Por: Paula Andrea Pérez Cárdenas
Diego Pérez lleva en sus manos la pasión de su vida: son unas manos gruesas, de piel rasposa y con grietas que revelan la huella del azadón con el que, desde hace veinticinco años, ha abierto casi 1.500 huecos en la tierra.
Cuando empieza a llover en Nazareth, él no se resguarda: sale. Mientras otros se refugian de la lluvia, él le agradece y la disfruta. Es un hombre alto y delgado, de piel trigueña y ojos cafés. Su cabello ondulado se asoma despeinado bajo un gorro de lana, y tiene arrugas marcadas alrededor de los ojos y la boca. Suele guardar varios chistes en la punta de la lengua, los suelta cada vez que comparte la mesa con su familia, mientras devora cualquier plato de comida como si fuera el primero del día. Una buena porción de las hortalizas que él mismo sembró están siempre incluidas en la receta.
Vive en la finca Poapo (Poco a poco) , ubicada en los alrededores del barrio Nazareth, municipio de Nobsa, Boyacá. Al cruzar la cerca, el aire cambia. Afuera, el polvo de las fábricas cae como llovizna venenosa. Adentro, los pájaros trinan junto al susurro de las hojas movidas por el viento. Las flores decoran con delicadeza algunos árboles, unas son como pecas sobre sus hojas; otras, resplandecientes, exaltan su presencia. También hay feijobos, guayabos, manzanos y otros árboles frutales. La finca es un respiro en un barrio acostumbrado a toser por un aire impuro.
Varias denuncias por contaminación ambiental demuestran la magnitud de la problemática; AccuWeather, empresa que hace previsiones climáticas, en su actualización de noviembre de 2025 informó que la calidad del aire en Nazareth es mala y poco saludable; esto se debe a las industrias que rodean el barrio, como Acerías Paz del Río, Argos, Holcim y algunas carboneras. En un panorama así, la finca Poapo, que ha estado al cuidado de Diego, se ha convertido en un escape necesario.
Desde sus inicios, los habitantes de este sector eran principalmente campesinos. Sin embargo, a mediados del siglo XX con la llegada de la siderúrgica Acerías Paz del Río, sus aspiraciones comenzaron a transformarse. El trabajo con la tierra y los animales fue desplazado, en muchos casos, por el interés de estudiar en el Servicio Nacional de Aprendizaje (SENA) y vincularse laboralmente a la empresa. A pesar de ello, algunas raíces campesinas aún se conservan.
Diego parece un campesino cualquiera, pero su vida refleja la Colombia pluricultural que lo ha formado y ha cultivado su sensibilidad ambiental.
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En la finca donde vive Diego hay una casa amarilla grande y un apartamento pequeño en el que viven él, su esposa Hilma y su hija mayor, Diana. Las tejas de barro guardan el calor del día, y cuando cae la tarde desprenden un aliento frío que huele a tierra mojada. Al entrar, encontré en una esquina de la sala una caja con un bombillo que daba calor a unos pollitos. Hilma los cuida con paciencia. Es una mujer blanca, pecosa, de ojos claros y verdes, que viste un uniforme de maestra. Sobre la mesa de madera del comedor, reposan un par de calabazas listas para cocinarse, lechugas y espinacas recién arrancadas, aún con tierra en las raíces. En la cocina hay un balde lleno de papas, también del cultivo de Diego.
Aunque tiene 63 años, conserva la energía de un joven de 25. Se levanta a las cuatro de la mañana, cuando el frío aún se cuela en las sábanas. Hilma duerme mientras él se viste en silencio: se pone la camisa, el abrigo y el pantalón de trabajo. Al lado de su cama hay una pequeña butaca donde reposan varios libros: Homenaje, de Ricardo Bagner; Una y muchas guerras de Alonso Aristizábal; El señor Pérez, una historia que contar de Ángela Pérez; Enciclopedia concisa de Colombia: geografía e historia, sociedad y cultura; Matemática resumida; Retrato de nuestras mentes y Remedios naturales…
Después, Diego baja con sutileza las escaleras hasta llegar a la sala y se pone sus habituales botas de caucho. Sale al potrero a ver primero las vacas. Cada una tiene un nombre: Lola, Esperanza, Amalia, Bella, Nicol… ninguna vaca suya desde que decidió quedarse en el campo se ha quedado sin nombre. Las ordeña mientras los gansos graznan impacientes, las gallinas cacarean y los perros lo persiguen.
