Por: Thomas Mejía López, Natalia Bedoya Alcaraz y Daniela Mosquera Agudelo
Todos en el Valle de Aburrá sentimos el calor y el frío que tanto vienen y van por estos días. Nos imaginamos qué sentirán las nubes tocadas por el sol cuando tienen ganas de llover y decimos “¿Será que ahora sí viene el invierno?”
La cuestión es que el fenómeno del Niño o el fenómeno de la Niña, tan rebeldes como andan, llegan diferente a unas casas que en otras. Hay por lo menos 65 puntos críticos en asentamientos informales identificados por el Distrito en las laderas de Medellín. Lo crítico es que al llover no se cierran las puertas y ventanas, sino que desaparecen, a veces por mitades; a veces por completo, todas las cosas que atesora un ciudadano: las camas, los espejos, los muebles, los llaveros, las cortinas, las matas de cebolla o los zapatos. Para llegar al barrio El Pacífico de Medellín, uno de esos “asentamientos informales”en riesgo por el cambio climático hay que subir en la línea M.
Para llegar al barrio hay que subir en la línea M del metrocable hasta la estación Trece de Noviembre, y coger un bus que a duras penas cabe en la angosta y empinada calle que llega hasta El Plan, la última parada de la Ruta 106 de Cootransmallat. Aunque no haya mapa, uno no se pierde porque “ese es el único bus que pasa por aquí”. De ahí para arriba, lo que queda es caminar. Veinte minutos después, llegamos a la casita que siempre nos referenciaban por el color azul. No sabíamos que, cada ocho días, desde las nueve de la mañana, la parte alta de la Comuna 8 huele a arequipe.
¿El Pacífico existe?
“Cuatro años después de que nuestra quebrada La Rafita nos hizo el llamado a prepararnos para mejorar mutuamente nuestras condiciones, queremos convocarlos a celebrar juntos la vida, apoyar y a seguir avanzando en la gestión comunitaria del riesgo y la justicia climática y territorial. Esta fiesta de barrio está destinada a generar una estrategia de autonomía energética para la vida digna, la adaptación al cambio y la gestión comunitaria del riesgo”, decía la invitación por la que conocimos el emprendimiento Los QueSón, un proceso que existe en un barrio que no existe para el Distrito. Con este emprendimiento de autogestión los habitantes tratan de mitigar el riesgo a través de la elaboración de productos alimenticios, entre ellos, el arequipe.
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Cuando hablan de La Rafita, se refieren a la quebrada que en septiembre del 2020 se convirtió en una avenida torrencial y afectó gran parte del barrio, lo que obligó a que los afectados hicieron el trabajo que debía hacer la institucionalidad. Para evitar otra tragedia, construyeron un muro de contención. Todo con las mismas manos con las que baten cada jueves la mezcla líquida, espesa y café que guarda el mejor de los sabores: el artesanal.
―En el año 99 tuvimos un movimiento en masa, pero de todas maneras al ser, decían ellos [el Estado], un “asentamiento ilegal” nos hicieron el primer “atentado” [evacuar a la fuerza], pero no lo lograron porque al ser personas desplazadas nos refugiamos tras de eso: ‘es que vengo corriendo porque me van a matar a mis hijos, porque me los mataron, o porque me mataron a mi esposo (…) vengo corriendo y encuentro lo mismo acá’. De cierta manera se convirtió en una barrera como de protección (…) Se confrontó a la ley y nos respetaron un poquito, hicieron dos intentos y después de esos dos intentos se hicieron los de la oreja mocha, recuerda James, quien hace parte del emprendimiento y, según sus compañeros, fue el primero de Los QueSón en llegar al barrio en 1998, cuando las cosas eran un poco más complicadas.
El Pacífico comenzó a poblarse entre los años 1992 y 2002 por personas víctimas de la ola de desplazamientos que vivía el país debido al conflicto armado, también por habitantes que no podían para pagar el alquiler, ni los servicios públicos en la zona urbana de Medellín. Dairo Urán, presidente de la JAC, lleva 20 años en el barrio y resume esa última crisis en una frase: “La misma ciudad te bota”.
A pesar del crecimiento de los barrios en las laderas de la Comuna 8, El Pacífico, que hasta 2022 contaba con 250 familias, todavía no está estipulado por el Departamento de Planeación Municipal (DAP) como barrio, sino como “asentamiento informal”. El poco reconocimiento de lo que todos nombramos barrio, excepto la institucionalidad, deriva en más vulnerabilidad para las comunidades.
