Posiblemente algunas personas estén convencidas que el estar privado de la libertad implica también que se le prive de todos los demás derechos. Pero los que así piensan no han tenido que pasar por el dolor de estar encerrados o ver a un ser querido en esta situación. No opinan lo mismo las familias de los que allí están, pues solo cuando a alguien le toca vivir tal cosa sabe que una condena no solo la paga el encartado, sino toda su familia, así nunca haya apoyado las acciones cometidas por este. Peor aún si se trata de un inocente.
Porque, no creamos que todos los que están privados de la libertad son culpables de haber cometido un delito. No; privados de la libertad y viviendo en condiciones realmente indignas hay una cantidad considerable de seres humanos, que, o estaban en el lugar equivocado en determinado momento, o tuvieron la osadía de opinar diferente frente a las políticas estatales o fueron las víctimas fatales de una necesidad por mostrar resultados efectivos por parte de los “guardianes de la ley y el orden” o, mínimo, fue avistado por un informante, que lo colocó como el peor de los terroristas para así ganarse el pan de cada día.
Resulta que esas personas que están en esas tumbas anticipadas que se llaman cárceles, y diseminados por todos los rincones del territorio patrio, están categorizados, estatizados, divididos por fases, procesados mediante diferentes normatividades penales. Sí, como lo oye usted, diferentes normatividades; porque aquí se procesa, se juzga y se condena, dependiendo de la clase social a la que usted pertenezca y de qué lado este usted. Y lo peor de todo, durante los años que dure la condena en prisión, también está condenado a sufrir el dolor continuo del desarraigo y el abandono familiar.
Se tiene conciencia de que al estar preso, la persona debe estar completamente privada del derecho a transitar libremente (locomoción), y que algunos otros derechos se restringen. Pero a eso se le suma que los encargados de vigilar en aras de hacer que se cumplan las condenas impuestas, y aplicando la ley a su arbitrio, también hacen lo posible y lo imposible para que este castigo sea un verdadero suplicio, y un sometimiento a las más dolorosas y perversas situaciones.
El sistema penitenciario colombiano conlleva esa negación de la dignidad humana, ese irrespeto a la vida, ese indebido social que no garantiza para nada una rehabilitación y reinserción a la sociedad del que realmente delinquió; y que, además, es una venganza contra el que se atrevió a pensar diferente y a oponerse a este sistema de desigualdad e injusticia.
Una muy frecuente y arbitraria situación que le toca vivir a un condenado es ese paseo por el territorio nacional de cárcel en cárcel, pues muy pocas veces cumple su condena en un solo establecimiento, y menos todavía en uno cercano a su residencia. El tener que dejar de compartir con sus familias es el castigo más grande que pueda sufrir un condenado; pues, la mayoría de las veces, la situación económica no permite que hijos, padres, hermanos, abuelos y demás allegados de un detenido puedan volver a verlo durante años. Frente a esto dice la Corte en Sentencia T 596 de 1992 y reiterada en la sentencia T 345 de 2009 donde se tutela un acercamiento familiar:
“Nada más alejado del concepto de dignidad humana y del texto constitucional mismo que esta visión dominante sobre las violaciones a los derechos de los presos… todo sufrimiento innecesario impuesto a un recluso, pierde la justificación del ejercicio legítimo de la violencia por parte del Estado y se convierte en una atropello que debe ser evaluado de la misma manera como se evalúa cualquier violencia injustificada, ejercida contra un ciudadano que no se encuentra privado de la libertad. Los presos no tienen derechos de menor categoría; tienen derechos restringidos o limitados y cuando esto no sucede, es decir cuando la pena impuesta no se encuentra en contradicción con el ejercicio pleno de un derecho, este debe ser tan protegido y respetado como el de cualquier otra persona.”
Por hoy termino diciendo: el día que se haga del derecho penal no un medio de suplicio, ni de venganza, sino de justicia y de libertad, ese día comprenderemos, con el maestro J. Guillermo Escobar Mejía, “que la justicia no es abstracta, es física como el pan, fresca, diáfana y sencilla como el agua en la tinaja de barro. Colectiva como es el aire y debiera ser el trabajo. No es celestial para repartir infiernos. Es tierra cuyos cielos son las realizaciones de cada quien. Puede ser parcela para el campesino; pedacito de suelo para los tugurianos y empleados modestos. Patria maternal para todos: profesionales, maestros, dementes, sabios, artesanos, obreros. Autonomía y orgullo cultural. Greda de pueblos; oro muisca; fragmentos de historia, cuyos artífices seamos todos trenzando cadenetas de fraternidad universal”.