
Jorge Caballero Fula fue un anarquista libre, diseñador de profesión, que se definía a sí mismo como “disoñador”. Fue un artista de palabras, caminante quijotesco que con sus abrazos en construcción nos motivó a continuar. Desde 1984, cuando, conmovido por la tragedia que ese año sufrió Armero, se vinculó al Consejo Regional Indígena del Tolima, no dejó de poner sus energías en función de los procesos de capacitación y comunicación que fortalecieran la organización indígena. En 1993 se vinculó al Consejo Regional Indígena del cauca, en donde jugó un papel protagónico en la articulación del movimiento indígena al movimiento social y popular.
Allí motivó el relacionamiento con las organizaciones sociales del país, en procesos como el de la minga indígena y social, el Congreso de los Pueblos y la Cumbre Indígena y Social. Acompañó el fortalecimiento de las emisoras indígenas del Cauca, la conformación de la red AMCIC, participó y aportó en los diversos espacios de formación en comunicación, la Cumbre Continental y el Foro Nacional de Comunicación. Su hijo nos comparten la siguiente reflexión.
Hoy, cuando él ya no está en este plano, recuerdo sus palabras, acerca de las leyes y el poder crean necesidades para someter a los pueblos… creo que este hombre no estuvo más comprometido en su causa, porque la vida no le alcanzó, creo que él lo sabía, y se comprometió con todo para direccionar con sus pensamientos y con la palabra de todos ese mundo en que él disoñó.
Su nombre es un esbozo de lo que su padre fue, partidario de cambios sociales y liberal de convicción y de sangre; nombró a su hijo como el caudillo Jorge Eliécer, pero por contradicciones del destino y la oposición de la Iglesia -conservadora por naturaleza- se le negó uno de los nombres. Este inicio como otras paradojas del destino formó su intelecto, formó al caminante de la palabra. La pobreza compartida con sus cinco hermanos, y las dolencias y afectos de una madre que asumió la paternidad, formaron su carácter.
Fue opositor de la academia por creer que ésta es el instrumento del poder para direccionar el pensar. Poeta, cantante y actor, una mezcla perfecta del amigo de barriadas, opositor de la Iglesia al sentir que ésta era el instrumento para la sumisión, pero fiel de principios a la humanidad. Sus primeras lecturas de historietas cómicas alimentaron su afán por comunicar y diseñar, y, como dice él, llegó de pura carambola a profesionalizarse como dibujante creativo.
Estos primeros inicios en los medios le permitieron tener un sueldo solvente para la crianza de sus cuatro hijos, pero no su satisfacción en lo laboral y en su ideal humanista. La formación de sus hijos siempre fue su mayor temor y, como es muy común, el primer hijo es el inicio de estos experimentos en el cual fracasó como papá, pero le permitió entender que al ser solo esto, un papá, rompería con su forma de pensar, y se convirtió en el amigo de sus hijos ¡y qué mejor que los amigos para escuchar y aconsejar!
En este caminar de la palabra y el afán de mostrarles a sus hijos las maravillas escritas y artísticas, comenzaron sus andanzas en el teatro como una forma de acercarnos a su mundo de sueños diseñados. Pintó de colores las letras y adornó con retos nuestro acercamiento a su pensar; pero no satisfecho, inició su batalla contra esos monstruos de varias cabezas que como molinos de viento enfrentó quijotescamente con su única arma, la palabra.
La lucha contra ese monstruo y su compromiso con el cambio social lo acercaron a los procesos organizativos, a lo indígena. Así nos lo relata él en estas palabras que muestran con claridad esos molinos que son para él ese monstruo que combatió con la palabra masillada en el pensar colectivo:
(En) la suerte de hallarme compartiendo experiencias, primero con procesos regionales dispersos de la ONIC y por largos periodos con las comunidades indígenas del Cauca, me fui percatando de métodos que de verdad se oponían no solo al establecimiento (invasores) sino que les permitían a los pueblos indígenas mantener su memoria milenaria con sus formas particulares de vida.
Con ellos descubrí derechos que para muchos occidentales se consideran antivalores: el derecho a la pereza; el derecho a la ignorancia, el derecho a la identidad, el derecho al territorio, el derecho a la vida. Aprendí también que la objeción de conciencia es el primer fundamento de la resistencia… Ello se sustenta en que somos producto de un modelo de invasión que no termina, en donde los principales instrumentos del dominador son el terror, las iglesias, los ejércitos y la escuela; éste último llevado a su máxima expresión con la evolución de los mal llamados medios de comunicación.
Percibí entonces que el dominador ha divido la sociedad en lo que yo llamo trialidades, es decir tres realidades que conviven en los territorios y frente a las cuales el poder desarrolla estrategias e impone discursos para mantener su control. Estas son: la realidad de los conquistadores, la realidad de los vencidos y la realidad de las resistencias […]
Aquí empiezo a disoñar: a distinguir y relacionar mis sueños con los de otros diseñadores, pues sin proponérmelo llegué a ser (sin serlo) lo que el maestro Zuleta llamaba un profesor: aquel que se esfuerza por enseñar lo que nunca pudo aprender…. Paradójicamente, yo que renegué (de la escuela). Yo que aún la encuentro innecesaria y peligrosa para la vida en sociedad, aparezco en algunos espacios como profesor, tal vez ante mi afán de hacer que la gente se interese por indagar sobre las cosas simples que suceden a su alrededor. En esa búsqueda me encontré desarrollando una metodología para… la comunicación, de la cual he podido concluir que ella no puede existir hasta tanto se supere la falacia de la información
Yo aprendiz me confieso, los pueblos indígenas nos enseñan que los sueños son espíritus que representan la invención máxima de la libertad; nadie los dirige, nadie los domina, nadie puede hacer conciencia de sus tiempos, sus figuras o sus códigos… solo se hacen conscientes cuando afectan los sentidos; entonces, el sueño es perturbar por el sentir que busca hacerse conciencia y viene la zozobra, la angustia de lo onírico, haciéndose obligante abrir los ojos y estrellarnos con la luz en un juego de sombras y movimientos donde se atraviesan las palabras en una recreación incomprensible de ideas que nos hace balbucear y buscar a nuestros congéneres para narrarles las pocas imágenes en forma de recuerdos que conservamos de esos momentos previos de libertad.
¿Será ese el privilegio de nuestra condición humana? ¿Somos entonces los únicos usufructuarios de la admiración, la sospecha, el goce, el amor? Los pueblos indios dicen que no, pues hasta las piedras tienen alma. Pero bueno, lo cierto es que al abrir los ojos se estimula la conciencia, viene a nosotros esa carga infinita de los pensamientos y el razonamiento que cobra vida con la mímica y la palabra, sí, viene esa magia de las abstracciones y sonidos, los cuales no tienen sentido si no están en permanente relación con el colectivo.