nada mejor que ser escritor oveja negra, y mientras más negra, mejor. Puro rebaño son los escritores de pasarela, tan lejanos del espíritu del autor de La hojarasca como del espíritu de la literatura hecha para mejorar el mundo.

Joseph Conrad –uno de los escritores más respetados por el autor de Blacamán el bueno, vendedor de milagros– escribía refiriéndose a un personaje suyo: “Uno de los nuestros”. Esto mismo es lo que representa Gabo para quienes desde las letras luchamos por un mundo mejor.

A riesgo de inventario, salvo William Ospina no ha surgido todavía en Colombia otro escritor de renombre tan independiente y tan capaz de solidarizarse con las luchas populares como el autor de En este pueblo no hay ladrones y de El ahogado más hermoso del mundo; tan de raíz, tan popular, tan social. Ahí nos queda su obra para que, además de disfrutarla, ilumine los caminos de la literatura sin condición.

Informe del Paro Agrario

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