Por Mariana Álvarez
El miércoles 18 de marzo estaba en un avión, sentada en mi silla favorita: la que da a la ventana. Dejaría de mirar flechada el Pacífico para conversar con un hombre sentado en la silla B. Él de Envigado, Antioquia, panadero y trabajador independiente. Desde el viernes estaba en el aeropuerto Tocumen de Panamá intentando regresar a Colombia y no había podido. El vuelo inicial que lo traería de vuelta estaba para unos días después, y de no ser por la posibilidad económica, la presión familiar y la decisión a tiempo, él y yo estaríamos en la lista de colombianos atrapados en aeropuertos por el covid-19.
El vuelo 613 aterrizó a las 13 horas en Rionegro y apenas toqué suelo y bajé unas cuántas escaleras, dimensioné la angustia de mi mamá, y entonces la realidad que estaba ya permeándonos. Llevaba tapabocas y antibacterial a la mano. Confieso que en un principio, con las primeras noticias lejanas del virus, la conspiración era mi hipótesis. Ahora tenía claro que la pandemia había llegado para quedarse. El primer chequeo fue la temperatura. Hacíamos fila como las niños en Halloween para que les den un dulce, amontonados.
–37 grados. Bien. Pase –me dice una de las enfermeras.
Continué para atiborrarme en otra fila: migración. Imaginen la fila anterior, sumada a un trámite de mayor espera y combinada con los vuelos que seguían llegando en el afán de no quedar por fuera, de que no les cerrarán las puertas aéreas con nubes gigantes. Logré hablar con algunas personas en la fila y todas adelantaron sus vuelos, así fuera por unas horas, un día, semanas, o meses. Mientras avanzamos a paso lento, una mujer joven intenta caminar pero sus pies son como gelatinas y cae al suelo, su maleta hace del golpe un ruido más fuerte y todos volteamos a verla. Las enfermeras corren, estiran sus brazos hacia nosotros, mostrándonos su mano completa como diciendo alto ahí. Le levantan los pies a la nena, le hacen cientos de preguntas que ella responde con los ojos cerrados. Al parecer llevaba días en el aeropuerto, sin dormir bien, y sin poder comer porque ya no tenía dinero.
Llegó mi turno. El del cubículo 7 fue el hombre que me dio la bienvenida con la información de que en un solo día, Colombia había alcanzado una cifra de 100 contagiados y que, a diferencia de otros países que apenas recepcionaban el virus, era un número alto por lo que la curva ascendía de manera muy rápida. ¿Recomendaciones? 15 días obligatorios en casa, el lavado de manos constante, y lavar toda la ropa más la mochila inmediatamente.
Y ahí estaba yo, una vez más diciéndole a mi mamá que tenía la razón.
¡Qué locura!
Los primeros 15 días estuve completamente encerrada, ni siquiera salí a la tienda del barrio que queda a 10 pasos de mi casa; lo sé porque hace unos días que fui, los conté. Todos los días intento hacer algo distinto para que el desespero no se me clave en la cabeza, y el cansancio no se me enquiste en el nervio ciático que está tensión hace meses. Pinto, escribo, leo, dibujo, hago un curso, veo películas, series o novelas, juego cartas o parqués, bailo, me aprendo un poema, cocino, como, toco guitarra, hago ejercicio, salgo a pasearme con Dulce (mi perra), limpio, hago yoga, ordeno cajones, duermo, me canso, y vuelvo a empezar. He pensado mucho en las presos. Son también testigos de la injusticia. Cuando los motines en las cárceles, el corazón me dejaba de bombear y lloraba en las noches. ¿Cómo hacen catarsis de su encierro? Cuántas cosas no podrán hacer. Cuántas cosas más les harán.
A veces no puedo dormir. Y eso me aterra porque me encanta dormir. Me quedo dando vueltas en la cama. Pensando. A veces voy al patio y miro si está la luna o escucho en la madrugada los pájaros que creo están en todo el mundo y roncan de la misma manera. En la mañana, es increíble cómo suenan y conversan entre ellos. He visto más de los que volaban antes. Un día, mirando al cielo vi a una mamá (creo) con sus polluelos bebés, iban en fila. Eran tres. Parecían tener todo ese azul profundo para ellos solitos.
¡El precio del encierro es incalculable!
He pensado mucho en las mujeres en casa con sus agresores. La violencia aumenta conviviendo con él 24/7 y no sé qué tan oportunas son las líneas de atención que se han visibilizado a nivel nacional. A veces, incluso pienso, a riesgo de parecer loca y descarada, que no sé cuántas mujeres menos seremos cuando este confinamiento termine, por negligencia, por imposibilidad, por miedo. Y eso me aterra. Me da rabia y me hace cerrar los ojos mientras hago una negación con mi cabeza.
¡El precio del encierro es incalculable!
Pienso también en las habitantes de calle, en las del laburo diario, en las que tienen miedo, en los niños y niñas que no comprenden el encierro, en las migrantes, en los que quedaron atrapados en otros lugares, otros países, con otras gentes e idiomas que no se entienden. Pienso en las que extrañan, en las que están lejos de casa, de su madre; en las que no pueden enterrar a sus muertos, en las que tienen a sus muertos en casa, en las que no tienen casa; en las que quedaron sin trabajo, en las que están enfermas, en las que están gestando o pariendo, en las que siguen trabajando sin garantías, en las que se juegan la vida, en las líderes que asesinan.
Todos los días me despierto y quiero creer y pensar que vamos a aprender la lección. Que esta confabulación de la realidad, como causa y consecuencia de lo que históricamente se ha construido e impuesto, es una bofetada a las clases, a los gobiernos, a los pueblos, para despertar del letargo del discurso, de los idealismos, del oportunismo. Quiero creerlo, y si no es posible al menos imaginarlo. Por eso también opté por confinarme de las noticias, de las actualizaciones en cifras, de las historias tristes. Esta es la alternativa que he encontrado, como alguna vez lo explicó Pepe Mujica en una entrevista: el pesimista no es más que un optimista informado. Eso sí. Si hemos de volver a la misma mierda de siempre, quedará claro para la cronología que hoy trenzamos, que la pandemia es aún más grande y afecta el corazón y la conciencia.