A los “asentamientos informales”, por ejemplo, no se les incluye de forma real en proyectos de planificación de la ciudad como los Planes de Ordenamiento Territorial, por eso no se sabe ni siquiera cuántas personas habitan estas zonas, ni las necesidades específicas a intervenir. Nos pareció irónico que al preguntarle al director del Departamento Administrativo de Gestión del Riesgo de Desastres (DAGRD), Carlos Andrés Quintero Monsalve, sobre el relacionamiento del DAGRD con la comunidad de El Pacífico, él nos mirara confundido, y preguntara si era el “Pacífico 1 o el Pacífico 2”. Le aclaramos que Pacífico solo hay uno, a lo que él respondió: “Espere me acuerdo cuál es”, y buscó en una de sus compañeras respuestas a nuestra inquietud.
Respecto a esto, en el Simposio Nacional de Gestión del Riesgo de Desastres, al que asistimos el viernes 4 de octubre, Ely Urrego, coordinadora de la Comisión de Gestión del Riesgo de Desastres de la JAC de La Iguaná, dijo: “Mandan un funcionario a atender una emergencia en la quebrada La Iguaná, y dice ¿por dónde entro? ¿Cómo se entra a resolver una emergencia sin conocer el territorio?”
En El Pacífico son los que son
En El Pacífico la falta de apoyo institucional ha generado que la propia comunidad construya sus rutas de evacuación e identificación de puntos claves del territorio. En las paredes de la sede comunal están colgados diversos mapas construidos por las personas del barrio, la gran mayoría de estos cuentan con una característica: acá no hay Norte, Sur, Este u Oeste; acá hay Nancy, Albeiro, Dairo y James.
―Nosotros, como cabeza de la junta, sectorizamos el territorio ―dice James―, quiénes viven, cómo viven, cuántas personas, cuántos ancianos, cuántas personas con movilidad reducida.
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El proceso de caracterización y mapeo del barrio (que tardó dos años) contó con el apoyo de la Universidad de Antioquia, el Colegio Mayor e incluso de sectores académicos británicos, pero no de las entidades del gobierno local. Alejandra Serna, del Movimiento de Laderas de Medellín, asegura que gracias a esos procesos de autogestión han buscado las herramientas para formarse y actuar en situaciones de peligro: “Ha sido la autogestión comunitaria la que ha creado las alianzas estratégicas que nos asesoran y ayudan a entender el territorio; cómo se comportan las lluvias, cómo ha venido cambiando el comportamiento del clima, cómo nos puede impactar a nosotros por el lugar en el que estamos ubicados, y aprender a convivir con el riesgo y entenderlo mejor”.
Pareciera que cada ladrillo, estucada y baldosa llevan el ADN de sus habitantes. No en vano han logrado identificar todas las rutas de evacuación del sector y creado un sistema de alumbrado público fotovoltaico por si se va la luz en emergencias, así como la implementación de un sensor que monitoree la actividad de la quebrada La Rafita. De todas formas, ¿por qué tienen que ser ellos y ellas quienes hagan estos esfuerzos?
Abandono histórico: en Medellín los de la plata ¿quiénes son?
Según el Plan Municipal de Gestión de Riesgo de Desastres de Medellín 2015 – 2030, tanto los gobiernos locales como departamentales e instituciones como el DAGRD deben articularse en su accionar sobre la gestión de riesgo con los comités comunitarios, que son quienes realmente trabajan el tema en campo. Desde su mirada (después de que le ayudaran a “recordar” a El Pacifico), el director del DAGRD sostiene que su entidad como ente direccionador de la política pública de gestión de riesgo y desastres “nos hemos venido articulando para hacer una intervención que se mira desde todas las aristas y que permite transferir conocimiento a las comunidades”.
Sin embargo, a pesar de un trabajo comunitario admirable y tener vasto conocimiento sobre los riesgos y posibles soluciones, a los que son, que de verdad que son, muchas veces les han dejado plantados; lo que controvierte la afirmación de este funcionario. James y Dairo se saben de memoria cada promesa y cada desplante: primero, cuando de las 52 familias víctimas de la avenida torrencial de La Rafita en 2020, solamente 11 entraron a la atención temporal del DAGRD. También el proyecto de agroforesta en la zona alta aprobado por la Secretaría del Medio Ambiente, que fue negado justo cuando iban a iniciar su ejecución en 2022. O la lucha por la construcción de unos “trinchos” que reducen la velocidad del agua. “Así como el puente, así como todo. Pero nosotros igual lo hacemos”.
