Por Néstor Parra
¿Por qué el ELN insiste tanto en la participación de la llamada sociedad civil en los diálogos en curso? ¿Por qué el ELN repite que es la sociedad la que debe tomar decisiones? Es tan marcado ese punto que se ha convertido en la línea “roji-negra” de los elenos.
No es un reclamo nuevo, el ELN lo hizo a finales de los años ochenta (“el pueblo habla, el pueblo manda”), los años noventa (la llamada “convención nacional”) y los diálogos con el Gobierno de Santos (“participación de la sociedad” para la construcción de paz).
Hay dos argumentos de peso, el primero es que la democracia colombiana es tan pero tan frágil que no ha resuelto lo más básico de un Estado de derecho. Esa ausencia de democracia no la ha resuelto ni la elección popular de alcaldes y gobernadores, la Constitución de 1991, ni tampoco el nuevo Gobierno del cambio.
La sociedad sigue sin sentirse representada en los espacios políticos, porque el neoliberalismo, la burocracia y la corrupción, entre otras mañas, siguen determinando la política nacional. Por eso el ELN recomienda un ejercicio de debate político nacional por fuera y por encima de un poder legislativo que sigue atrapado en la política tradicional.
El segundo argumento, es que los elenos no se consideran una vanguardia ni los dueños de la agenda social, por eso consideran que es la sociedad la que tiene que poner, en blanco y negro, qué espera de la paz.
Este segundo punto implica, necesariamente, un alejamiento total de la idea de que la paz es desarme, desmovilización y reinserción. Para los elenos la paz son reformas. Ahora, como ha dicho Pablo Beltrán, son transformaciones “básicas y mínimas” para avanzar hacia un Estado decente.
Como la tradición en Colombia es que paz es igual a desarme, entonces cuando los elenos dicen paz igual a cambios, pues eso molesta a los pazólogos. Es más, los elenos no quieren la promesa de cambios, sino que los primeros pasos se den ya. Y en eso se alejan del modelo de las FARC de hoy firmo y mañana —si las élites quieren— me cumplen con algo.
El modelo de participación ya cuenta con muchas propuestas, entre otros insumos están las audiencias realizadas en Tocancipá en 2017. Pero hay un sector del Gobierno que cree que se trata simplemente de hacer un ritual vacío, unas reuniones como las que se hicieron con las FARC (de pronto un poquito más grandes), y ya.
Para los elenos la participación es un proceso y no un momento. Tampoco se trata de un acto donde los tecnócratas, imbuidos en neoliberalismo, les digan a las comunidades que lo cambios no se pueden; se trata de una conversación nacional democrática, representativa y participativa.
Un Gobierno del cambio no puede ser tan terco para no reconocer que es la participación (en las calles y en las urnas) las que hicieron posible su elección, es la calle la que va a defender al Gobierno en caso de un intento de golpe, es ahí donde se van a validar las reformas. Por eso no se trata de darle “gusto a los elenos”, sino de resolver desafíos democráticos reales que desnuda la participación.
No se trata de que el Gobierno ponga una delegación multiétnica, se trata de que todas las personas tengan la oportunidad de contribuir a la paz, no solo José Felix Lafaurie. No podemos asumir que hay unos llamados a ser los dueños del tema de paz, que por definición debe ser propiedad de toda la sociedad.
El Gobierno del cambio le debe temer a las fuerzas armadas, a los empresarios, a los partidos tradicionales, pero de ninguna manera a su electorado. Luego del fracaso de la aprobación de la reforma laboral y de las movidas de las EPS para detener la reforma a la salud, los elenos parecen tener razón en desconfiar de la democracia burguesa que logra jugar con la voluntad popular.
La propuesta de una participación diferente no es una “pataleta izquierdista” sino una demanda justa frente a una realidad política excluyente. Por eso el Gobierno del cambio no puede matar al tigre y asustarse con el cuero de la participación.
Lo que piden los elenos es muy cerca al respeto por las consultas previas y a la escucha a reales espacios de base (se me ocurre las Juntas de Acción Comunal). No hay democracia porque Petro haya ganado, seguimos con una estructura de poder igual a la de antes de las elecciones de 2022. El presidenteentonces debería ver en la participación más un espacio aliado que una competencia.
A propósito de las Juntas de Acción Comunal, lo que se busca es una participación de los de abajo, de los de ruana, de los históricamente excluidos, porque si es una reunión de senadores pues para eso está el Congreso, y si es solo de empresarios para eso está la ANDI.
Si se impone una participación “express”, no vinculante, de dos tardes, a puerta cerrada, presidida por tecnócratas neoliberales, es muy posible que el ELN no acepte un modelo así; y si lo acepta, esa participación no servirá ni para ahondar la democracia en Colombia, ni tampoco para identificar lo mínimo y lo básico para que el país de verdad avance.