
“El agua es una sustancia maravillosa, pues subsiste en los tres estados con la misma presión atmosférica”, no se cansaba de repetir ese profesor que nos daba lecciones técnicas y de vida, que ahora, ante la crisis mundial que sufre la humanidad por este preciado líquido, rememoro con alegría y a la vez con cierta nostalgia porque hoy 1300 millones de personas carecen de este vital recurso.{jcomments on}
El derecho innato de la población más vulnerable del planeta a este recurso se ve opacado por los grandes intereses de las multinacionales que ven en la cada vez más escasa oferta, una posibilidad de mercado única. Los miles de niños que mueren diariamente por esta ausencia no es una prioridad para la ONU, entidad que con su Consejo de Seguridad empuja una nueva guerra, en donde subyace también no sólo la riqueza petrolífera sino también un mar de agua dulce que puede ser más valioso que el mismo oro negro, allá en la Libia del coronel Gaddafi.
La industria mundial del agua, con la potencialidad de invertir en yacimientos, en acuíferos, en ríos, arrasando a su paso todo tipo de riquezas naturales, es una amenaza que debe ser revertida por la unión y la lucha de todos los pueblos y gobiernos progresistas del mundo. Es sabido que en 2032 va a haber una sed del 60% de la población mundial, pues ésta vivirá en regiones con una profunda escasez de agua. Y también es conocido que vasto número de países con grandes riquezas naturales cada vez tiene que recurrir más a ese conocimiento estanco de aquellos que quieren apropiarse de todo lo que signifique ganancia capitalista.
En América Latina, una región dotada de los más importantes recursos acuáticos naturales, más de 130 millones de personas carecen de suministro de agua potable en sus hogares, y se calcula que sólo una persona de cada seis cuenta con redes de saneamiento adecuadas. Y esto tiende a ser cada vez más agravado. Nuestro país, Colombia, potencia hídrica, se encuentra chantajeado por el nuevo plan de desarrollo del gobierno de Santos, pues sólo existe la inversión en megaproyectos mineros, energéticos y del orden más regresivo que se haya podido proponer para los próximos años. Los páramos, nacimientos de agua, biodiversidad y todo lo que huela a ganancia, incluyendo territorios otrora sagrados como los resguardos indígenas, se pusieron en la mira de los capitales extranjeros que supuestamente quieran invertir y “generar empleo y riqueza para el país”, de acuerdo a la versión vendida a nuestro pueblo por el ultraneoliberalismo instalado en el gobierno de turno.
Y este comportamiento se observa en muchas regiones del mundo aupadas por ese mecanismo imperialista denominado Organización Mundial del Comercio, en cuyos estatutos se pregona la libertad de comercio e inversión en las riquezas planetarias, como si la soberanía de los pueblos y naciones ya fuera cosa del pasado. La versión desde allí establecida es profundamente intervencionista, pues fuerza a los estados a someterse a la dictadura del mercado so pena de ser aislado internacionalmente.
El desarrollo de la sociedad moderna basado en la energía y en la explotación intensiva de las fuentes primarias está mandado a recoger, so pena de poner en peligro la existencia misma de la especie. Asimismo, el argumento tenebroso que subyace sobre el oscuro interés de hacerse en la bolsa de valores capitalista a las riquezas de las naciones, debe ser derruido por la lucha denodada, sobretodo, de los países del tercer mundo, lugar que está en la mira de las multinacionales que enarbolan como dogma del desarrollo la explotación intensiva de los recursos naturales, hasta dejar exhausto nuestro medio ambiente, el cual al paso de ellas se convertiría en un miedo ambiente.
Colombia es ahora un blanco importante del capitalismo internacional. Pero también, y en medio de la barbarie humanitaria que la oligarquía lanzó contra nuestro pueblo hace más de sesenta años, se pueden plantear luchas para derrotar esos oscuros intereses, y ello se está demostrando con la recientemente librada contra la Transnacional Canadiense Greystar. Ésta pretende (todavía no se puede hablar en pasado) destruir uno de nuestros páramos insignia, el de Santurbán, en el departamento de Santander, por medio de la explotación minera aurífera y de otros metales, afectando a amplios sectores de la población en lo que respecta al suministro de agua y al equilibrio ecológico en dicha región.
Pero como la tozudez del capitalismo es infinita, la primera derrota dada por los movimientos sociales en asocio con intelectuales y miembros del Polo Democrático Alternativo con la consigna “El agua vale más que el oro”, la quieren revertir en éxito, en tanto dicen que van a transformar la solicitud de licencia pidiendo la explotación ya no a cielo abierto sino subterránea. Como dice Alfredo Molano, “no es fácil resignarse a perder 511.000 onzas de oro y 2,3 millones de onzas de plata”. No cejarán en sus pretensiones así recurran a tramoyas legalistas, y por tanto tenemos que estar alertas para hacer lo propio, esto es, luchar hasta evitar la sombría pretensión.
Volviendo al asunto del agua, por todos es bien sabido que entre los principales explotadores de este lucrativo negocio se encuentran las grandes corporaciones trasnacionales capitalistas con negocios diversificados por todo el planeta. Comercializan el agua como un “servicio” o venden agua embotellada, apoderándose de sus fuentes en los países pobres y periféricos. Vender agua embotellada, cuya riqueza mineral no es muy diferente de aquella a la cual accedemos por medio del grifo en las ciudades en donde el tratamiento es exitoso, es un negocio más rentable que vender gasolina o cualquier derivado del petróleo. Pues la inversión es muy baja respecto del precio final de ésta. Y esa es la perspectiva que nos plantean a todos los pueblos del mundo.
Pero nosotros tenemos una mejor: no dejar que los pocos recursos que nos pertenecen pasen a manos privadas. Para evitar las futuras guerras por esa sustancia maravillosa que nos ocupa, debemos hacer nuestros mejores esfuerzos para que la soberanía popular sobre las riquezas de cada país sea respetada por los miembros principales de la ONU, en especial del Consejo de Seguridad, el mismo que acaba de aprobar el crimen contra el hermano país de Libia. La lucha definitiva contra el capitalismo pasa por la reivindicación y defensa de la naturaleza como la principal aliada de nuestra existencia.