Texto y fotografías: Camilo Grajales
Bukowski dice que “los tipos raros no son muchos, pero de ellos provienen los pocos cuadros buenos”. Barrio triste está lleno de estos tipos. Cada paso en sus calles obliga a detenerse, identificarlos y ver cómo se comportan, pero esto no es gratis, mucho menos inmediato. Barrio triste tiene sus reglas y no están escritas. Ni el barrio, ni sus habitantes están obligados a decirlas, hay que llegar, entregarse al barrio y su gente.
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Barrio triste sigue siendo ese cubo de colores que ocupa 30 manzanas de la comuna céntrica de Medellín. Es imposible limitarlo. La ciudad sigue transformándose, pero el barrio y su gente sigue ahí, no les importa que sucede a su alrededor, ellos construyeron sus propias dinámicas en este tiempo tan líquido e inmediato. Barrio triste resiste, en medio de la grasa y las “estrellas de asfalto”, como llaman ellos a las tuercas que se han mezclado con las calles del barrio. Todos se conocen, después de trabajar, la tertulia en medio de humo y licor se convierte en un ritual sagrado, la salsa y los vallenatos ambientan el lugar.
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Barrio triste es justo y agradecido, no se abre a cualquiera. Estos tipos raros defienden su lugar de culto como a nada, “es mi segunda madre”, me dijo papá Giovanni. Ellos son el filtro para dar la bienvenida y abrazarte, o que el paso sea de entrada y salida.
“Es un barrio donde no hay duda, un barrio que se arma todas las noches y todas las mañanas desaparece como por encanto —el escritor Carlos Sánchez—. Sus habitantes, hombres, mujeres, muchachos, gamines, jíbaros, locos, prófugos, prostitutas, comparten un nombre que la ciudad escupe sobre ellos como una metáfora del desahucio: desechables. Pero ese bautizo pronunciado tal vez con el discreto orgullo de pertenecer a una clase obediente y trabajadora, no cae para ellos ningún ardor bilioso.”
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