Edición 99 - Septiembre 2014

Historia de Don Manuel,Carlos y Alirio Buitrago

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carlos y alirio

Caminando lentamente, con la mirada extraviada entre transeúntes, vehículos, cruce de vías y chazas; cargado con el peso del tiempo, el sufrimiento de treinta y dos años de destierro, el dolor de sus familiares asesinados, el reciente fallecimiento de su señora y la nostalgia de la tierra que por más de 30 años le dio de comer a su familia, don José Manuel recorre su pasado: “Tenía una tierrita y crié a mis hijos de la abundancia que producía, a punta de leche, yuca, plátano, frijol y pescado del río Nare. Allí trabajé treinta años con mucha felicidad. No tenía plata, pero no me faltaba nada”.

 

Este noble anciano, que es fiel estampa del hombre del campo, no ha perdido su condición de campesino. Ésta se expresa en su vestimenta, su manera de hablar, su voz inocente y cansada y su infaltable sombrero; también en su humildad y en la ilusión de volver a cultivar la tierra de su felicidad y de su infortunio en la vereda Santa Rita, allá en el Alto de las Iglesias, en Puerto Nare. No sé por qué extraña circunstancia don Manuel, que ronda los ochenta y cuatro años de edad, pareciera llevar a espaldas, como en el cuento de Endel, “la red del hijo, que va por las calles de la ciudad laberinto cargando con las desgracias de los desdichados”. Más aun, ansía volver al principio de su felicidad pero fue el mismo al de su fatalidad.

“Yo nací en 1930 en San Luís, Antioquia. A los 23 años de edad, un año después de casarme con Herlinda Rosa y de tener a Gustavito, mi primer hijo de tan solo 10 días de nacido, me fui, con dos vecinos, para el municipio de Puerto Nare, cerca a Las Iglesias y a la Estación Cocorná. Nosotros fuimos los primeritos en llegar a la zona y le pusimos Santa Rita. Nos dedicamos a socolar, limpiar, tumbar montaña y levantar la finca. Al poco tiempo me llevé a la esposa y al niño y llevamos mucha gente de San Luís. Levanté una finca de más de 150 hectáreas con toda clase de comida: el maíz se daba por montones, hasta 100 fanegadas producía y con eso le dábamos de comer a las gallinas y a los marranos, el resto lo llevábamos a vender a la Dorada o a Puerto Berrío. De ahí recibíamos el sustento para comprar las cosas que no se producían en la finca, porque hasta la manteca la sacábamos del engorde de los cerdos. Comíamos pescado todo el que quisiéramos: dorado, picuda, bocachico, de todo”.

La memoria le falla solo para recordar algunas fechas, pero sabe que entre el 48 y el 60 la “chusma” liberal y luego los “pájaros”, de corte conservador, llevaron a cabo terribles asesinatos en San Luís y en general en toda la región. El ceño de don Manuel se frunce y repudia con expresión de rabia lo que estos asesinos hacían especialmente contra las mujeres y los pequeños.

“Una vez llegó la “chusma” hasta el puente de Samaná a la entrada de San Luís y mató a 54 personas, a todos los que se le aparecieron en el camino; y no pudieron llegar hasta el pueblo porque uno de los chusmeros, que era oriundo de San Luís, se escapó y avisó a la gente para que huyera. Los “pájaros” hacían lo mismo o peor, sin embargo a nosotros no nos jodieron en Santa Rita. Sí iban por allá, pero no nos molestaron; eso sí, cuando encontraban una mujer sola se aprovechaban de ella, la violaban y hasta mataban a los pequeñitos”.

Crecía la familia. Don Manuel y doña Rosa ya eran padres de ocho varones y dos mujeres. El mayor, Gustavo, tomó camino hacia Segovia y poco después uno de sus hermanos, Gonzalo, se fue a “miniar”, o sea, a trabajar en las minas de oro. Los otros: Rigoberto, Alirio, Carlitos, León, las dos niñas y los demás, crecían al mismo paso acelerado que la Vereda Santa Rita y la carrilera del tren a la Estación Cocorná.

A mediados de los años 70, llegó a Santa Rita el padre Bernardo López Arroyave, uno sacerdote que le gustaba mucho el progreso, tenía gran capacidad organizativa. Se encariñó tanto con la región, que se montó al hombro el desarrollo social de la zona. Creó con la comunidad cooperativas, el comité de deportes, el de salud y educación, entre otros. Había abundancia y las cosas pintaban bien, pero don Manuel presentía que algo malo se venía encima.

“Yo no tuve ningún problema durante esos 30 años que estuve en Santa Rita, pero los ricos y ganaderos de la zona de las Mercedes y Puerto Triunfo se llenaron de pánico supuestamente porque alguien, no sé quién, amenazaba sus bienes y sus vidas. Y formaron su grupo armado bajo el mando de un campesino llamado Ramón Isaza. Es que en Santa Rita no había guerrilla, pero lo que sí había era progreso, porque el padre Bernardo López era muy activo y tenía a todo el mundo trabajando y organizando equipos de fútbol en todas las veredas. Por cierto, Santa Rita era el mejor equipo y Carlitos el que mejor jugaba”.

