Edición 185 – Julio 2026Editoriales

Editorial 185: Pasar la página electoral

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A días de que se consume en Colombia la llegada oficial del proyecto fascista que tanto temíamos, llega también el momento de secarse las lágrimas, pasar esta página y recargar baterías para existir ante la capacidad de daño en las propuestas que tiene el próximo gobierno de Abelardo de La Espriella.

Desde principios de este siglo, el filósofo italiano Franco Berardi Bifo ya intuía que el miedo y el agotamiento serían las patologías sociales dominantes en los años por venir; enfermedades determinantes en la victoria de una propuesta que condensa lo más antihumano de la política tradicional colombiana.

Hace ya un buen tiempo que la política representativa dejó de ser el “gobierno de la voluntad racional sobre todos los fenómenos imaginarios, proyectivos y comunicativos”, como diagnosticó Bifo desde el 2001. Es tal la saturación de símbolos e información a la que estamos hoy sometidos, que la cantidad y la velocidad no nos permiten analizarlos ni comprenderlos críticamente; por lo tanto, no “existen las condiciones para una decisión racional […] aún menos para una orientación voluntaria del curso de los acontecimientos”.

Las izquierdas globales deben comprender esto y asimilar un debate contemporáneo planteado por la filósofa Victoria Camps: la justicia social, la redistribución de la riqueza o la equidad debe atender a nuevas formas de la desigualdad. Cambian las sociedades y con ellas las necesidades políticas y sociales que eran inimaginables hace unos años. Si en su momento era obligatorio atender, antes que nada, el asunto de la subsistencia, para la filósofa española “hoy ese objetivo ya es insuficiente; gracias a los logros alcanzados, hoy hay que apuntar a algo más ambicioso que sobrevivir a base de subsidios. Lo que importa —escribió Víctor Hugo y ha repetido Pascal Brukner— no es vivir sino existir”.

Nos esperan cuatro años difíciles. Para superar la impotencia global que siente hoy la sociedad civil al no ser capaz de revertir las tendencias ultraconservadoras dominantes y evitar el inmovilismo que puede provocar el triunfo de lo que representa De La Espriella, debemos aferrarnos a los acumulados sociales y políticos que tenemos hoy; especialmente los cosechados por las juventudes, capaces de trabajar desde las bases, llenar de color y contenido la campaña presidencial y las luchas del pueblo colombiano.

La izquierda colombiana debe prepararse para ejercer una oposición inteligente y de altura. Pero esa oposición exige también un ejercicio de autocrítica: habiendo tenido un poder estos cuatro años, no puede eludir su responsabilidad por haber reproducido y alimentado los mismos mecanismos que decía combatir —la burocracia, la corrupción y el statu quo—, cuyas consecuencias más graves recayeron, una vez más, sobre el pueblo y los sectores marginados que le habían llevado al gobierno. Y en simultáneo, debe movilizarse y repensar un programa político y ambiental sólido, entendible y apropiable por las bases y el pueblo en general. Los propósitos deberán explicar de manera concreta cómo este va a solucionar los problemas materiales que preocupan a la gente de a pie: servicios públicos, alimentación, seguridad, empleo, vivienda, salud y educación. “Lo que convence de que algo está bien no es la teoría sino los resultados. […] Lo que nutre la esperanza en que el cambio es posible son los hechos. La desafección hacia la política crece porque debajo de las declaraciones de futuro sólo hay humo”, dice Camps.

Ante la incapacidad del Estado moderno y del sistema de Naciones Unidas para regular conflictos sociales, evitar genocidios, garantizar los derechos humanos y equilibrar las relaciones entre los pueblos y las naciones, debemos redefinir colectivamente cuál y cómo es el país que queremos. A partir de esa redefinición común, será posible movilizar voluntades, identificar los obstáculos estructurales que alimentan la violencia y reconocer a los actores sociales y políticos comprometidos con la transformación democrática del país. Solo sobre esa base podrá diseñarse una estrategia de mediano y largo plazo orientada a superar las condiciones que reproducen la exclusión, la pobreza, la concentración de la riqueza, la desigualdad territorial y la negación de derechos.

Este proceso debe concebirse como un compromiso estratégico de largo plazo, que no puede estar orientado al beneficio temporal de un gobierno, un partido político o un sector económico específico. Su desarrollo no debe prescindir de los principios de soberanía y autodeterminación de los pueblos, ni inmovilizar las diferencias políticas, mucho menos anular el debate democrático; por el contrario, debe estimular la participación, fortalecer la deliberación pública y dinamizar la acción colectiva alrededor de objetivos comunes. Ese gran Acuerdo Nacional debe impulsar reformas estructurales que transformen las instituciones como las Fuerzas Militares y de Policía, de manera que sus doctrinas sean coherentes con los principios constitucionales, la soberanía nacional, la protección de los derechos humanos y el servicio a la ciudadanía. Mientras no superemos las concepciones de seguridad centradas exclusivamente en el control, la creación de un enemigo interno y la coerción, Colombia no logrará avanzar hacia una visión integral basada en la justicia social, la solidaridad, la participación democrática y el bienestar colectivo.

Por último, en tiempos contrarrevolucionarios que serán recordados por las guerras a nivel global y la disputa de los bienes de la naturaleza para producir la energía que requiere un capitalismo moribundo, las banderas del antiimperialismo y la defensa de la vida tendrán que permanecer levantadas.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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