Cuando el reloj marca las seis de la mañana, Diego se lava las manos, se quita las botas y se pone una camisa limpia: es hora de salir rumbo a Duitama, donde le dicta a un grupo de niños una clase de escritura creativa. Enseñar también es una de sus vocaciones.
El inicio de Poapo
Diego tenía seis años cuando la vida de su familia entró en crisis. Su padre, Emilio Pérez, quien en los años cincuenta había sido uno de los comerciantes más prósperos de Sogamoso, tomó una mala decisión financiera que los llevó a la quiebra. La casa se fue desmoronando al igual que su matrimonio. Un mal negocio vació todo a su paso. Dionisia, la madre de Diego, tomó las manos de sus doce hijos y, apenas con un par de maletas y poca ropa, decidió empezar de nuevo en Nazareth. Allí, sobre dos lotes y una casa vieja que Emilio había comprado antes, la familia tuvo que adaptarse a una nueva vida. Pasaron de habitaciones amplias a un cuarto para los doce; de camas individuales a colchones compartidos. Los niños cambiaron el juego por largas caminatas en zorra (un tipo de transporte que usan los recicladores) para recoger labaza, el alimento que sostenía a los animales que tenían.
Con trabajo diario y una voluntad que no conocía reposo, Dionisia convirtió ese terreno abandonado en una finca. Una buena finca. Vivían de la leche, de los marranos, del trigo y de la cebada que sembraban cada temporada. Tenía tal habilidad para criar animales que llegó a ganar un premio en el Festival Campesino de Nobsa por la marrana más grande del pueblo, a quien le pusieron un listón de Miss Universo.
Desde pequeño Diego vio cómo su madre lidiaba con la vida: madrugaba incluso antes que el sol, cargaba bultos, criaba animales, no renegaba ante cualquier dificultad. Y lo que más le sorprendía era que todo lo hacía sola. Ella fue la que también sembró con disciplina en él, al igual que su padre, la idea de estudiar.
Convencerlo no fue fácil. Aunque su familia le insistía que se presentara a la universidad, Diego prefería despertar bajo el frío del campo, los animales, las tareas con su madre. Notaba que la tierra era agradecida: que un lote vacío podía convertirse en extensos cultivos, en corrales, en huertas y eso le maravillaba, alimentando día a día un arraigo por esa propiedad. La universidad, en cambio, le generaba rechazo.
A los 25 años, presionado por su familia entró a estudiar Ingeniería de Petróleos, duró seis semestres, y después comprendió que eso era como “sacarle sangre a la tierra”. Renunció y descubrió lo que le interesaba de verdad: la antropología. Así, casi sin proponérselo, fue que hizo su carrera profesional.
La otra Colombia
En 1980 Diego emprendió una serie de viajes que habrían de cambiarle la vida y que lo sumergieron en las culturas de las comunidades ancestrales del país. A esa etapa la llamó “el descubrimiento de la otra Colombia”: regiones del país más cercanas a sus raíces, a la naturaleza, a lo inmaterial; alejadas de la modernidad, del capitalismo y el consumo. Casanare, Putumayo, Amazonas, Nariño y Huila fueron los lugares que más visitó.
Recuerda, por ejemplo, cuando salía de la Hormiga, en Putumayo, y encontraba los cultivos de coca expandiéndose como una plaga sobre la selva. Cada viaje era ver un bosque menos. Le indignaba ver como la materia prima de la cocaína atentaba contra otras formas de vida del ecosistema. En su interior ya crecía una conciencia ambiental, una inquietud.
En el resguardo indígena de la comunidad Campo Alegre, en San Miguel, Putumayo, conoció al Taita Plácido, un hombre mayor que hablaba poco español; un ser humilde y de gran conocimiento, entregado a su ciencia y a su cultura. Fue él quien le enseñó a Diego a cazar y a sumergirse en la abundante vegetación de la selva.
En varias comunidades indígenas existe la creencia de que todo bosque tiene un dueño espiritual, entonces en ellos no se puede cazar por cazar. Según los recuerdos de Diego, el Taita hacía siempre una corta ceremonia pidiendo permiso para poder ingresar. No era una simple oración, sino un ritual: había un perfume, una planta, un tacto y un caminar especiales. Toda acción era en sí un acto de respeto y una preparación.
