
El 22 de octubre del 2001, el entonces presidente de México, Vicente Fox, anunció la construcción de un aeropuerto internacional entre Texcoco y San Salvador Atenco, como parte del plan puebla Panamá. Esa mega obra le daría vía libre a los negocios transnacionales y a la expropiación de miles de hectáreas de tierra de la cual derivan su sustento las comunidades de esta zona. Como oposición a este proyecto se creó El Frente de Pueblos en Defensa de la Tierra (FPDT); hombres y mujeres se movilizaron, unos a pie, otros a caballo y todos con el derecho que les da defender lo que por milenios ha sido suyo. Y lo defendieron con la palabra, las consignas, la rabia, el sudor, los zapatos gastados, el machete, las flores…y de esta manera lograron presionar al gobierno: Fox anunció la cancelación del proyecto después de varios meses de manifestaciones.
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Pero en mayo del 2006 varios floristas fueron desalojados de sus puestos de trabajo, el gobernador del Estado de México, hoy virtual ganador de las elecciones polémicas a la presidencia de ese país, Enrique Peña Nieto, ordenó la intervención de la fuerza pública. La orden no fue tanto para establecer el orden allí, sino más bien para amedrentar, hostigar y cobrar venganza al FPDT, que apoyaba a los compañeros floristas. La resistencia al desalojo provocó una reacción violenta por parte de la policía, ya no sólo contra los floristas y el FPDT, sino contra toda la población en general; el lugar se empezó a nublar de gases lacrimógenos, la policía intentó acorralar a la gente en sus casas, pero fueron enfrentados, y aunque era más policías la gente logró hacerlos retroceder.
Detuvieron a varios compañeros y compañeras y los trataron inhumanamente. Los campesinos también detuvieron a varios policías y los desarmaron, pero les dieron buen trato, incluso les prestaron atención médica para luego liberarlos con el objetivo de que el gobierno no tuviera ninguna excusa para seguir atacando.
Los medios de comunicación, en este caso Televisa, en su cubrimiento de la noticia, saturaron las pantallas con la imagen de unos campesinos golpeando a un policía, todo con el fin de producir rabia, miedo e indignación en los espectadores. Tiempo después, cuando la situación se agudizó por el asesinato a balazos de un niño de 14 años, presuntamente a manos de la policía, los medios de comunicación informaron que la situación ya estaba controlada y el orden establecido.
Las calles se encontraban nubladas por los gases lacrimógenos. Había tos, lágrimas, indignación, calles inundadas de sangre, piedras, piernas cansadas pero firmes, pieles tostadas por el sol. Los tenían acorralados; los días seguían plenos de abuso indiscriminado. La gente se las ingeniaba como podía para preparar la comida y en la noche cuidarse unos a otros; dormir no se podía.
Muchas personas empezaron a llegar a Atenco para acompañarlos, para ofrecer primeros auxilios a los heridos y hacer resistencia juntos. Pero la población fue abarrotada por la fuerza pública en las calles; la gente empezó a correr, cada vez era mayor la violencia. La proporción era de casi diez policías por habitante. Lo único que quedó por hacer, entonces, fue huir a sus casas y resguardarse hasta que todo se calmara; los que no eran de Atenco huyeron y otros se quedaron en casas de señoras que ofrecieron sus viviendas como resguardos. Pero la policía empezó a allanar las viviendas arrasando con todo lo que se atravesara en su camino, destruyendo las casas, robándolas, golpeando mujeres y niños sin ninguna compasión.
En muchas casas sólo se escuchaba el silencio, porque temían hasta el sonido de la respiración. La policía tumbaba las puertas y los sacaba violentamente, les amarraban las manos, les tapaban los ojos, todo esto con la violencia más infame.
Cuenta Pedro, uno de los chicos que estuvo allí: “nos tiraron a un camión. Éramos muchos y caímos unos encima de otros; la sangre de todos se mezclaba allí, no sabías si el que estaba abajo estaba vivo o no, tu zapato podía incluso lastimar a otro pero no había forma de moverse. Teníamos los ojos vendados y hubo un momento en que no supe sí me desmayé o me quedé dormido por minutos u horas. Nos trasladaban a la cárcel que quedaba más o menos a dos horas, pero el recorrido duró seis, pues continuamente paraban para seguirnos golpeando. Luego cogieron a las mujeres: las pateaban, golpeaban sus senos y glúteos con garrotes, las tocaban dentro de sus pantalones, les arrancaban su ropa interior, les gritaban cosas obscenas. Los hombres estábamos con la cabeza hacia el suelo, les gritábamos que las dejaran y lo que hicieron fue violarlas en nuestras espaldas”.
Fueron alrededor de veinticinco mujeres violadas. Como era de esperarse, a pocas se les prestó atención médica.
Después de estos acontecimientos continuaron las amenazas de muerte, las agresiones, los hostigamientos contra los líderes de la protesta. El Estado pasó de victimario a víctima y condenó a muchos hasta por más de 100 años. El país entero se indignó y solidarizó con el pueblo de Atenco. Hubo grandes movilizaciones para que este hecho fuera reconocido como un crimen de Estado, se levantaron campamentos fuera de la cárcel para presionar por la libertad de estos hombres y mujeres. El proceso de Pedro duró dos años de juzgado en juzgado, como si él hubiera cometido algún delito. Parece que robar la libertad a quienes se oponen a los atropellos del poder es una práctica en todo Latinoamérica.
Aunque ninguno de estos crímenes fue reconocido después por el gobierno ni las autoridades, de todas maneras esa gran jornada de protesta no fue en vano, tampoco las lágrimas ni las heridas en pies, manos y cabezas. Tampoco los cuerpos maltratados y golpeados sin ninguna piedad. Porque los espíritus de lucha de cientos de hombres y mujeres que se niegan a toda forma de represión y violencia por parte de los monstruos que manejan el poder político en México siguen latentes hoy. Hoy más que nunca, porque justamente a uno de esos monstruos, al que ordenó tal represión, lo acaban de montar en la presidencia ¿Qué le espera a las comunidades y a los movimientos sociales que resisten en ese país?