Edición 35 - Noviembre 2008

De viaje por Tarazá

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Los últimos campesinos de la protesta habían regresado el domingo a sus veredas. Y si no fuera por lo que vi en los noticieros y leí en el periódico la semana anterior, podría jurar que en Tarazá no pasó nada; es más, la primera impresión que me llevé al llegar ese jueves en la mañana desde Caucasia es que en apariencia este era un pueblo normal.

A las 8 a.m. era nuestra cita con el conductor que haría el recorrido por las veredas de La Palma, La Caucana y El Doce con el objetivo de llegar a sus respectivas escuelas para hacer nuestro trabajo. Este recorrido, según don Hernando, iba a ser un poco complicado pues la noche anterior había llovido considerablemente, a lo cual había que sumarle el hecho de haber llegado tarde. Por eso, tras un breve saludo de don Hernando acompañado de un regaño por la tardanza, comenzamos nuestro viaje por la pantanosa carretera a cuyos lados se observaban, una tras otra, las continuas fincas pobladas de ganado pastando a sus anchas en los amplios potreros. “Bonito ¿verdad?”, exclamó el conductor, refiriéndose a los bovinos con cierto tono de orgullo explicando seguidamente que no se trataba de cualquier animal, que muchos eran costosísimos y de razas europeas a las que no tenía acceso cualquiera. Media hora después pudimos darnos cuenta a quién pertenecían la mayoría de las tierras por las que pasamos.

A la izquierda de la carretera pudimos ver los que parecían los vestigios de un zoológico: varias jaulas con variedad de primates, tal vez un mandril, algunos capuchinos y ¿por qué no? un macaco. A la derecha una seguidilla de casas en obra negra, al estilo urbanización, algo muy raro en una zona rural. Dos o tres kilómetros adelante pudimos apreciar un extenso cultivo de guayaba pera y después de otros dos kilómetros una plantación de caucho precedida por una moderna planta de concentrado para ganado. Esta diversidad de paisaje tenía como autor al mismo personaje, este milagro agropecuario se debía a un solo hombre, al Viejo, como lo llamaba don Hernando. A juzgar por lo emotivo del relato, uno creería que se trataba de un héroe, de una especie de Robin Hood; uno pensaría que sin él el progreso no sería posible.

El Viejo había llegado a estas tierras 20 años atrás, limpió la zona de guerrilla, trajo el milagro de la coca e impuso la lógica del padrino que aplica en gran parte del país. El viejo no era otro que Cuco Vanoy, amo y señor en estas tierras del bajo Cauca, dueño del zoológico, dueño de la mayoría de las fincas, constructor de lo que sería una urbanización para reinsertados de los paramiltares de su zona, gestor de los proyectos de caucho y guayaba de exportación para sus antiguos súbditos de la guerra.

Continúa el viaje, los brincos del carro, el calor, las rancheras como música de fondo. De repente, se oye el sonido de un helicóptero que vuela bajo y que está próximo a aterrizar; efectivamente aterriza y los policías apostados a lado y lado de la carretera vigilan el descargue de lo que parecen ser insumos, quizá sacos de harina. Finalmente nos damos cuenta por la explicación de nuestro conductor-guía de la misión de la aeronave: esta trae alimentos para los erradicadores manuales de coca, quienes llevan varias semanas arrancando matas monte adentro.

Después de cumplir nuestro propósito en las escuelas, regresamos sobre la ruta, esta vez con destino al pueblo. Dos hombres en motocicleta saludan festivamente a su paso. Una nueva intervención de nuestro anfitrión nos pone al tanto de que dichos hombres son reinsertados de los paramilitares, que quien conduce fue o sigue siendo un mando y su parrillero es su escolta, que el hermano del primero fue asesinado por las águilas negras, tal como sucedió recientemente con el hermano de Cuco Vanoy. Por eso tiene protección a pesar de que hace parte de un proyecto productivo auspiciado por su extraditado jefe.

Ante este abigarrado panorama, que para la gente del lugar resulta de lo más normal, mis compañeros de viaje y yo quedamos un poco asustados. En algún momento comentamos perplejos lo que habíamos presenciado en nuestro viaje pero aún falta agregar una última historia:

Finalmente en el camino recogemos un grupo de tres campesinos que se suben al carro en el que viajamos. De alguna forma estos sienten cierta confianza y después de un breve saludo comienzan a contarnos de dónde vienen y que van para el pueblo a comprar algunos pertrechos. En un momento de la conversación terminamos hablando de la coca, tornando el dialogo en una detallada conferencia técnica sobre el cultivo y procesamiento de la planta, cuestión a la cual asistimos inesperadamente pero con el interés de quienes quieren conocer sobre temas tan vedados, tan proscritos.

El cultivo de la coca es algo normal en la región, el procesamiento se hace de manera rudimentaria y el envió a Medellín no es cosa del otro mundo. El problema para el campesino es la fumigación, para lo cual se deben buscar sitios más discretos como los bosques naturales, lo que conlleva a tumbar monte como ellos dicen. Nuestros improvisados conferencistas plantean que ellos son los que menos ganan en la cadena, que la actividad es muy riesgosa e incierta, que otros cultivos dan muy poco y que han sido más los problemas que los beneficios desde que vino la planta a la región.

Todas estas cosas en un solo día me remitieron a otra noticia que había visto recientemente. En ella se veía a un indignado Presidente Uribe con el hecho de que al país venían los extranjeros a hacer narcoturismo: conocer el proceso, cómo se raspa, como se saca el alcaloide y hasta a consumir coca. Habría entonces que invitar a nuestro presidente a que viniera a estas tierras del bajo Cauca, pues aunque yo no andaba de narcoturismo, no hay que ser extranjero para darse cuenta qué tan interminable puede ser el problema del cultivo de la coca. Sería bueno que cuando el gobierno venga a apaciguar momentáneamente el clamor de los campesinos, quienes exigen oportunidades para dejar los cultivos ilícitos, no se hiciera el de la vista gorda con el problema de las bandas emergentes, la inoperancia de la llamada reparación y la continuidad del poder de los detenidos jefes paramilitares.

Los campesinos regresarán a protestar. Pero, para el resto del país en Tarazá no pasa nada.

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