“Prepararse implicaba hacer dieta: no solo evitar ciertos alimentos, sino también evitar el malgenio, los gritos, ser cuidadosos con el ruido, no tener pleitos pendientes, ni pensamientos oscuros, sobre todo, y más importante, no pensar ni desear la maldad. La intención era mantener toda la paz posible en el cuerpo y la mente para poder entrar al bosque en tranquilidad y claridad. Así se logra cazar o hacer cualquier actividad que necesite de concentración y seguridad” – explica Diego con entusiasmo mientras frota sus manos con las palmas abiertas. Cuando mencionó esas palabras le hallé sentido a su nobleza y su tranquilidad.
Diego encontraba en esas prácticas un paralelo con el conocimiento científico. Para él, el conocimiento significa descubrir: “Era exactamente lo que hacían los indígenas, lo aplican todo el tiempo sólo que ellos no lo tienen escrito porque son más orales…En cuanto al conocimiento me refiero a lo que es los significados espirituales de la vida y la fuerte relación que tienen con el medio ambiente.”
Le sorprendió que, luego de la ceremonia, al caer la noche, los indígenas se internaban en la selva sin linternas, pese a la oscuridad y a la cantidad de senderos, vegetación y animales que había dentro de ella. Caminaban descalzos y rápido. Mientras ellos avanzaban sin dudar, Diego observaba todo: el movimiento de las plantas, las serpientes que se escabullían, los insectos que se escondían en los troncos, los animales que pasaban por su lado. Le parecía arriesgado, pero profundamente emocionante.
“No mire a ningún lado, no se distraiga, siga adelante” eran las instrucciones. La conexión espiritual y la guía que el Taita y los demás indígenas adquirían era por medio de la medicina ancestral. Diego la conoció a más profundidad en el Amazonas: la cultura de la coca y el tabaco. Ambos alimento y rito dentro de la cosmovisión indígena.
Mientras recuerda esos días, Diego se detiene unos segundos, como quien mira a un punto lejano de sí mismo, y una sonrisa sutil se pinta en su rostro. “Cuando uno trabaja con los indígenas, o trabaja con ellos o no trabaja. Trabajar con ellos quiere decir involucrarse en cuerpo, alma y mente en la vida de estas comunidades. Entonces, por decir algo, uno recibe como un bautizo por primera vez.”
Ese bautizo ocurría en las reuniones de trabajo: encuentros que duraban una semana o dos, sentados en círculo, masticando coca. “Esa es la tarea, usted resiste y se concentra en sólo mascar, entonces uno va llevando su tarrito para recargarlo, o ellos lo suministran. Usted no se da cuenta cuándo pasó el día, cuando llegó la noche o cuándo pasó otro día. No se da cuenta cuando pasó todo el tiempo”.
La coca se tostaba, se molía, se mezclaba con yarumo y se consumía en cucharadas formando una bola en la boca. Diego jura que esa mezcla le daba una fuerza enorme, y una claridad que no sabía explicar. “Ahí es cuando uno entiende” – y dice- “que lo espiritual es diez veces más grande que lo material”.
En Saravena, Arauca, también convivió con la comunidad Awá: “Es uno de los pueblos más avanzados que he visto de todas las comunidades, unos sabios completos”. Le llamaba la atención que hablaran de astronomía, según él, mejor que un científico.
“Había cosas que ni yo había visto sobre los planetas y sobre su movimiento, era increíble escuchar a un señor de esos hablando de lo que es el universo y mostrándolo, señalando como si fuera un mapa. Son personas que no saben leer ni escribir, ¿quién les pudo haber enseñado todo eso? Ellos, con su conocimiento tradicional, han llegado a un método científico, sin ser científicos de la manera occidental, sino de otra forma”.
Para Diego fue una suerte y un privilegio poder conocer a esas personas y su manera de interpretar las cosas, que para él es muy filosófica: siempre tienen preguntas y ellos las resuelven. ¿Quién es uno?, ¿para qué vive?, ¿cómo manejar el presente?
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Viajar por Colombia también le mostró de cerca la violencia del conflicto armado. Diego y Hilma se conocieron en Nazaret, pero a finales de los ochenta se fueron a vivir juntos a Medellín, donde él entró a ser profesor en la Universidad de Antioquia.
“El imperio de la mafia sonaba mucho en nombre de Pablo Escobar. Parecía una guerra entre el Estado y él, pero no veíamos de frente lo que se escondía detrás de esta situación: el paramilitarismo. La guerra también era contra la izquierda y contra todo aquello que sonara a labor intelectual. Fue muy impresionante vivir el ambiente universitario que se creó con el asesinato del profesor Hernán Henao, quien unas semanas antes me había propuesto ser parte de su equipo, de la UNIR y de sus estudios e investigaciones en el nordeste antioqueño”.