Ahora, están a la espera de un proyecto del DAGRD, de una pantalla como plan piloto para la retención de la caída de rocas, avaluada en 1.000 millones de pesos, “que seguramente valdrá 300, pero vale 1.000 para ellos, porque esto es para el bolsillo, esto para pagar esto. Después vienen y dicen contrátame un carro que me suba los materiales, cuatro operadores y ya. Dígame, ¿qué obra van a hacer de mil millones de pesos con cuatro o cinco personas?”
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Aunque el presupuesto aumentó en un 60% este año en Medellín para mitigar los riesgos de emergencias en las quebradas, y el DAGRD haya triplicado su presupuesto de 40.000 a 181.000 millones para los próximos cuatro años, todavía no son claras las 95 obras registradas hasta hoy por la entidad y las zonas específicas de la ciudad en las que se van a ejecutar. El supuesto diálogo con las comunidades que señala su director también se queda corto. Alejandra afirma que este relacionamiento se ha reducido a espacios como audiencias, asambleas, cabildos o la mesa de atención y recuperación de El Pacífico, en donde se conversan las propuestas, necesidades o problemáticas, pero no van más allá:
―Se conversan este tipo de situaciones, pero a la final no llegan a la toma de decisiones efectivas y la destinación de recursos para que se puedan implementar las propuestas, o que por lo menos se prioricen las intervenciones más urgentes dentro de los territorios para reducir los riesgos (…) Por falta de recursos o porque técnicamente no es viable, se ha venido aplazando la intervención y no se le ha dado la prioridad que realmente se necesita, centa Alejandra.
En su testimonio también cuestionó que el Macroproyecto de Borde Urbano Rural Nororiental (BUR – NOR) no ha sido formulado, por lo que no se pueden implementar grandes obras, pese a que hay estudios microzonificados de suelo donde hay unas obras necesarias en los puntos más críticos de riesgo.
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Ella además, critica que la materialización de otras iniciativas que se han propuesto desde las comunidades, “como 8 por la 8, en las que se demandan medidas sencillas como la limpieza y mantenimiento de quebradas, la consolidación de sistemas de manejo de aguas lluvias, el monitoreo de grietas, el manejo de taludes, el mantenimiento de las obras que ya existen, entre otras acciones, que pueden implicar grandes diferencias en los momentos de climas más extremos, y, sobre todo, garantizar unas condiciones más dignas para el territorio”.
―Dentro de toda la ciudad hay dos ciudades. La ciudad que queremos mostrar y la que no queremos que nadie vea ―enfatiza James―. Nosotros funcionamos con Presupuesto Participativo, al que le entra el 5% del presupuesto normal. Dicen, el presupuesto anual es tanto, pero de ese tanto, ese 5% es con lo que embolatan y engañan a las comunidades. Vienen y te dan la palmadita en el hombro, se toman una foto y te dejan cuatro matas de tomate, y dicen ‘estuvimos en la comuna’. En la cuestión del alcantarillado, a la comunidad nos tocó llevarle a los del Concejo de Medellín el agua que se tomaba acá. Escucharlos decir que ‘no seamos cochinos, que no les lleváramos eso’. Esa agua es la que se toma ese cochino, es la que me tomo yo.
En ese mismo sentido, desde el Panel Interbarrial de Cambio Climático hicieron un llamado de atención sobre los recursos destinados a la gestión de riesgos en el Plan de Desarrollo Distrital, los cuales representan menos del 1% del total (181.000 millones); y critican que puntos del presupuesto como “confianza ciudadana en la gestión pública institucional”, tengan una asignación de 887.000 millones.
El cambio climático es en serio
¿Qué sentido tiene que el Área Metropolitana haya planteado desde 2019 un Plan de Acción ante el Cambio Climático para 2030, si las medidas presupuestales para contrarrestar las consecuencias de tal problemática no coinciden con la urgencia de su atención?
De acuerdo con el Informe sobre clima y desarrollo del Grupo Banco Mundial, “la transición climática [en Colombia] conllevará inversiones brutas adicionales por un valor aproximado de USD 92.000 millones entre 2023 y 2050. En comparación con un valor de referencia sin acción climática, la cifra es equivalente a un 23% del PIB del país en 2023”. Además, en 2019 la Organización Internacional del Trabajo estimó que si no se empezaba a tomar acciones, para 2030 “el estrés térmico en el país causará la pérdida de horas de trabajo equivalentes a 223.000 empleos de tiempo completo, y reducirá las habilidades de aprendizaje de los niños”. Para 2022, en El Pacífico habitaban 257 niños, niñas y adolescentes, parece que la centralidad desconoce la amenaza que les depara.
