Edición 39 - Abril 2009

El Aro: Un lugar con centro en ninguna parte

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Cuando comentaba a mis amigos o a gente conocida que el lugar al que iba se llamaba el Aro, la reacción por parte de ellos no ocultaba cierta sorpresa acompañada de dos comentarios que se volvieron recurrentes: muchos se remitían inmediatamente a la película de terror japonesa donde una niña tirada a un pozo muere y pasa al olvido hasta que ella vuelve del más allá y a través de un extraño videocasete cruza el umbral de la muerte y asesina a quien ve la televisión. El segundo comentario era breve y contundente: -¡Ah, Donde fue la masacre!

 

Para llegar al Aro, corregimiento del municipio de Ituango, hay dos rutas, ambas duras de recorrer e igualmente largas. La primera se hace desde la cabecera, yendo hasta el corregimiento de Santa Rita, por una vía terciaria en un viaje que toma seis horas de brincos y sacudones; luego se toma una mula hasta Los Venados, por un pantanoso y escarpado camino que, después de 3 horas, se extiende a otras cuatro horas desde dicha vereda al Aro. La otra ruta, saliendo desde el mismo Ituango, implica ir en bus hasta Puerto Valdivia, pasando antes por San Andrés de Cuerquia y sus derrumbes, por el frío de los Llanos de Cuibá, Yarumal y finalmente el mencionado Puerto a orillas del Cauca, luego de nueve largas horas.

Esta segunda ruta, la cual tomé con mi compañera de viaje, tiene una segunda parte que inicia en Puerto Valdivia. En este pueblo pasamos la noche en uno de los dos hoteles al borde de la carretera principal. Fue una noche de ires y venires de camiones que no te dejan conciliar el sueño, hay momentos en los que uno cree que va a ser arrollado por un camión; y eso sumado al incesante giro del ventilador hicieron de esa larga noche.

Ese mismo día habíamos contactado a nuestro lanchero, Machete, quien habría de llevarnos al siguiente día río arriba por las caudalosas aguas del Cauca. Lo de caudalosas era por el invierno, que en noviembre de 2008 fue especialmente fuerte, y no por que estuviese lloviendo toda la tarde y toda la noche allá en el puerto, sino porque el caudal depende de cuánto llueva en el Valle del Cauca, por Cali y por esas zonas desde donde el río ya viene crecido, así no llueva en Antioquia. Según Machete, nosotros seríamos los únicos que viajaríamos al día siguiente, cosa preocupante que se sumaba a la carga sicológica que ya traíamos encima ante las escalofriantes historias que escuchábamos sobre el Aro cada vez que mencionábamos que hacia allá era a donde nos dirigíamos

Los arrieros de gasolina
Una vez nos embarcamos en la larga chalupa de madera no nos pudimos retractar de remontar el Cauca río arriba con semejante caudal en contra; se trataba de olas que arremetían con fuerza haciendo mover la lancha de una forma brusca, parecía como canotaje pero en sentido contrario; solo quedó pasar saliva, pues no aprovechamos desde un comienzo la opción de subir en bestia dizque porque era más cansón y demorado. Después de saltos y resaltos, de splashes y adrenalina en su dosis máxima, llegamos a Puerto Escondido para esperar otras mulas que nos conducirían al Aro durante cuatro horas de quijotesco vaivén bordeando el Cauca por pendientes y cultivos de coca a lado y lado de la rivera.

Al asombro ante tantos cultivos de coca hubo que sumarle la gran caravana de mulas cargando gasolina en timbos, que nos acompañó hasta un reten del ejército apostado al lado de una casa de campesinos. Nos percatamos del primer centinela por un suave olor a mariguana que llegó a nosotros tal vez por el aleteo de las manos del soldado, quien se asustó al percatarse de nuestra presencia. Seguidamente tuvimos que parar la marcha, pues otros soldados estaban adelante hablando con los arrieros de la gasolina; pensamos lo peor y creímos que tal vez los estaban deteniendo o requisando o algo por el estilo; gran parte del pelotón estaba cocinando en pequeños fogones de gasolina, y nosotros seguíamos esperando; sin embargo, la marcha se reanudó pronto para sorpresa nuestra y para bien de los arrieros. A nosotros escasamente nos requisaron.

Nos percatamos al instante de que el mando a cargo tenía en su mano una botella con gasolina proveniente del timbo, objeto de la supuesta pesquisa. Dicha gasolina tenía como fin servir de combustible para las estufas con que cocinaban nuestros ilustres soldados de la patria. “Nos vacunaron con seis litros”, fue lo que dijeron los arrieros en respuesta a nuestra sorpresa.

Vestigios de una historia macabra
La belleza de los paisajes reconfortó el espíritu en cada cascada que pasamos, en cada canto de los pájaros, en cada vista del Cauca en su gran magnitud por todo el cañón. Cuatro horas después de Puerto Escondido estábamos en el Aro. Y lo supimos porque uno de los dos arrieros señaló el cementerio, que es lo primero que te da la sensación de que en ese lugar, paradójicamente, vive gente. El otro arriero anotó que por ahí fue por donde los paramilitares iniciaron su retirada con cientos de cabezas de ganado robadas a la gente después de siete días de macabra ocupación; por ahí comenzó el fin de la terrible estadía de unos hombres que sembraron el terror entre quienes solo sabían sembrar la tierra.

