Sé que no tenía tiempo para agarrarlo, pero tampoco lo intenté siquiera. Otras personas que pasaban justo en ese momento, tal vez tan a prisa como yo, quedaron atrapadas en el cuadro; ninguno de ellos intentó tampoco detener al hombre en su caída. Apenas apretamos los dientes y hasta cerramos los ojos y adelantamos en nuestros oídos el batacazo que la tiesura y resistencia del tipo retrasaban. Era imposible no sentir el terrible dolor de cabeza, como si nosotros mismos la hubiéramos estrellado contra aquel esquinero, que elevaba un poco el nivel del andén cerca del muro, y recibió indiferente la cabeza del tipo. Eso apenas retumbó y todos nos estremecimos.
El tipo rodó por el suelo y quedó tendido en media acera, sobre el piso mojado que había recibido lluvia durante toda la noche y que aún seguía recibiendo una llovizna delgada aunque pertinaz. Pero un borracho perdido no siente, nos dijimos e intentamos olvidar el golpe de inmediato. Al fin de cuentas indignaba que aquel tipo anduviera, antes de las ocho de la mañana y en mitad de semana, con tremenda perra por ahí. Aunque su cara y figura de indigencia parecía explicarlo todo, no lo justificaba. Fue solo después de esta reflexión que caí en la cuenta de que la clasificación de indigente tal vez había sido un prejuicio causado por la primera impresión de borracho que nos había dado el tipo. Sin embargo, la misma forma de su caída cuestionaba esta primera impresión. Además, sus ropas, aunque estaban sucias y mojadas por la rodada en el piso, parecían bien tenidas, sin remiendos ni desgarraduras, con la camisa bien abotonada, aunque ya desordenada, metida entre el pantalón, y bien apretado este con una correa de cuero.
Pasado el momento del susto, todos hicimos el ademán de continuar, movidos por la misma prisa que traíamos; pero de nuevo algo que sucedía con el tipo nos retuvo mirando el espectáculo: no se quedó simplemente tirado en el piso, sino que empezó a revolcarse; temblaba y convulsionaba de una manera tan dramática, que nos conmovió a todos.
– ¿Qué le pasa a ese señor?- preguntó estúpidamente una señora que acababa de integrarse al corrillo que le habíamos improvisado al tipo.
– Parece que le dio un ataque- respondió alguien, que parecía ya tener muy clara la situación.
Yo me desesperé y no supe qué hacer. Me debía ver ridículo, igual que los demás, ahí clavado, observando al tipo revolcándose en el suelo y sin decidirme a hacer nada. Tampoco nadie más se decidió y todos observábamos estúpidamente. Yo solo esperaba que se calmara rápidamente, pero al ver que seguía peor, que tenía su cuerpo vuelto un ocho y sobre unas manos torcidas y agarrotadas, di un paso en su auxilio. Un solo paso, porque no tenía ni idea de qué iba a hacer con el hombre apenas estuviera cerca.
– Lo mejor es dejarlo quieto hasta que se calme- respondió con mayor aplomo el mismo tipo de antes, esta vez a la pregunta de otra mujer, que se angustiaba quizá más que yo y todos los demás.
Entonces cogí para mí también la respuesta y desanduve el paso que había dado. Recuperé la premura que traía antes de encontrar al epiléptico en plena caída y desaparecí avergonzado. Detrás salieron otros, deshaciendo el corrillo que homenajeaba con su curiosidad al tipo convulsionando, con la cara contraída en una mueca horrible, los ojos desorbitados y el cuerpo enredado. Con una última mirada atrás, alcancé a ver como el tipo seguía en sus convulsiones, pero solo, tirado en el piso y luchando contra sus demonios, a la vista indiferente de otros transeúntes que pasaban apresurados y apenas tenían tiempo de esquivarlo para no patearlo o pisarlo.