De 1924 a 1928, cuando se desarrolla el segundo ciclo huelguístico, los trabajadores colombianos empiezan a consolidar su identidad de clase y su ideología revolucionaria. En este nuevo ciclo de huelgas los protagonistas son sobre todo los trabajadores asalariados de los sectores de transportes y de los enclaves de petróleo y banano. Así, en octubre de 1924 estalla la primera huelga petrolera en la ciudad de Barrancabermeja y en noviembre se realiza un sonado paro en la United Fruit Company. En ese mismo mes se presentan protestas en cuatro grandes empresas de Bogotá y en el sector de los ferrocarriles. Las élites colombianas tiemblan ante el asomo de la huelga general.
En dicho ambiente de agitación social, el primero de mayo de 1924 se convierte en la fecha apropiada para la celebración del “Primer Congreso Obrero”. En dicho Congreso participaron delegados de organizaciones obreras alrededor del país e incluso el Presidente de la República y sus ministros. Hubo cuatro tendencias en dicha reunión: sindicalistas liberales, socialistas, comunistas y anarcosindicalistas. Dentro de estos últimos se encontraban Juan de Dios Romero y Erasmo Valencia. Aunque en este congreso sale victoriosa el ala moderada del movimiento obrero, este tipo de encuentros, sumados a la irrupción de las huelgas, genera un ambiente de politización en el país que se traduce en la consolidación de varios sindicatos y en numerosos intentos de organización de la clase obrera en grupos, periódicos y partidos.
La pluralidad de las ideologías revolucionarias permea las organizaciones de los trabajadores y, en un principio, el socialismo criollo permite su convivencia. Este eclecticismo ideológico de la época da lugar a corrientes tan distintas como el socialismo cristiano, el bolchevismo y el liberalismo radical, y es justamente en este contexto que el anarquismo, y en particular el anarcosindicalismo, irrumpe con mayor fuerza en la lucha obrera colombiana.
Aunque las ideas anarquistas habían sido difundidas entre los artesanos a mediados del siglo XIX, es sólo hasta 1924 que se observa una clara influencia del anarcosindicalismo en los trabajadores colombianos. Como sucedió en otros países latinoamericanos, el anarcosindicalismo se consolidó con la ayuda de agitadores extranjeros que radicalizaron las posturas liberales y socialistas de los obreros. Para poner algunos ejemplos, en febrero de 1924, unos meses antes del Primer Congreso Obrero, se expulsa al peruano Nicolás Gutarra por su agitación anarquista en la Liga de Inquilinos de Barranquilla, y tres años después corren con la misma suerte el italiano Filippo Colombo y el español Juan García.
Estos dos extranjeros habían establecido relaciones políticas con algunos grupos y periódicos anarquistas del país. Juan García, por su parte, era muy cercano al Grupo Libertario de Santa Marta. Este grupo fue formado en 1924 y editaba, a partir del 9 de enero de 1925, un periódico llamado Organización, que era dirigido por Nicolás Betancourt. El grupo estaba conformado además por J.J. Solano, Antonio Lacambra, R. Vanegas Gamboa, Genaro Torini, José Montenegro M., Elías Castellanos, Joaquín Rodríguez, Eduardo Sánchez y Paulino Conde. Tanto Antonio Lacambra como Elías Castellanos fueron reconocidos militantes españoles que sufrieron procesos en su contra por ser anarquistas en Colombia. Lo mismo le sucedió al italiano Genaro Torini.
La actividad política de dicho grupo se centró en el sector sindical realizando labores de organización y agitación en la zona bananera de Colombia. El Grupo Libertario de Santa Marta tenía contactos directos con varias organizaciones revolucionarias alrededor del país, entre ellas con el grupo bogotano Pensamiento y Voluntad, que editaba hacia 1926 un periódico con el mismo nombre. De este grupo presumiblemente hacían parte los incansables anarcosindicalistas colombianos Carlos F. León y Luis A. Rozo. El primero pertenecía al Sindicato de Tipógrafos y el segundo era representante del sindicato de Paños Colombia. El periódico Pensamiento y Voluntad era una publicación con clara orientación anarquista que luchaba por la “plena libertad humana”. Ideológicamente la publicación era internacionalista, antiparlamentaria y anticlerical. Por ejemplo, en su segundo número, después de apoyar a Sacco y Vanzetti, se discute ampliamente sobre la necesidad de la organización federativa del proletariado en Colombia, sobre el propósito de abandonar la lucha electoral y sobre cómo el clero oscurece los cerebros de la clase proletaria.
Estas ideas del periódico Pensamiento y Voluntad son puestas en práctica por los anarcosindicalistas que inciden directamente en el desarrollo del movimiento obrero colombiano. Esto se pone de manifiesto en la sobresaliente actuación de los ya mencionados Carlos F. León y Luis A. Rozo que, además de hacer parte de Pensamiento y Voluntad, participan en la Federación Obrera de Colombia, hacen contactos con líderes obreros de otras tendencias ideológicas, como Tomás Uribe Márquez, y lideran el Grupo Sindicalista Antorcha Libertaria que editaba el periódico La Voz Popular, y además ejercía una importante influencia en el sindicalismo bogotano.
Antorcha Libertaria tenía una imprenta propia y un local llamado “Casa del Pueblo”, donde se reunían varias organizaciones sindicales de diferentes tendencias ideológicas. La Voz Popular, que inicialmente circulaba con el subtítulo “Semanario Liberal Obrero”, reaparece en noviembre de 1924 con una clara orientación anarcosindicalista y bajo la dirección de Luís María Álvarez. En su número 107 presenta una fuerte crítica a los socialistas partidistas que son tildados de representar a la “extrema izquierda de la burguesía”. El artículo titulado “Socialismo y disciplina” sostiene que “el espíritu revolucionario, por su misma naturaleza, está en perpetua contradicción con todas las disciplinas y autoridades. Lo mismo se siente rebelde contra la política socialista que contra la del abominable conservatismo, por cuanto en sus ideas finales ambos se identifica; son estatales, luego son tiranos”. Este artículo es acompañado por otros que hablan en general de la abstención electoral, de la pedagogía racionalista y de la crítica al materialismo histórico de Marx.