Por: Pipan

Esta es una columna feminista, pero les propongo dejar esa palabra a un lado y hablar como amigas; de las buenas, de las que se toman el algo juntas y de las que escuchan con risas o lágrimas lo que corresponda según la ocasión.

Todas las mujeres colombianas y latinoamericanas compartimos sentimientos de sin sabor al momento de señalar nuestras dolencias, incluso entre nosotras mismas, pues nos preocupa que piensen que no somos lo suficientemente fuertes o capaces. Quizás es porque nos han enseñado nuestras madres y abuelas a no permitirnos la debilidad ni la queja. Parece que hay un peso que toca cargar por ser mujeres: el silencio. Y no es cualquier silencio, me refiero al que nos someten cuando no se puede hablar porque es pecado. A ese que le da un valor máximo a nuestras virginidades. A ese que nos presiona para ser madres y esposas. A ese que nos exige ser sumisas y resignadas ante nuestra realidad.

Me encantaría saber si alguna vez han sentido ese sin sabor, es como comer sin pasante, como algo que hay que tragar entero y que raspa la garganta, pero que igual una se lo traga porque es lo que toca, porque al parecer así lo manda algo más grande, algo que está en un más allá, algo que no se ve, pero pareciera que todo mundo sabe que está ahí; y seguir la corriente parece ser “lo correcto”. Ese sapo de hacer lo que toca, todas no lo hemos tragado en algún momento. Esta columna va de esa duda previa antes de tomar la decisión de tragarlo, de ese momento de incredulidad, de escepticismo, de instinto que nos alerta de que no hay mucha lógica ni razón en entregarse a ciegas a algo o alguien del que no sabemos ni entendemos nada, y nos va a arrastrando como un río a quien sabe dónde.

Ese sapo, mis amigas, es la religión, esa que parece tan grande y verdadera como el aire que respiramos, pero que promete cosas que nadie puede verificar y necesita de nuestra fe ciega para mantenerse.

Yo nunca entendí qué tenía que ver mi menstruación con el pecado, si todas las hembras de cualquier animal también menstruaban. O por qué había que rezarle tanto a lo que mi abuela parecía adicta. O por qué la religión de mi vecina, que era diferente a la mía, era la equivocada. O qué había pasado con los dioses griegos o egipcios, ¿por qué murieron? ¿Quién los había matado? Entre otras tantas dudas que pasaron por mi cabeza mientras crecía.

De lo que sí no había dudas era que ese dios, uno de tantos, no sé cuál, supongo que al que le rezaba mi abuela, era particularmente enojón y malo con las mujeres, sobre todo si no cumplían con una lista súper larga de condiciones para merecer su amor. No me las sé todas, pero recuerdo lo de ser castas, complacientes, sacrificadas, calladas, sumisas, obedientes, abnegadas, humildes, fieles, serviciales, modestas, vírgenes aun teniendo hijos. No sé ustedes, pero eso ya es demasiado teniendo en cuenta lo de cocinar, criar y limpiar, más toda esa carga social de mantener una buena relación con todo mundo. Pero si le agregamos el tener una vida propia, es decir, aprender un oficio, estudiar o trabajar, eso se vuelve un estándar imposible para una mujer de este planeta.

Una cosa es que seamos fuertes y capaces, y otra es que tengamos que aguantar los modelos de comportamiento y todo lo que se nos impone con miedo y culpa; que nos escondan y controlen el manejo de nuestra sexualidad, y hasta decidan la ropa que nos ponemos sin ninguna lógica o razón de ser.

Mi conclusión, amigas mías, es que para ser una mujer libre, sin sapos en la garganta, hay que ser una mujer sin dioses. De todas las cicatrices que nos dejó la invasión y la colonización de los españoles sobre nuestras tierras americanas, da miedo ver como la religión es justamente la que llevamos con más orgullo y aceptación.

¿Dónde quedaron nuestros dioses? ¿Sabemos que fueron ellos quienes los mataron? ¿Nuestra memoria qué, también murió? ¿En qué momento fueron remplazados por una idiosincrasia manoseada por santos y vírgenes tan ajenas a nosotros?

A esta cicatriz aún le sale pus con cada peso que de esta tierra sale hacia el Vaticano, con cada denuncia por abuso sexual ignorado, con cada diezmo que se roban y con cada impuesto que no pagan.

Qué tan cierto es que el problema se queda cuando se niega. El problema de la religión se ha instaurado tan profundamente en la tradición colombiana, que a pesar de ser constitucionalmente un Estado laico desde el 1991, apenas en el 2024 se ha decretado suprimir de la cátedra educacional la materia de “religión”, cuya prepotencia pretendía, con biblia en mano, seguir adoctrinando niños como se hacía hace 200 años, para “moldear” mentes jóvenes en la única verdad útil para los invasores. Desde el 91 se debió dejar de impartir misas en instalaciones y entidades públicas. Además, debió plantearse una modelo de inclusión para los diferentes credos y hasta debió replantearse los motivos de feriados y festivos.

Estamos tan inmersos en la aceptación del dios colonizador, que nos es imposible imaginarnos una agenda cultural y social laica. Pues es difícil encontrar actividad, celebración o feriado que no tenga tintes de índole católicos. Pareciera una ardua tarea el pretender sanar conceptos de comunidad, hermandad y tradición, esterilizándolas del infeccioso pecado.

No sabemos si llegara el día en que curemos realmente esa cicatriz o nos muramos sin ver jamás esos crucifijos fuera de nuestros colegios, nuestras políticas y nuestros ovarios.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

La crisis del Politécnico Colombiano Jaime Isaza Cadavid

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