Las amenazas llegaban a los profesores con letreros y papelitos debajo de la puerta. Aunque Diego nunca llegó a sufrirlas, sí observaba que varios profesores estaban renunciando a sus cargos. Una bomba en los laboratorios y la biblioteca terminó por cerrar la universidad por dos años. Entonces, una amiga de Hilma los ayudó a mudarse a Sácama, Casanare. Allí la vida los llamó de vuelta a la naturaleza y al campo, donde nacería una vocación escondida.
Llegaron al llano y luego se instalaron en Arauca, dónde nació su primera hija, Diana. La guerrilla era, para entonces, quien ejercía el control del territorio. Esta otra Colombia estaba marcada por el abandono estatal, que hacía contraste con la calma, la tranquilidad y las ganas de hacer cosas que sentían los dos.
“Al otro día ya estábamos hablando con el cura, el rector y el coordinador. Se trataba de dictar clases a estudiantes de secundaria”. Ambos dieron clases de matemáticas, trigonometría y álgebra. “Nos apoyamos en guías y despertamos en los estudiantes el interés por estas materias. El padre Pulido se desplazaba hasta la casa para recogernos. Vivíamos en uno de los extremos del municipio y el colegio quedaba bastante retirado”.
En el pueblo operaban dos grandes bloques guerrilleros: el Frente Domingo Laín, del Ejército de Liberación Nacional (ELN), y el Frente 28 de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). Diego fue, de hecho, comisionado por las FARC para alfabetizar guerrilleras y guerrilleros en veredas lejanas, enseñándoles lectoescritura durante los fines de semana. Así y ahí, como él dice, fueron sus primeras escuelas.
“Aprendimos a movernos allí. Éramos muy apreciados y compartíamos con el pueblo, con la gente del campo. Llegamos a vivir grandes experiencias y conocimos muchas personas y lugares. El alcalde quería que fuéramos profesores de planta y que nos radicaramos definitivamente en el pueblo. En todas las veredas ya éramos conocidos: a mí me decían «el profe» y a Hilma «la profe». Cuando llegaba el fin de semana sentíamos que estábamos realmente alejados, perdidos entre el monte, como si nadie supiera de nosotros ni pudiera encontrarnos fácilmente. Sentíamos el aislamiento, como si hubiéramos logrado no preocuparnos por nada ni por nadie, dentro de un mundo inhóspito, lleno de cosas nuevas, donde se combinaban los cafetales con las serpientes y las corrientes de agua pura.”
Tiempo después, Diego consiguió un contrato con la Gobernación: fue llamado a Yopal y contratado por la Secretaría de Planeación para trabajar en la unidad de medio ambiente. Desde allí recorrió gran parte de Casanare y Arauca promoviendo la protección de cuencas hídricas y el cuidado de los recursos naturales. Más adelante trabajó en la Corporación Autónoma Regional de la Orinoquia (Corporinoquia) como asesor ambiental, llevando procesos de reforestación y legislación ambiental. Mientras tanto, Hilma se quedaba en la casa cuidando de su hija, salía a dictar clases a las veredas y volvía a casa. Preocupada por los viajes de su esposo, Diego hablaba muy poco de su trabajo, pero ella sabía los peligros que corría.
Para el año 1996 ya ambos tenían planes de comprar una finca. Justo a punto de lograrlo, todo cambió. Trabajando en la Gobernación, Diego llegó a ver con sus propios ojos el horror de los cuerpos asesinados brutalmente que anunciaron en muchas partes del país la llegada del paramilitarismo. Los llamaban “las Motosierras”… A esos hombres, cuenta Diego, no los conoció camuflados, sino en bluejeans y camisas azules.
“Empezó a surgir un nuevo paramilitarismo en Casanare y las rutas que nosotros usábamos de vertiente para llegar a los municipios empezaban a estar dominadas y controladas por ellos. Entonces, nos quedaba muy difícil atravesar una región que era dominio de la guerrilla y pasar a una que era dominio de los paramilitares. Ahí tuvimos muchas amenazas, atentados, por ejemplo, en la camioneta donde una vez nos desplazamos, no respetamos un pare de los paramilitares y nos dispararon”.
