Por: Antonia Bedoya Zuluaga
El deporte de alto rendimiento es referente de estilo de vida saludable y cuidado del cuerpo. Sin embargo, la realidad suele estar muy alejada de eso.
De hecho, en la academia existe un término denominado la triada de la mujer deportista, la cual consiste en tres grandes riesgos que las mujeres corren por ser deportistas de alto rendimiento: alteraciones en la conducta alimentaria, irregularidades en el ciclo menstrual, y un considerable aumento en el riesgo de padecer osteoporosis.
Katherin Montoya Zuluaga es una mujer ciclista de 30 años, el pasado domingo 25 de agosto ganó la vuelta Colombia en la categoría Sprint. Pese a que una relación más sana con su cuerpo le permitió quedar primera en dicha competencia, una obsesión con su peso la había llevado a pensar que nunca más competiría porque era “demasiado gorda” para ser la mejor.
Desde muy pequeña Katerin empezó(incursionó) en el mundo del deporte competitivo, sus primeros pasos fueron en el patinaje, pero cuando entró a la universidad, por cuestiones de tiempo se vio forzada a dejar sus patines y optar por la bicicleta con tal de no alejarse del deporte.
Al principio no pretendía convertirse en ciclista profesional, su entrenador la convenció de que sacara la licencia para registrarse en carreras y ver qué pasaba.
Cuando inició era tan mala que cuando llegaba al final de la carrera, ya no había metas ni jueces, pero a Kate eso no le importaba, su único objetivo era terminar.
La constancia y la perseverancia la hicieron mejorar cada vez más, dejó de llegar entre las últimas, empezó a disputar los primeros puestos y a ganar.
“Ahí ya entré a un ambiente más distinto, de equipos profesionales que ya le empiezan a exigir a uno que tiene que pesar tanto, que tiene que tener x porcentaje de grasa, que tiene que ir donde una nutricionista a que le mande un plan, que tiene que hacerse exámenes médicos a ver en cuánto está el cuerpo”.
En ese momento, Kate se tomaba toda esta presión con más tranquilidad, sentía que no era con ella. Aunque trataba de comer sano, si le daban ganas de comerse una chocolatina, no se restringía y lo hacía. Si en los controles le decían que estaba pasada de grasa, ella se lo tomaba en broma y seguía asumiendo el entrenamiento como su única preocupación. “Fueron seis años en los que gané muchísimo, donde yo iba, si había etapas al sprint que esa era mi especialidad, yo ganaba.”
A comienzos del 2020, Kate se fue con su equipo a España. Allí les (tocó) la pandemia y comenzó la pesadilla. Por las estrictas cuarentenas, no podían seguir montando bicicleta, solo podían entrenar un par de horas en la casa. Además, fruto del aburrimiento, para pasar el tiempo inventaron todo tipo de recetas, que, por supuesto, después disfrutaban comiendo.
Esto no sonaría como algo malo si no fuera porque ellas tenían a su manager queriendo controlarlas y observando su peso en todo momento. “Yo nunca en la vida había estado acostumbrada ni siquiera a pesarme, y llegué a España y desde el primer día nos dijeron: Bueno, mañana a primera hora cuando se despierten, van a apuntar en la hoja que está pegada en la cocina cuánto es su peso en ayunas. Entonces claro, uno estaba todo el tiempo comparándose. Ese era un tema que a mi no me preocupaba y allá me empezó a preocupar”, asegura.
Los días en la casa parecían sacados de un cuento de terror. El mismo que las hacía pesar todos los días, era el encargado de hacerles la comida; jugaba con sus mentes como si las estuviera poniendo a prueba. Unos días les servía comida por cantidades y les reclamaba si dejaban; en otros prácticamente no les daba nada y las regañaban si “excedían” la más mínima cantidad de comida que, ese día, él pensaba que era la correcta.
Ni la pesa pudo con la presión de las siete deportistas. Antes de que levantaran la cuarentena, la pesa se dañó y se quedaron sin una hasta que reabrieran los locales para comprar otra. Aunque todas descansaron el tiempo que estuvo mala, sabían que era un muro de contención que se iba a venir abajo cuando volvieran a pesarse.
Tristemente no estaban equivocadas. “Cuando ya la gente podía transitar en las calles, llegó un masajista a la casa de nosotras, español, tosco para hablar, que no mide sus palabras, que no le importa lo que estén sintiendo las demás personas. Apenas llegó nos dijo: están muy gordas, solo falta verles el culo y las piernas para saber que si mañana hay una carrera, ninguna aguanta más de 5Km, así no sirven para nada.”
Fue ahí cuando Kate se dio cuenta que todo estaba muy mal, y que podía ir de mal en peor. Esos mismos días llegó el entrenador de Colombia, quien se percató de la situación por la que estaba pasando, quiso apoyarla diciéndole que no la iba a pesar todos los días. En cuanto a la alimentación las cosas no fueron nada diferentes, ya estaba en ella infundida la idea de que su peso era lo más importante. Los meses que le quedaban en Europa fueron un desastre total. Kate entre menos comía, más aumentaba de peso; se sentía tan mal por “estar gorda”, que se autosaboteaba en las carreras. “Yo entrenaba y entrenaba bien, yo hacía todo con las otras compañeras. Pero a la hora de ir a correr, yo misma me enterraba el puñal sola, sin empezar yo ya sabía que me iba a quedar, pero era porque ya estaba rayada “.