A parte de que la tarde era gris por la neblina propia de un lugar en las alturas, la arquitectura también lo era por lo desolado de aquel paisaje de casas caídas, como de un pueblo fantasma del oeste, pero en clima frío. La gente emergió tímidamente de entre las puertas, movida por una sobria curiosidad que no denotaba sorpresa; casi todos eran adultos, más tarde pudimos comprobar, en conversación con nuestra anfitriona, que los niños en el casería eran muy pocos.

Memoria de una masacre anunciada
Llegada la noche conseguimos instalarnos en la casa de una señora que vivía sola en la inmensidad de un patio, de un solar con matas por doquier, de una amplia cocina de ollas relucientes de tanta esponjilla. Esta casa de tapia era en apariencia de un solo piso pero en realidad había sido de dos antes de que los invasores le prendieran candela; se salvó la primera planta como testimonio de la resistencia de la última pobladora en abandonar aquel lugar después de presenciar tantas humillaciones mientras era obligada a cocinar las gallinas que robaron esos “desalmados” a sus vecinos y amigos. Esta abuela de 70 años, madre de nuestra mencionada anfitriona, descendió del Aro al séptimo día por el largo camino de seis horas. Otras tantas casas corrieron igual suerte por cuenta de la barbarie de aquellos indeseados visitantes y de ahí la derruida apariencia del actual caserío que contrasta imponentes muros de tapia y puertas de madera con improvisados techos de zinc.

Antes de la masacre, ya en Ituango se sabía lo que le esperaba al Aro. Hasta en Yarumal había rumores de esta masacre anunciada; solo el ejército en Puerto Valdivia no pudo ver a los autores materiales de esta cuando bajaron todo el ganado saqueado a los campesinos, ni siquiera cuando lo despacharon en camiones desde allí para Caucasia. Pudo haber sido que la orden que dieron a la gente de estar en sus casas antes de las nueve fuera cumplida por ellos mismos, aunque todavía es más extraño que no se percataran del éxodo, ante sus propias narices, de campesinos bajando a pie con los rostros fatigados por las seis horas de camino, abrumados con las atrocidades que presenciaron al ver las ejecuciones sumariales con lista en mano de personas acusadas de venderle una gaseosa a la guerrilla, a pesar de la intervención del sacerdote que no podía creer lo que pasaba casi al frente de su iglesia.

Muchas cosas pasaron en esos siete días, o más bien, bastantes cosas fueron permitidas por la premeditada omisión del Estado. Pasó hasta un helicóptero que aterrizó en el lugar trayendo consigo pertrechos y municiones para estos asesinos que se escudaron en la población con el propósito de evadir el fuego de la guerrilla en su intento de combatirlos; pasó que una mujer fue abandonada a medio vivir, amarrada a un árbol, a la intemperie, sin haber sido encontrado su cuerpo después de los hechos. Pasó también que cuando descaradamente llegó el ejército después de semejante omisión, fueron al cementerio y cambiaron los cadáveres de lugar para que no pudieran ser hallados al no coincidir la nueva ubicación con las versiones de los testigos presenciales de los hechos.

El regreso
Para nosotros el regreso fue una especie de reconstrucción vívida de lo que nos contaron algunos pobladores del Aro en su catártica narración de los hechos; catártica porque pudimos percibir cierta esperanza de que al contarnos pudiera saberse la verdad de lo que sucedió allá, dado que para ellos no es suficiente con que la justicia internacional les haya dado la razón o que el Estado irrisoriamente los indemnizara por los sucedido. Ellos me recordaron a la niña de la película tratando de vencer el olvido a través de un televisor, que para nuestro caso es a la inversa, el televisor es el que niega lo que pasó, los medios callan ante este tipo de atrocidades. Los habitantes del Aro que decidieron quedarse merecen que se sepa la verdad, incluso las generaciones siguientes que se fueron siendo niños, la mayoría sin regresar, porque sus padres no quieren que perciban la pesadez que aun se siente en el ambiente de este remoto caserío perdido en el olvido de un Estado cómplice.

Paramos en la casa de los campesinos donde antes estaban los soldados del retén y la señora nos contó que desde el principio les pidió que no se hicieran tan cerquita a la casa; ellos le insinuaron la acusación de venderle cosas a la guerrilla a lo cual ella respondió que si tenía una tienda es para vender; que cuando le preguntaron por qué se asustaba al ver al ejército, ella contestó que quién no se asusta al ver alguien armado, de igual manera cuando le preguntaron sobre si había visto al enemigo, ella respondió que tal vez era el de ellos, pues ella no tenía enemigos, además también les dijo que no fueran a dejar la basura tirada, que no fueran puercos y que por favor, no se entraran a su casa, que pidieran permiso, y finalmente, que si no les daba pena pedir comida sabiendo que recibían un sueldo del Estado por estar acampando en el monte.

 

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