Texto: Miguel Ángel Romero
Ilustración: Valentina González
Los ritmos marcan nuestros días y son guía del tiempo. La vida que a nivel personal transita entre épocas por distintos ritmos, se ve influida por los de la sociedad que vivimos. Y en nuestro caso han sido los ritmos urbanitas, del hacer, cansar el cuerpo, de la promesa del desarrollo y que en días pasados parecían ser única opción. Ritmos que no dan lugar para pensar sobre ellos.
Pero, así como nuestros ritmos cambian, cambian también los de la sociedad. Durante la cuarentena, que nos ha confinado y obligado a una pausa por causa del riesgo que significa un virus para la vida humana, se ha abierto una brecha en el ritmo monótono y afanado.
Despertarse, alimentarse, transportase, trabajar, alimentarse y socializar, trabajar de nuevo, transportarse de regreso, alimentarse, entretenerse, cerrar los ojos y empezar una vez más; semanas y fines de semanas, meses y años; hacer para tener, tener para ser: ritmos de los días pasados.
Pero desde antes, la pausa impuesta la afrontaban los expulsados por la economía, los que en las márgenes resisten la vida con sus ritmos desempleados, campesinos, indígenas y negros. Las que viven en eterno estado de excepción, de las periferias colonizadas y empobrecidas, las únicas personas que ahora habitan la ciudad y exponen sus vida para la subsistencia de esta en la economía del ahora y del nunca. Mientras tanto, una clase media confundida que se creía en diferentes condiciones, se resguarda en sus hogares azuzados por el porvenir.
La pausa ha expuesto las desigualdades que antes eran cubiertas por el mito del desarrollo y sus ritmos del afán. La negación de la pausa o la angustia que produce, se debe a la relación estrecha entre el trabajo y la explotación, el ritmo del capital. En este no hay otro fines diferentes a producir y consumir, y nuevamente producir y consumir.
La disonancia es la ocasión para poner en cuestión la manera en que veníamos dando los pasos. También nos urge a cambiar lo que hasta este momento nos encaminaba hacía un sobre esfuerzo de nuestros cuerpos y pensamientos. En estos días deberíamos preguntarnos el sentido de lo que hemos habituado: el trabajo, el estudio, las relaciones, la espiritualidad, la desigualdad. Reflexión que parte de la realidad y necesidad de acción.
Vivimos un tiempo en el que se han acoplado los ritmos precarios, de los que nunca tienen tiempo y de los cuerpos sobre los cuales se sostienen los excesos, visiones y realidades del mundo de la minoría que no es víctima del desarrollo. Ahora los parados no son los únicos preocupados por el futuro, ni sólo los marginados tienen en riesgo su vida. Este virus, la cuarentena y sus ritmos han instalado en nuestras casas el interrogante sobre un presente sin alternativas, que de seguir siendo así no tendrá un futuro.
Mucho más cuando el riesgo está, en que temerosos, los ritmos que se impongan en los nuevos días, no sean los interiores, sino que sea el marcial, el del disciplinamiento de nuestros cuerpos y mentes. La renuncia a la libertad por el ritmo único producto del terror. Por esto, hay que insistir en sentir los pasos y en la elección del camino, cambiar los ritmos frente a los turbulentos que no permiten su reflexión ni acción.