Edición 44 - Septiembre 2009

A propósito de los accidentes de tránsito; Insolidaridad e ignorancia: Una bomba de tiempo

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Hay una polémica muy delicada en Medellín sobre el tratamiento que se les debe dar a las personas que sufren accidentes en la vía pública. Este no es un problema menor, es un problema de salud pública que tiene que ver con la enfermedad por accidentes, las secuelas futuras y la vida o la muerte de muchos conductores, pasajeros y transeúntes.

Todos necesitamos transportarnos, ya sea al trabajo, al estudio o  sin dirección ni futuro claro, pero para algún lado tenemos que ir. Y eso nos obliga a decidir en qué forma lo hacemos. Los de cuna, los ricos y los medio ricos, no tienen mucha dificultad en escoger ya que desde antes de nacer ya viajan en vehículos último modelo. Los de abajo, los desposeídos y los que no tienen nada que perder tenemos un mundo más amplio, muchas posibilidades: gateando, arrastrándonos, caminando, corriendo, pirateando, en bicicleta, en taxi, arrumados en bus, en algunos carros particulares destartalados y, los más privilegiados, en las motos de la muerte.

Pero cómo les vaya a unos u otros no son cosas de la suerte ni del destino. Sabemos que hay factores del azar, que la probabilidad existe y que nosotros no la podemos manejar a nuestro antojo. Lo que nosotros sí podemos hacer es tratar de disminuir los riesgos, y eso se hace, tomando una serie de precauciones, conductas y actitudes frente a los peligros y frente a la vida y a su valor como posibilidad de disfrute y proyección.

Dentro de esa generalidad, “disminuir riesgos”, podemos discutir varios aspectos: Primero, ojalá no compre moto, camine y haga deporte, respire polvo y humo pero no se monte en ese peligro. “Compre carro”, lógico, si tiene con que comprarlo y mantenerlo; no se preocupe por el problema ecológico del calentamiento global y de si hay espacio en la ciudad para circular; esos son problemas minúsculos y no son de su incumbencia. Segundo, no sea iluso, no salga a esa jauría de carros bisoño, aprenda bien el arte de conducir; no crea que porque maneja más o menos en una cuadra solitaria de su barrio ya es tremendo piloto; usted no sabe qué es una autopista y una glorieta con todos esos atarbanes al volante. Tercero, si le gusta la alta velocidad, lo que mejor le recomiendo es que se meta a una de esas competencias de fórmula 1 donde se pueda matar usted sólo y no ponga en riesgo la vida de los demás.
Cuarto, si le gusta el chorro, la mariguanita, la coca, la cuca, el perico, la bazuca y otras porquerías más, por favor, no conduzca bajo sus efectos; esas sustancias producen en el cerebro una serie de efectos muy peligrosos para poder controlar el vehículo adecuadamente: hay problemas de coordinación, concentración, visión, escucha, orientación, sueño y disminución en la percepción del peligro, entre otros. Quinto, si lo que quiere es suicidarse y no es capaz, busque ayuda que hay otras mil formas de lograrlo y menos dolorosas, y sin poner en peligro la vida de los otros. Seis, recuerde lo que dice el populacho: en una moto el parachoques es usted; no hay vehículo, excepto la bici, donde los pasajeros estén más desprotegidos que en una moto, y si no mire que hasta el clima los aporrea sin clemencia. Siete, por mucho cuidado que usted coloque, siempre hay otros bisoños, otros borrachos, otros acelerados, otros delincuentes, otros ciegos, a los que usted y su vida les importa un pepino. Ocho y último, recuerde que existe el aceite, la arena, el agua, los huecos y muchos más imprevistos que lo pueden desestabilizar y hacer caer; ojo, mucho cuidado.

Y bueno, los motociclistas son unos de los que más sufren accidentes en la ciudad. La problemática es grande, delicada y compleja; las respuestas que dan los administradores no han sido eficaces. La medida de no levantar a las personas accidentadas debe ser bien analizada y discutida por las repercusiones y las consecuencias que trae.

Quizás el principal argumento de sus promotores es el hecho de evitar las posibles complicaciones que se puedan generar cuando un accidentado no es movilizado adecuadamente. Entre esas complicaciones tenemos: agravamiento de un trauma de columna vertebral, y si es trauma de columna cervical la situación puede ser aún más grave, hasta con peligro de muerte. Un manejo inadecuado de las hemorragias, las fracturas y las vías aéreas.

No conozco un estudio concreto, de la vida real, donde haya unos buenos datos, análisis e interpretaciones de cuántas personas se han complicado por el mal manejo de otras que han tratado de ayudar. Hay mucha inconformidad en el pueblo con la medida, pues los organismos de socorro llegan, por diferentes motivos, muy tarde a auxiliar a los accidentados y son varios los que allí han fallecido sin saber, a ciencia cierta, si sus traumatismos eran mortales o más bien se complicaron y progresaron hasta la muerte por la indiferencia, la insolidaridad y la ignorancia.

Es indiscutible,  a nadie le gusta ver a un ser querido, familiar, amigo o compañero, tirado y sin ninguna ayuda. Es una situación muy dolorosa y desesperante. Pero, entonces, ¿cuál es la solución a dicha problemática? Solamente recordemos “que el único dolor soportable es el dolor del otro”.

Ahora sí la propuesta, de mediano a largo plazo, partiendo de la base que nuestro pueblo no es idiota y es, por el contrario, muy inteligente se requiere una política que le dé la gran importancia que merece la enseñanza masiva de los PRIMEROS AUXILIOS. Primero que inglés y computadores. ¿Cuáles siguen siendo los argumentos sólidos para poner, casi obligar, a toda la población a aprender inglés y computadores, cuando muchos obreros y campesinos de nuestro pueblo no tienen nada asegurado, ni comida ni salud ni educación ni vivienda, ni recreación ni futuro? Para venirles ahora a decir que deben saber inglés. No más mentiras y desfachateces. Todos los seres humanos deberíamos saber leer, escribir, matemáticas, historia, geografía, filosofía, política, culinaria, agronomía y PRIMEROS AUXILIOS con bases de anatomía y fisiología humana. Partimos del hecho que si conociéramos más nuestro cuerpo, más lo cuidaríamos.

Hay cosas que se podrían hacer para ayudar en casos de accidente: mirar si está respirando o si algo en su boca o fosas nasales lo está impidiendo, hay que despejar las vías aéreas; evitar que se ahogue con el vómito o la sangre, colocándolo suavemente de lado; la sangre es un precioso líquido, más importante que el petróleo, se debe evitar su derramamiento; por ello hay que controlar las hemorragias comprimiendo con un pañuelo, suave pero firmemente, en las zonas donde hay sangrado, etc, etc, etc. Pero es urgente que toda la población tenga bases sólidas de primeros auxilios para actuar adecuadamente en situaciones como los accidentes de tránsito y otras calamidades de salud donde por segundos de desatención se pone en riesgo la vida.

En pereira nos organizamos en torno a un proyecto dulce

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