Juan Manuel viene de una familia muy católica, muy seguidora de los ritos tradicionales. Por esto cuando comienzan a rondarle las preguntas en sus salidas con los “aguapaneleros” decide acercarse al grupo juvenil de la parroquia que queda cerca de su casa. Allí se encuentra con otros dos jóvenes que se convertirían en sus compañeros de preguntas y de ideas, en las que comienzan a involucrar a otros compañeros del grupo juvenil.
“Inicialmente pensé que una buena idea era buscar formas de recoger mercados y buscar a su vez familias que los necesitaran, pero cada vez nos encontrábamos con más familias y con menos mercados, con más indiferencia de las instituciones a las que acudíamos, las tiendas, las gentes que asistían a las misas… en fin. También cuando en grupo íbamos a entregar los mercados a gentes de otros barrios más altos, nos resistíamos a que fuera solo el acto de entregarlo y ya, no podía ser solo repartir y luego nosotros nos devolvíamos tranquilos para nuestras casa. Pero entonces fuimos encontrándonos con algo que volvió a movernos: las historias de las familias, los dramas familiares que en un principio nos parecía una cantidad de historias lejanas a nuestras realidades pero que poco a poco fueron convirtiéndose en nuestras preocupaciones, preocupaciones que nos reclamaban cada vez más tiempo, energía y creatividad para subir a estos barrios y llevar algo esperanzador que decirle a las personas. Sin querer nos fuimos involucrando con ellos”.
Entonces Juan Manuel cuenta cómo en el grupo juvenil se tuvieron que replantear sus actividades, porque de alguna forma sentían que lo que hacían por las personas si bien le transmitía un poco más de esperanza, tampoco les ayudaba a solucionar sus problemas. Y porque cuando había para unos, no había para otros. Y comenzó a sentir que solo estaba haciendo, pero a mayor escala, el mismo trabajo que se había cuestionado cuando comenzó con los “aguapaneleros”.
“Entonces comenzamos a pensarnos qué sabíamos hacer cada uno de nosotros que pudiera servirles de otra forma a estas personas y dejar esa sensación tan maluca, que nos inundaba, de estar haciendo solo caridad. Incluso llegamos a sentir que la caridad era un negocio. Un negocio que no mueve solamente dinero sino también intereses, así fuera solo el interés de descargar conciencias cada que se daba el aporte para los mercados o para los roperos. Porque la gente sentía que con esto se salía de su responsabilidad social, cumplía con su parte y podía olvidar a esta realidad habitual de las personas que no queremos ver y nos estorban. Es como si la caridad sirviera para poderlas olvidar”
Así, dentro del grupo juvenil comenzaron a surgir ideas y de acuerdo al talento de cada quien se vio que podían enseñar muchas cosas, por ejemplo: manualidades, arte, algo de diseño y más adelante se les atravesaría la idea de una escuela de formación. “Muchas personas que habitan estos barrios no saben leer, no saben escribir; otros que sí lo saben quieren seguir estudiando y no tienen la oportunidad de hacerlo porque los costos mínimos que tienen que pagar estas personas por su educación escapan a grandes zancadas de su economía. La educación les es esquiva y nosotros sentíamos el deber, pero tampoco teníamos las posibilidades reales de hacerlo. Sin embargo, nos la estábamos pensando”, comenta Sergio, otro de los integrantes del grupo juvenil.
Los Problemas aparecen
Pero cuando se pensaron la idea de una escuela de algo, de un espacio que aportara a la educación, a la formación de nuevos líderes para la comunidad, llegaron los problemas. Al sacerdore que estaba encargado del grupo juvenil lo trasladaron a otra parroquia, el que llegó nuevo no simpatizó con las ideas del grupo. Según este nuevo sacerdote, uno de los problemas de esta sociedad eran los mismos jóvenes porque han perdido toda moral, y el trabajo debe estar primero en salvarse a sí mismos. Y vaya usted a saber qué entiende el sacerdote por salvación, pero de lo que al parecer sí se puede estar seguros es que esta salvación nos impide pensar en los demás; es el individualismo en su mayor expresión.
Pero el trabajo se podía seguir haciendo dentro o fuera de la iglesia, así que pensaron que podían continuarlo por fuera. Y entonces Juan Manuel nos cuenta que, paradójicamente, este nuevo párroco fue recibido en el barrio como un amigo de toda la vida de “los muchachos”; se que se le veía tomando licor con ellos, andando con ellos por todas partes. Y de un momento a otro a los miembros del grupo juvenil empezaron a hacerles saber que los tenían identificados.
“Sabíamos que ellos nos miraban, nos observaban, incluso una vez nos dijeron directamente que no nos querían ver más a ninguno de los del tal grupito reunidos, que querían vernos solos, que nos dedicáramos a lo nuestro”. Parece que profesaban el mismo individualismo del que hablaba el padre.
Una mañana, cuando salieron de sus casas encontraron unas letras grandes afuera, en la fachada. El estilo de las letras era idéntico al que utilizan las barras de los equipos de fútbol, que casi no se entienden. Era, sin embargo, demasiada coincidencia que estas aparecieran en las fachadas de las casas de todos los miembros del grupo y al mismo tiempo, la misma noche. Ellos siguieron subiendo a los barrios, cambiaron de sitios de reuniones, pero muchos de los compañeros comenzaron a desistir. Hasta que otra noche aparecieron otras letras rojas en la fachada de las casas de los 4 compañeros que quedaban, y días más tarde les llegaría una tarjeta muy bien presentada, con los nombres completos de ellos y de algunos familiares diciéndoles que no querían saber que regresaran por las alturas.
A Juan Manuel lo que más le afecta es que se había hecho mucho por mantener a la gente para que no se desanimara para estar subiendo a los barrios, porque ahí se estaba encarnando un compromiso social, porque había levantado la cara para mirar a esas familias que están en barrios más arriba que los nuestros, pero que no les vemos.
Ahora Juan Manuel dice: “mi compromiso ya está adquirido con una parte de estas casas altas. Comencé a estudiar para ser diseñador gráfico y cuando comencé a subir a los barrios me di cuenta que tenía que aprender de algo más, porque esto solo no es suficiente, pero solo tiene sentido allá, arriba. No tengo ganas de retroceder y no quiero que estas familias piensen que me olvidé de ellos y de mi compromiso”.