
Ya se levantaba la mañana del sábado 16 de julio de 2011 y la atmosfera recogía el calor que caracteriza estos territorios amazónicos, cuando atravesábamos en una canoa el cauce corrientoso del majestuoso rio Caquetá. Recorríamos el tramo de carretera destapada que nos condujo hasta el caserío de Piamonte, en plena bota caucana, un municipio que es más amazónico que andino. En este lugar abordamos un desvencijado bus que avanzó lentamente y nos dejó tres horas más tarde en un pequeño caserío, a cuya entrada, afanosamente, un grupo de obreros con uniformes verdes, que en su espalda tenían el nombre de DIATECO, y un gran conjunto de maquinaria pesada, explanaban y revolvían una gran masa de tierra en la llanura cercana a la rivera del río Fragüita. El bus cruzó el puente de concreto y al cabo de pocos minutos descendíamos mi compañero de viaje y yo en un pequeño pueblo. Por fin estábamos en Fragüita.
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A la expectativa de nuestra llegada estaba la comunidad, que había designado a algunos de sus campesinos para facilitar nuestra estancia en el lugar. Después de un delicioso almuerzo, recorrimos este pequeño pueblo, ubicado sobre la rivera de un majestuoso río, cuyas verdes y tranquilas aguas han atravesado de manera imparable e impecable la serranía que se ubica frente al pueblo y que hace parte del gran macizo colombiano, territorio productor de agua y oxigeno, productor de vida.
Desde el puente de concreto, construido hace más de quince años, observamos que la comunidad fragüitense desarrolla su vida y toda su cotidianidad alrededor del río Fragüita, de cuyo caudal recogen el agua que consumen; allí pescan y además se recrean y refrescan en sus tranquilas y plácidas aguas.
Con el correr del día y hasta altas horas de la noche compartimos una charla con toda la comunidad que se reunió en la caseta comunal para hablarnos de las inquietudes, dudas y preocupaciones que desde hace algunos días les ha generado la presencia de la empresa petrolera Pacific Rubiales, pues aunque estaban conscientes que su vida estaba cambiando, también presentían que el cambio no era positivo.
Y no es para menos, como ya hemos sentido en carne propia. Lo que se avecina no es desarrollo ni progreso para la comunidad, que ya se encuentra dividida porque la empresa sólo ofrece unos pocos empleos subcontratados a través de DIACO y, como se dice, no hay para todos. Además, la población tiene muy pocos, por no decir ningún campesino operario de las pesadas máquinas. Pero esa es la estrategia de todas las multinacionales: crear problemas de convivencia, dividir procesos organizativos. Así, las comunidades se dedican a sus problemas domésticos y se olvidan de defender y exigir sus derechos económicos, sociales, culturales laborales y ambientales.
Se avecina, indudablemente, la contaminación de las fuentes hídricas que han empezado a ser afectadas desde la sísmica, pues la comunidad que habita en la parte alta de la región constata que las fuertes explosiones de dinamita agrietaron a la tierra y se desaparecieron varios ojos de agua.
Como en todos los territorios colombianos donde se explota petróleo, los desechos tóxicos y las aguas servidas irán a parar al cauce del majestuoso río Fragüita, inevitablemente todas las fuentes hídricas cercanas a la plataforma petrolera, así como los humedales, serán contaminados irremediable e irreversiblemente.
Según nos contaron personas de la comunidad, Corpoamazonía, la autoridad ambiental regional responsable, no controla ni sanciona la contaminación de fuentes hídricas, ni la contaminación ambiental que generará la quema permanente del gas, por lo menos en Putumayo no lo hace, sólo negocia. También nos cuentan que la comunidad no participó en la elaboración del plan ambiental y que hasta ahora la empresa no se ha comprometido en respetar el río. El Resguardo Paéz de la zona no ha sido consultado previamente, de seguro será un caso más en donde se violará el convenio 169 de la OIT, que exige la consulta previa a la comunidad para la explotación de los recursos en su territorio.
Allí en Fragüita están los militares y, aunque la comunidad ha hecho respetar sus derechos fundamentales y el DIH, también será inevitable que por proteger a la petrolera, en esa apacible zona se establezcan los retenes, se hagan los empadronamientos prohibidos por la ley y se restrinja el libre tránsito en la noche.
Al final todos nos preguntamos: compañeros de Fraguita, amigos de Caquetá, hermanos de Putumayo, colombianos todos, ¿cuándo será que la explotación de petróleo y demás riquezas naturales que nos pertenecen, realmente van a generar el desarrollo y buen vivir para los pueblos? Hasta ahora solamente se han destinado a llenar las arcas y los bolsillos de los empresarios multinacionales y oligarcas colombianos que siempre han estado en el poder, como el ex ministro de minas y energía en el gobierno Uribe, Hernán Martínez, que hoy hace parte de la Junta Directiva de Pacific Rubiales, empresa multinacional que, a través de Medoro Resources, también pretende acabar con Marmato, el Belén de Oro de Colombia en el departamento de Caldas.