“El padre Bernardo fomentaba la solidaridad; recogía mercados para los más pobres, estaba pendiente de la escuela y del puesto de salud, tenía un trabajo de capacitación en modistería para las mujeres, y los muchachos especialmente le tenían mucho cariño; mis hijos Carlitos y Alirio fueron catequistas y le ayudaban en su labor evangelizadora en otras veredas. Yo creo que lo que no les gustó a los ricos fue ese liderazgo, porque se empezó a hablar mal del padre y hasta pagaron a un señor para que lo matara”.

La gente liderada por Isaza tenía claro su origen, su proyecto era contrainsurgente y veían en Bernardo López a un activista de izquierda. La gente de otras veredas, empezó a hablar y a señalar al padre y a uno de los hijos de don Manuel, a Gustavo, como guerrilleros, a pesar de que hacía varios años había abandonado la región. Las cosas se ponían cada vez más difíciles para Bernardo, para don Manuel y su familia.

“Un señor, Carlos Marín, empezó a decir que mis hijos, los que se habían ido a trabajar a Segovia, estaban en la guerrilla. Y un tal Matías decía que Bernardo era guerrillero y que lo iba a matar. Un día, Bernardo se fue con una gran comitiva para la Vereda El Oro, de Cocorná, a trabajar. Con él estaban mis hijos Carlitos y Rigo. Ya el grupo de paramilitares de Isaza estaba organizado y un tal Carlos Gordo y un tal Farolo, que eran contrarios al padre, ofrecían 200 mil pesos para matarlo”.

“Entonces un amigo de Bernardo les dijo que le dieran la plata a él, que él aborrecía a ese cura malparido. Pero la idea era salvarle la vida. Los paramilitares aceptaron y le dieron una escopeta y cinco tiros, y le advirtieron que si fallaba lo mataban. El hombre se fue para El Oro y le contó al padre lo sucedido, pero que debían preparar algo para salvar la vida de los dos. Entonces le sacaron la pólvora a los tiros y simularon el ataque. Al día siguiente, en el lugar convenido por los asesinos, los disparos sonaron y a la vista de todo el mundo quedó como un atentado fallido. Eso fue un miércoles 15 de septiembre; Bernardo huyó el jueves para Barranca, y Carlitos llegó el viernes 17 muy temprano a la finca en Santa Rita. Rigo se quedó en el Oro”.

El rostro de Carlitos, cuando llegó a la finca de madrugada, el viernes 17 de septiembre, lo decía todo. “Nos quedamos sin Bernardo”, dijo. Con detalle informó a su familia de lo acontecido, en medio de una infinita amargura, la misma que 12 horas más tarde se apoderaría de don Manuel y doña Herlinda.

“Carlitos se acostó a dormir el trasnocho, descansó unas pocas horas y se levantó cuando llegaron los otros muchachos. Se pusieron a jugar fútbol. Como a eso de las seis de la tarde, cuando ya estaba oscureciendo, pararon de jugar para comer. Leonel, uno de ellos, se fue a cerrar la cooperativa y su hermanito Fabián se quedó. Iban siendo las 6 y media o siete, cuando llegó Ramón Isaza con su gente y preguntaron por mí. Herlinda Rosa les dijo que no estaba. Con Ramón Isaza iban dos policías de civil; todos entraron a la casa, iban armados”.

“Los tipos dijeron: necesitamos hablar con ustedes y con su papá, salgan los más grandes que vamos a hablar unas cosas. Unos salieron adelante: Fabián, Marquitos, Carlitos, mi cuñado, y Alirio se quedó haciéndoles limonada a los hijueputas; imagínese, ellos le dijeron que estaban de afán y Alirio quería darles limonada. Alirio se quedó un poquito y le dijo a la mamá: estoy preocupado, pero no los voy a dejar a los otros solos, voy a ver qué nos van a decir. La mamá le dijo que había reconocido a dos policías en el grupo. Como a 50 metros de la casa había un árbol grande y coposo y ahí había un charco donde nos bañábamos; justo allí los asesinaron a tiros a todos, a los cinco”.

Don Manuel, en medio de la oscuridad, regresaba a su casa; estaba reunido con los vecinos. Escuchó las ráfagas y no dudó por un momento que esas balas eran para su familia. Corrió angustiado, se detuvo para asegurarse que los asesinos ya no estaban, entró a la casa y no encontró a nadie. Dudó, llamó a gritos a sus vecinos, que vinieron en su ayuda; fueron ellos los que encontraron la dantesca imagen de los cinco muchachos. Doña Herlinda Rosa había huido con los más pequeñitos, quebrada arriba hasta perderse en la oscuridad. Era tanto su pánico que no respondía a los llamados de don Manuel y los vecinos. Por fin la encontraron, se miraron y se abrazaron.

Don Manuel se detiene. En su cabeza el reloj marca las 8 ó 9 de la noche de hace 32 años. Cuando vuelve la mirada, se estrella con nuestros rostros contagiados de su tristeza. Nosotros también regresamos de Santa Rita, de su casa, de la cañada llena de sangre joven; nos fundimos con él y con doña Herlinda en el mismo abrazo.

Volvemos a la calle ruidosa, llena de transeúntes y carros y la desgracia de hoy, la misma que lo ha perseguido hasta arrinconarlo en un asentamiento de desplazados en una ciudad que es extraña para aquel que ama la tierra como el amor de su vida.

El Hospital Federico Lleras Acosta de Ibagué está en cuidados intensivos

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