Las fronteras invisibles de la guerra, fueron dañando la tranquilidad de Diego y Hilma. Tras sufrir varias amenazas, se enteraron también de que la finca que soñaban comprar había sido tomada como una base paramilitar y que los propietarios, que eran sus amigos, habían sido asesinados.
El regreso al campo
Diego viajó casi veinte años. Para 1997 esperaba su segunda hija, Paula, y había iniciado, gracias a una beca, una maestría en Historia. Por su cuenta se empezó también a costear una especialización, pero sus planes se estancaron. En 2001, antes de nacer su tercer hijo, Dionisia enfermó, sus pulmones desgastados ya no le daban tregua. Ella tuvo que irse a la ciudad y alguien tenía que encargarse de la finca: su madre se lo pidió a él.
Hoy, aunque habla con serenidad y orgullo de la vida que construyó en la finca, en su mirada aún se asoma una sombra, una pequeña frustración por los estudios que no continuó. Pero también sabe que heredó algo más grande que el amor al campo: recibió de su madre la manera de habitar el mundo, su fortaleza, su manera de resistir y, está vez, él también había adquirido con todo lo que vivió una nueva relación más estrecha y profunda con la naturaleza, con la tierra.Así transformó sus sueños. Ahora lo que guía sus días es la siembra de árboles, la defensa del territorio y la relación que ha tejido con su comunidad.
Olga Esperanza, profesora de preescolar del colegio Técnico de Nazaret, ha presenciado la labor que Diego de primera mano ha hecho: “Hace siete años he tenido el privilegio de ir con los niños de preescolar, ellos han aprendido mucho, al igual que yo, el profe Diego y la profe Hilma nos han enseñado mucho. Ahora veo el avance, antes veía los árboles pequeñitos con el cuidado de pasar y no pisarlos, ahora disfrutamos de la sombra que esos árboles generan”.
En ese pedazo de tierra -el mismo que Dionisia convirtió en hogar- Diego encontró otra forma de sentido. Mirarlo es entender que los sembradores han estado siempre aquí. Desde el 2001 hasta la fecha, ha dedicado su vida a recuperar y sembrar más vida. Un propósito que lleva consigo incluso antes que se consolidara la Fundación Dionicia Vera de Pérez Poco a Poco -Poapo-, una fundación familiar que surgió luego de la muerte de su madre en el 2005. Ahí, en el campo, él también escribió su primer libro Nazareth : puerta de la revolución industrial de Boyacá : un barrio que surgió por el esfuerzo de trabajadores de Acerías Paz del Río.
No deja tampoco de enseñar: en varias ocasiones, tanto del colegio de Nazaret como del SENA, los estudiantes hacen excursiones a su finca para aprender más sobre el cuidado de la naturaleza. Con el apoyo de Hilma, su compañera de vida, han formado un proyecto educativo, que por ejemplo Pedro, habitante del sector, también valora:
“La sensación que siento al llegar a este sitio es una sensación de Naturaleza, hoy por ejemplo no existe un lugar que le enseñe al niño qué es una caléndula, un mortiño (especies de plantas) un árbol, aquí sí le enseñan y aquí tenemos un pulmón del medio ambiente, nosotros que estamos rodeados de empresas y polución”.
Foto 1
Durante mucho tiempo pensé que mi padre solo sembraba árboles, cultivaba hortalizas y cuidaba animales. Hoy entiendo que también sembró en mí una forma de mirar el mundo. Me enseñó que la tierra no es un recurso, sino un hogar; que estudiar es una manera de descubrir y aprehender del mundo, y que amar un territorio es quedarse cuando otros se van.
Cada árbol que ha plantado guarda la memoria de mi abuela Dionisia, su fortaleza y su manera digna de habitar la vida. En cada surco, en cada hoja, en cada animal que protege, está escrita una historia de esfuerzo silencioso, de paciencia y de amor por lo simple.
Mi padre no heredó riquezas ni reconocimientos. Heredó raíces y las transformó en refugio. En medio del polvo, del ruido y de la contaminación, Poapo sigue siendo un respiro gracias a sus manos. Diego sigue despertando antes del amanecer, con la piel marcada por el trabajo y el corazón intacto. Yo sigo aprendiendo de él y admirando, como alguna vez él lo hizo con mi abuela, su esfuerzo y su entrega cotidiana. Y mientras existan sus árboles, su ejemplo y su forma de cuidar la vida, yo seguiré aprendiendo de él y replicando sus enseñanzas.