Edición 37 - Febrero 2009

Navegando hacia la utopía en un barco de papel

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Senía yo aproximadamente ocho años cuando conocí un lugar cercano a mi casa. Estaba lleno de niños, otros iguales a mi, mocosos, despeinados, con las piernas tiznadas y aporreadas de brinconear todo el día; también había mamás, jóvenes y muchos estudiantes.  ¿Donde estaba la magia de este lugar? En aquel momento no podía descifrar de donde provenía exactamente, no sabía si era por sus múltiples visitantes o porque podía hacer lo que yo quisiera con la arcilla que me daban, (además regalada) o si era aquel viejo barbado de rostro fuerte, cabello a los hombros y ojos azul profundo, que recibía a todo el que quisiera trabajar el barro con un caluroso saludo.

Allí pasé largas horas después de la escuela. Podía imitar cualquiera de las muchas obras que hacían este sitio llamativo y especial, o podía extraer de mi imaginación aquellos seres extraños y esculpirlos en el barro y, aunque no tuviesen forma alguna, eran merecedores de un espacio en el taller. La tierra cumplía una labor fundamental, así como la palabra identidad. Con ellas pintábamos nuestras obras y después se cubrían con colbón para mayor protección.

Este Taller de arte  se convirtió en el refugio perfecto. Siempre llegaba cuando me sentenciaba mi mamá alguna pela por travesuras, cuando  me abrazaba la tristeza o sencillamente cuando extrañaba a Guillo, el viejo barbado de ojos azul profundo y aroma a nicotina.  De Guillo escuché por primera vez palabras como: indígenas, identidad, utopia, y otras conjugaciones como; tallerarte, tallerarme, tallerarnos, de ahí el nombre del taller: Tallerarte.

A él le encanta jugar con las  palabras, conjugarlas. Escribir es una de sus pasiones, además de escultor empírico, es poeta, fotógrafo y anarquista. A Guillo nadie le enseñó nada, su último año de escuela fue quinto de primaria. Nació en el Tolima en una familia humilde y llegó a Medellín no sé cómo, pero salió de su casa por una discusión que más o menos recuerdo me contó así:

“En mi casa había un cuadro grande central, ocupaba el espacio más importante del comedor, era el de Laureano Gómez. En un  lugar menos importante pero visible estaba otro cuadro más pequeño, el sagrado corazón de Jesús. Mi padre era un godo radical y mi mamá era liberal gaitanista, es decir una combinación explosiva. Un día mis padres discutían acaloradamente, él dijo: ¡yo soy conservador y en mi casa se hace lo que yo diga! Entonces ella dijo: pues yo soy liberal gaitanista ¿y que? A mí me dio por meter la pata y decir: “pues yo también soy liberal”. Entonces mi padre agarró una correa con una chapa muy grande y pesada y me dio tan duro que me la dejó incrustada arriba de la cadera. Esa y otras palizas me hicieron ir de la casa a los once años de edad y jurar desde entonces que jamás permitiría que nadie me mandara y que no aceptaría ninguna autoridad. Por eso me dedique a trabajar la tierra, a coger café. Yo hice todos los trabajos del campo”
 
Desde pequeño fue bastante creativo. Hacía cositas con palitos, alambritos y lo que se encontrara. Su mamá al ver sus cualidades fue a un instituto de artes que había cerca a su casa, pero ella no tenia el dinero suficiente para matricularlo. Un profesor lo dejó asistir a sus clases por un pequeño valor, pero un día el rector de aquella institución al ver a Guillo le dijo en voz alta en un pasillo: ¿Usted qué hace acá si no está matriculado? Aquí no puede estar. Él salió corriendo y nunca más se acercó a una escuela de arte hasta sus 40 años.

En Tallerarte no hay censura, no hay profes y tampoco hay plata. Pero hay libertad de hacer penes, vajinas, tetas y es lo que abunda. En tallerarte se documentó la violencia bárbara de la década de los 90, cuando milicias y paramilitares que llegaban se disputaban el control del territorio. En mis vagos recuerdos existe la imagen de un joven care pillo engendrando una de las obras más significativas del taller: “el mundo en las garras del neoliberalismo”; Carlos Serna dejó grandes e importantes esculturas, era un artista inmerso en la guerra, un hijo de la barriada que cuando quiso cambiar su arma por el cincel, las deudas del pasado no le perdonaron la vida.

Tallerarte lleva aproximadamente 15 años en el Picacho, pero vive hace 28 años itinerante por diversos sitios del país. Su historia se compone de indígenas y campesinos, pobres, excluidos y marginados. Allí cada una y cada uno hemos dejado parte de nuestras vidas esculpidas en la arcilla, miles de historias… amor, todos los tipos de violencias, religión, historia, política…

Allí vi crecer a Manuela, la nieta de Guillo. En aquel entonces era una bebita, ahora es una señorita que me hace sentir vieja; ha estado siempre con su madre: Tania, quién con Juan Guillermo Villegas son semillas que crecen y  florecen por y para el taller: Este es su proyecto de vida. Ellos tienen el carisma de Guillo, ellos continúan dando vida y alegría al taller, pese a todas las dificultades económicas que por 28 años han padecido.

El taller nace del alma de este viejo barbado, no tiene que hablar para saber que es un inconforme, pero lo hace y es fuerte, duro como la historia que ha vivido y hemos vivido. No ha habido otras armas más que el cincel para enfrentarse a los que tienen armas que matan. De Guillo he aprendido que por ello el arte no es hacer bonituras, no es hacer adornos, en sus palabras: “el arte es una bofetada para quienes se tapan los ojos para no ver la realidad”. Las desigualdades sociales, las motosierras, el robo de nuestras riquezas, los yanquis, los medios masivos de comunicación, es lo que padecemos ahora y lo que hemos padecido durante siglos y es a lo que nos enfrentamos, la lucha por la dignidad es la semilla que se siembra en los telleristas.

Pasados doce años puedo decir que la magia de Tallerarte es navegar hacia la utopia en un barco de papel.

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