A medida que avanzamos nos íbamos familiarizando con el paisaje y era asombroso para nosotros ver cómo quienes conducían la lancha dialogaban con el río.
Durante el recorrido tuvimos tiempo de conversar con los habitantes de otras zonas del Chocó, que nos contaban historias y datos de los lugares por los que íbamos pasando: una señora nos contaba que las casas que están más alejadas de los poblados casi no tienen ventanas que miren hacia lo espeso del bosque por temor y por respeto a los espíritus; que en una ocasión a la hija de un señor que por ahí habitaba se la había llevado el demonio. Y nos iba contando como se llamaba cada afluente del río y cuál era el nombre de las diferentes comunidades existentes a lado y lado del río San Juan. También nos comentó sobre la bebida típica de aquella zona: el Biche, que se hace de Caña de Azúcar, se pasa por el trapiche, en sus términos, se pone a enfuertecer, se pasa por el fuego y está listo para ser tomado: y que no falte el atractivo: ¡según ellos es afrodisiaco!
Cuando llegamos, los habitantes del resguardo salieron a recibirnos, a ayudarnos a entrar las maletas. Me detuve especialmente a observar las caritas de tantos niños que allí estaban, que en un principio todas me parecían iguales; me miraban con algo de alegría que me pareció importante porque me sentí aceptada en aquel lugar tan desconocido para mí.
Allí, resguardo Macedonia habitado por indígenas Embera Waunám, estaríamos varios días que destinaríamos a conocer el lugar y a sus habitantes, y también a conocer a quienes, como nosotros, iban de otros lugares.
Este fue un encuentro de culturas: Negros, Mestizos, Indígenas de todas las edades, de diferentes zonas del Chocó, Antioquia, Quindío, Tolima, Risaralda y Bogotá. En ese momento nos unía, principalmente, el interés por el Chocó.
El Chocó es un a tierra mágica y mítica. Sabemos que existe pero muchos la ignoramos, poblada de mitos como la pobreza, que nos evitan pensar en la crudeza del empobrecimiento, pues quienes allí habitan viven rodeados de riquezas que aún no sé bien a qué capital de quién sabe qué lugar benefician. Pero es mágica porque una vez uno la conoce no puede regresar el mismo, no sé qué tienen estas tierras que pueden cambiarnos, aunque en la inmediatez no nos damos cuenta.
Los días que allí estuvimos hablamos sobre lo que significa la defensa del Territorio y la permanencia en este, la necesidad de preservar la cultura, la queja generalizada frente al abandono estatal, la preocupación frente a la alta extracción de los recursos naturales, mineros, energéticos, madereros, el diseño de megaproyectos que se hacen viables por la construcción de carreteras, puertos, helipuertos, la implementación de siembra de monocultivos como la palma aceitera, también la extracción del arracacho que afectara a su vez la producción del bocachico. Estos proyectos afectaran la cultura, la biodiversidad y generarán mayor pobreza. Nos hicimos aún más conscientes de que estos proyectos solo benefician a las empresas transnacionales y que en su gran mayoría, para su implementación, se ha desconocido las voluntades de las comunidades y se impone su ejecución utilizando diferentes medios,
Pero ante tal panorama nos cuidamos de dibujar en nuestro rostro la esperanza, de apuntar hacia la vigencia de la lucha y la organización, de vivir estos procesos con alegría por la certeza de querer, buscar y proponer un mejor futuro para los habitantes, buscar que nuestros territorios sean territorios de paz.
Fueron días de encuentro permanente: unas veces por el dialogo, el enriquecimiento con cada experiencia, la escucha; otras veces en torno al juego bajo el sol o dentro del agua, en torno a la cocina, en torno a la comida, a las mujeres que ponían la jagua sobre nuestros cuerpos de visitantes como lo hacían en los suyos. Fueron días donde vivimos la solidaridad como expresión de los pueblos y seguiremos llamando a esta noches donde nos encontrábamos para contar historias, discutir acerca de nuestros puntos de vista o las diferentes formas de vida, observar sus danzas, danzar con ellos, compartir al calor del fuego y de un biche.
Algo de todo este encuentro se vino con nosotros y algo dejamos nosotros allá. Uno de los indígenas habitantes de allí se despidió de nosotros agradeciendo el interés y la compañía y pidiéndonos que no nos olvidáramos de esta comunidad. En mi mente se quedó la estrofa de una canción que nos acompañó durante estos días del encuentro: “que se junte la gente del pueblo, que se junte en un solo cantar, que la unión hace la fuerza y la fuerza la libertad”.