De acuerdo con Alejandra, ya hay propuestas comunitarias, como lo es el Acuerdo local 008 de 2023, en donde se presentan una serie de medidas para la adaptación climática. “En este tipo de territorios autoconstruidos ya existen planes barriales de gestión comunitaria de riesgos”, pero siguen teniendo trabas para su implementación desde el poder local.
En un comunicado de Vivienda popular y acción climática comunitaria, el Movimiento de Laderas sugirió por lo menos 4 puntos clave de la hoja de ruta que definan los mecanismos que a nivel social, técnico y financiero y permitan la adaptación de los sectores populares a esta crisis. Entre ellos, fortalecer la articulación con los procesos comunitarios que son fundamentales en la lectura de lo que viene. Como lo explica Hendys de Tejearaña, para la ciudad es imprescindible el trabajo autogestionado de las comunidades en lo que respecta al cambio climático, porque hay medidas que ya se han incorporado, no por el cambio climático, sino porque ante el abandono institucional se han ganado desde el territorio capacidades para sobrevivir a las crisis.
Esas medidas les permiten a las familias proveerse, no de la mejor manera. Por ejemplo, como los habitantes saben que no pueden acceder a agua de calidad, aprenden a recogerla y almacenarla. “Generar esas medidas de adaptación es lo que está permitiendo que en los barrios informales haya una adaptación al cambio climático, que lo que está mostrando es que va a haber una escasez. [En Medellín] le está costando menos a quienes tienen la posibilidad y el privilegio de abrir la llave y tener agua de manera constante y potable, a quienes prenden la luz y pagando un recibo ya la tienen. En cambio, las familias que han vivido en esa escasez, tienen otros mecanismos que están contribuyendo y adelantándose en este proceso”, sostiene Hendys.
La autogestión comunitaria que se ha dado en barrios como El Pacífico, soluciona de manera colectiva y conjunta problemas que parecieran individuales. “Esas redes de solidaridad también son claves como una medida adaptativa para el cambio climático”. Por ahora, desde el Panel Interbarrial de Cambio Climático, en el cual participan varios colectivos de la comuna 8, proyectan seguir con la medición de los impactos de la crisis climática en lo micro territorial y proponer acciones concretas para toda la ciudad. “Medidas de resiliencia pensadas, no como resignación, sino como una capacidad colectiva para transformar las situaciones que llevan a la crisis”.
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Seguir siendo los que son
La temperatura perfecta para saber que el arequipe está listo es de 72 grados. Cuando el termómetro marca esa cantidad, el ambiente en la sede comunal se transforma en una maratón logística. Cada miembro de Los QueSón asume una tarea en ese proceso inmediato: James recogió el arequipe en una jarra, Nancy ayudó a verterlo en los envases, y Francia cerró para esperar el enfriamiento y etiquetarlo con el logo. Mientras eso pasaba, Juvenai asumió la tarea más especial: buscar las galletas para comer con la mezcla sobrante.
―¿Qué son Los Quesón para usted? ―le preguntamos a Francia
―Es felicidad, me transmiten alegría, paz. A pesar de la edad que tengo, siento que hoy hay un nuevo emprendimiento para mí.
Siendo las cinco de la tarde, el proceso culminó. Todavía olía a arequipe y seguía siendo dulce acompañarlo con las risas de la comunidad. Si algo nos quedó claro es que las luchas nunca se terminan de cocinar, así se tenga que batir durante años la masa seca del abandono estatal. Los QueSón buscarán seguir siendo los que son por una vida justa y digna hasta el final.
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Nota 1: Contactamos a la Secretaría de Medio Ambiente de la actual Alcaldía para conocer su intervención en El Pacífico, y preguntar por qué no se ha formulado el Macroproyecto BUR – NOR. Al momento de publicar este trabajo, no recibimos las respuestas.
Nota 2: También intentamos contactar, a través de Instagram, a Juliana Colorado, secretaria de medio ambiente en la anterior alcaldía, para preguntarle sobre el proceso de agroforesta que le fue negado a la comunidad de El Pacífico. Tampoco recibimos respuesta.