Estaba tan obsesionada con la comida y con bajar de peso, que si todas sus compañeras hacían una salida a una cafetería o un restaurante, ella prefería quedarse en la casa; aunque al otro día cuando se pesaba, era la única que había aumentado de peso. Como si fuera poco, estando en Italia, Kate no pudo comerse un solo plato de pasta en paz sin que su entrenador estuviera encima vigilando cuánto de ese plato iba a dejar.
Los trastornos alimenticios ocurren dentro, pero vienen de afuera. Todas las obsesiones, la vigilancia, las restricciones, los comentarios maltratadores, Kate los incorporó internamente por estímulos de afuera. Le repitieron tanto que si no bajaba de peso no iba a lograr nada, que ella se lo creyó. “Yo hablaba con mi mamá y yo me ponía a llorar. Yo le decía, yo me estoy acostando con muchísima hambre, me duele el estómago del hambre que aguanto, y no bajo de peso. Yo no sé qué más hacer. Yo lloraba, lloraba, y lloraba.”
Con la presión de un mal desempeño, la mente destruida y creyendo que todo era su culpa por estar “gorda”, Kate regresó a Colombia. Estaba desesperada, sin saber qué más hacer, lo único que le faltaba era dejar de comer. Cuando le preguntaban cómo estaba, lo único que podía responder era: “GORDA, cómo más voy a estar”.
Kate no podía darse cuenta que no bajo su rendimiento en España por su peso, como se lo hicieron creer hasta el cansancio. Realmente, fueron todos esos pensamientos que inculcaron en ella y que le generaron una inseguridad grandísima. “En el deporte en vez de exigirle tanto que tenga el cuerpo de x manera, o estar en x porcentaje de grasa, a uno le deberían exigir que mentalmente esté perfecto. Cuando usted mentalmente está bien, a usted todo le fluye, a usted todo se le da, porque usted va súper tranquilo a las carreras, va a disfrutarlas. Pero en el ciclismo, sobre todo el colombiano, están muy arraigados a que el flaco anda y el que es gordo no anda, definitivamente no sirve. Cuando a los equipos ¿qué les debería importar? Pues que anden, ¿cierto?”.
Para comprender esas palabras que hoy afirma con tanta seguridad, fue necesario llegar de España a atender su situación con acompañamiento psicológico y médico, pero sobre todo asumir un proceso de reconciliación personal. No fue hasta ese momento, en que se cansó y dejó de exponerse a sí misma a la presión de cumplir con números y cifras, y pudo re-establecer una relación sana con la alimentación y con la imagen de su cuerpo.
La historia de Kate no es un caso aislado, aunque no hay cifras exactas de la prevalencia de trastornos de la conducta alimentaria (TCA) en deportistas, y Colombia tampoco tiene un enfoque diferencial al respecto, desde la academia se afirma que para hombres y mujeres ser deportista incrementa el riesgo de padecerlos.
“De forma global, la prevalencia de trastornos y desórdenes alimentarios varía entre 0 a 19% en deportistas masculinos y 6 a 45% en atletas femeninas”, afirma el artículo Trastornos de conducta alimentaria en la práctica deportiva. Actualización y propuesta de abordaje integral de la Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición.
El deporte competitivo es un mundo que requiere mucha disciplina y dedicación por parte de las y los deportistas, y bajo este pretexto los equipos y entrenadores les exigen ilimitadamente, incluso mucho más allá de límites sanos. Cuando tanta presión se desborda, y se materializa en problemas que afectan el rendimiento, es poco o nulo el apoyo que se les da, como si estuvieran ahí por no haber sido lo suficientemente fuertes, mas no por prácticas cuestionables en los entrenamientos.
Es el caso de Laura Builes, a quien su entrenadora de nado sincronizado le dio la espalda cuando se dio cuenta que había desarrollado un TCA. “Se dieron cuenta del desorden alimenticio y me sacaron. Me echaron porque yo era un riesgo para las entrenadoras, porque me podía dar un infarto y quién se iba a hacer responsable”.
Laura entrenaba desde los 8 años, y también le inculcaron el terror de regresar “gorda” después de las vacaciones de diciembre. Desde esa edad asoció que los buñuelos y las natillas se “compensaban” en enero corriendo con bolsas negras, y nadando con ropa normal para aumentar el gasto calórico. La devolvieron a la casa, quitándole además lo que le permitía matar el tiempo y sentirse más tranquila frente al consumo de calorías. Después de haber entregado tanto, como dejó de servirles para sus objetivos, la sacaron de la piscina y la mandaron a que se sumiera ella sola, a sus 15 años, con ese monstruo mental que ellos mismos alimentaron.
Aún conociéndose los factores de riesgo que existen para los y las atletas, especialmente para las mujeres, es poco el compromiso para prevenirlos y mitigarlos.
Recomendar restricciones alimentarias por personas que no son profesionales de la nutrición, y comentar negativamente sobre los cuerpos, es algo que difícilmente va mejorar el rendimiento de alguien. Esto solo incentiva el desarrollo de prácticas contrarias a la salud, que son una bomba de tiempo que tiende a estallar, exponiendo a las y los deportistas, además de los riesgos de salud, a situaciones de soledad por el temor a quedar por fuera de aquello a lo que le han entregado todo.