
El día despertó apenas la aurora rayaba en el horizonte montañoso. Los primeros destellos luminosos de sol canicular de verano mostraban que sería uno de esos días insoportable por las altas temperaturas. A medida que sus rayos se proyectaban, iba calentando el rocío de la espesa vegetación cubierta de densa neblina, que se levantaba lenta y con pereza para evaporarse mágicamente y dejar a la vista el relieve de las montañas. El esplendor de éstas, los aullidos del mono cotudo en las copas de los arboles, el canto mañanero de los diostedés, el cacao, las guacharacas y loros, complementaban el bello espectáculo de una mañana en clima húmedo.
A diario, los agricultores tenían que batirse a hombro partido con el calor, la malaria y la topografía para sacar provecho a la tierra.
1
Como era costumbre en aquellos parajes inhóspitos, el medio expedito para enterarse de lo que ocurría en el país era la radio. La mayoría de los campesinos poseían en sus ranchos un transistor, que prendían en las primeras horas de la mañana hasta cuando las sombras de la oscuridad se hacían presentes y se acababan las noticias. De esta manera se mantenían informados.
Esa mañana calurosa salieron de un rancho dos labriegos en dirección a los sembrados. Uno de ellos de baja estatura, cabello ondulado, tez trigueña, ojos vivaces, cuerpo macizo y con una pierna más larga, lo cual hacía que sus movimientos al caminar no fueran uniformes; el otro, un hombre moreno curtido por el sol, alto de estatura, cuerpo atlético y brazos fuertes y rudos, se encontraba en son de amigo, y solidario en la recolecta de la cosecha de maíz, pues era sabedor de las necesidades del primero, que sólo contaba con su esposa y una pequeña niña. En sus cabezas pesaba la preocupación por la recolección de la siembra. Ambos conocían las limitaciones de tiempo, uno porque los días que había destinado para ayudar a su vecino se extinguían y debía volver a su parcela, el otro porque entre más durara con el producto en pie, más barato se pondría en el mercado del pueblo.
Pero esa no era la única preocupación: muy en el fondo sabían que las cosas habían cambiado en la región, y lo que ayer había sido indignación, con el discurrir de los meses pasó a ser una realidad lamentable en la vida de los residentes de la montaña. Cuando los colonos de la comarca descubrieron una fosa dentro de una vivienda, en la que yacían los cuerpos de dos vecinos conocidos y estimados, todos estuvieron expectantes y recelosos por lo sucedido. Los horrendos crímenes los habían consternado, y más aún, no se sabía quiénes lo habían consumado. La noticia recorrió la zona y llegó a todos los rincones de la montaña, incluso hasta donde se encontraban los “Muchachos”, en lo profundo del corazón del monte, donde tenían sus campamentos. No eran recién llegados, desde mucho antes los campesinos sabían que existían en el país y en la región.
2
Después se supo que los asesinatos fueron cometidos por dos habitantes del pueblo, codiciosos y corrompidos, que habían llegado a la región un par de años atrás. Fue el rum –rum que se escuchó en cada rancho de la agreste geografía y alteró los nervios de todo el mundo.
Todos los residentes de la montaña querían que se hiciera justicia.
-Es un mal precedente que estos actos se comentan y no tengan castigo. ¡No vaya a ser que regresen y sigan haciendo lo mismo!- dijo don Tito, un anciano de la comunidad a un tendero del pueblo.
Un arriero con temor, y medio valiente manifestó en una de las posadas del camino:
-No es justo que nos maten para robarnos la máquina aserradora y la mulada…
La señora de don Tito, muy acuciosa en sus quehaceres domésticos, pero muy callada, un día expresó: “Ya no queda nada por hacer, quienes lo hicieron andan en el pueblo o quién sabe dónde. Nadie va a querer encontrárselos y mucho menos decir a la autoridá”.
Un joven en un arrebato de furia exclamo:
– ¡Cuál autoridad ni qué jodas, nosotros somos la autoridad! Si vienen por aquí, nosotros, la comunidad, tenemos derecho a hacer la justicia.
Entre divagaciones y condenas por lo sucedido fue pasando el tiempo. Un día conocieron por el correo de los comentarios tardíos que el Paisano y Ventarrón, como eran conocidos los supuestos asesinos andaban enrolados con el ejército en el pueblo; otros afirmaron que andaban con los socios de éste, los paracos. Lo cierto del caso es que estaban combinados.
3
Tras coger parte de la cosecha, a medio día, los dos labriegos regresaron en busca de almuerzo y descanso, en espera a que cayera la tarde para aprovechar la fresca.
A poco rato de reposar el sancocho con sustancia de espinazo de res, yuca y papa, en las noticias de la radio escucharon un reporte que daba cuenta de la “muerte en combate de varios guerrilleros en la vereda La Argentina”. Mayúscula se convirtió la sorpresa cuando entre los muertos figuraban sus nombres, junto con los de Brigadier Rincón, Jorge Rueda, los Gallego, y los Canos.
– ¡No puede ser!- exclamaron los dos recolectores.
-Estamos muertos en las noticias – expresó el hombre que cojeaba.
-Entonces, ¿Qué les pasaría a los vecinos? ¿Estarán muertos?
-¡Hummm……! Si nos reportaron como muertos es porque nos están buscando para matarnos. dijo el hombre curtido por el sol.
-Mija, arregle lo que pueda y váyase con la niña p´a onde sus papás. Las cosas se están poniendo malas- dijo el que cojeaba a su mujer.
¿Qué hacemos…? ¿Qué hacemos…? Pensativos y confundidos los dos hombres se preguntaban así mismos sin poder coordinar sus pensamientos. La noticia los había dejado anonadados, fríos y sin ánimos.
Rato después, los lugareños en la soledad apacible de la tarde veraniega decidieron abandonar el rancho, con la poca comida que podían cargar. Su destino más próximo estaba a la vista de sus ojos, y su decisión los llevó a internarse en la profundidad de la selva virgen, para que sus asesinos no los encontraran. Allí supieron que efectivamente los vecinos habían sido asesinados y que a ellos los andaban buscando.