Edición 177 – Abril– Junio 2024Memoria

Tejer los retazos de una guerra que no elegimos

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Por: Juliana Builes Aristizábal
Fotos: Camilo Grajales

“Colombia ha vivido una guerra sin precedentes” es una frase que parece un eslogan de campaña presidencial, pero que, aunque parece reutilizada, cobra sentido cada vez que se empieza a hablar de memoria en este país.

La primera vez que escuché a Paloma fue por medio de una pantalla. Estábamos tratando de que la conexión a internet nos dejara conocernos. Cuando por fin lo logramos, el internet tampoco me dejó ver su cara. Su historia la conocí por un amigo que había escuchado algo del costurero de Paloma. En ese momento, tenía en la cabeza que ella hacía procesos de reincorporación con firmantes del Acuerdo de Paz y que su papá era un exparamilitar.

Cuando abrió su micrófono por primera vez, supe que era una voz joven. De inmediato dijo: “En Memoria trabajamos con mujeres víctimas del conflicto armado de la región del Urabá antioqueño”. ¿Cómo una hija de un victimario trabajaba haciendo memoria con estas mujeres que habían vivido el otro lado de la guerra? Ahí empezaron las preguntas y el sinfín de encuentros que explican lo que de verdad significa tejer para la paz.

Su abuela materna es la inspiración de su marca, pero no solo desde la visión de mujer víctima, sino desde el gran poder que tiene doña Senida para contar historias. El don de la palabra se extendió hasta Paloma y también la deuda que ella dice tener con las mujeres de su familia. “Yo soy la primera mujer de mi familia que logró graduarse de la universidad, eso fue todo un hito en mi casa”, dice a través del micrófono de mi computador. “Ninguna mujer de mi familia había ido a la educación superior: las que están antes de mí porque no tuvieron acceso y las que son contemporáneas eligieron la maternidad como camino, y es respetable y entendible, sobre todo en el contexto familiar del que hago parte, porque a nosotras siempre nos han dicho que las mujeres no tienen que ir a la universidad; el rol de la mujer en mi casa está reducido a ser madre y ama de casa”, termina de contar.

La idea de En Memoria nació a partir de un escrito para la universidad. Paloma estudiaba diseño de modas, se titulaba “La moda como ente generador de memoria”. De ahí surgió su primera colección, que fue patrocinada por una empresa privada que gustó de su idea. Esta abordó los primeros recuerdos de su infancia en el Popular Uno, un barrio de las zonas periféricas de Medellín.

En “Vestigios de una infancia marcada por el conflicto armado”, Paloma materializó, mediante dibujos, cómo su niña interior pintaba la guerra. Unos lápices de donde salían balas fue el primer estampado que llegó a su mente y que tiene que ver con uno de sus primeros recuerdos de Medellín. “Yo estaba en la caseta comunal, estudiando, y escuché una moto de esas de dos tiempos. En ese momento, la profesora nos dijo a todos que nos tiráramos al suelo, pero yo era muy desobediente y me paré sobre una silla para mirar por la ventana. Al frente venía corriendo un muchacho con una camisa verde hacia un billar que estaba cerca. El muchacho, como que ya no tenía fuerza, se entregó a la muerte, porque venía corriendo por esas lomas del Popular. Cuando llegó ahí, los de la moto, que eran dos pelados, lo impactaron con un arma y el muchacho cayó en el suelo. Yo le dije a la profe: ‘¡Lo mataron, profe! ¡Profe, mataron a ese muchacho que tenía una camiseta verde!’”. Desde ese momento, Paloma supo que cada vez que pasaba una de esas motos de dos tiempos era porque iban a matar a alguien. Ya no se montaba en una silla para observar qué pasaba, sino que de inmediato salía corriendo. Ese recuerdo también lo acompañan las idas y venidas con su abuela a la plaza minorista de Medellín, donde pedían las sobras de comida que quedaban del día para poder alimentar a toda su familia. El proyecto, que se tejió alrededor de todos estos recuerdos, desfiló por las pasarelas de Colombiamoda en 2022 y le demostró a Paloma que no solo podía ser un trabajo de universidad, sino su propio proyecto de vida.

La segunda vez que me senté a hablar con Paloma fue en el taller de costura en Copacabana, que en ese momento también era su casa. Ahí conocí el rostro de una mujer de 27 años, con cabello negro, delgada y con un estilo de vestir muy propio de la carrera que estudió. Allí empezamos a hablar de su segunda colección, que sigue siendo la continuación de sus historias familiares, pero que también atraviesan la vida de Yuli, Lidia y Chila, las costureras del proyecto.

Las historias de su abuela resonaron profundamente en la mente de Paloma, y el contexto del barrio La Esmeralda en Urabá, con su historia de desplazamiento forzado, se entrelazó para que una nueva idea se materializara en un proceso de tejido y memoria. La familia de Paloma fue desplazada de la vereda La Cristalina a finales de los años 80. Su abuela no recuerda muy bien qué grupo armado pudo haber sido responsable. Pero sí recuerda con claridad cuando en 1989, a su hijo Jhon de 17 años se lo llevó la guerrilla. De allí migraron hacia Apartadó, a un barrio que se construyó a raíz de la guerra y el desplazamiento forzado. En La Esmeralda, la mayoría de los habitantes hoy en día siguen siendo mujeres cabeza de hogar, sumidas en la pobreza, enfrentando situaciones de desempleo muy complejas. “Las mujeres que fueron inspiración de esta nueva colección fueron mis vecinas, mi abuela, las amigas que conozco, las hijas de mis vecinas. Entonces ahí fue donde nace ya la marca como tal de En Memoria, al darme cuenta que hay un territorio tan segregado como es Urabá, tan violento, tan inequitativo y tan escaso en oportunidades, sobre todo para las mujeres, pero que podía surgir algo para reconocer el territorio y a sus mujeres víctimas a través de la moda”, precisa Paloma.

El Centro Nacional de Memoria Histórica documentó 103 masacres en Urabá entre 1988 y 2002, principalmente en el Eje Bananero, que comprende los municipios de Turbo, Apartadó, Chigorodó y Carepa. Además, en el Caso 04 de la Jurisdicción Especial para la Paz (JEP) sobre la situación territorial de la región de Urabá, se han sistematizado más de 3.582 hechos victimizantes que afectaron gravemente a más de 35.000 personas entre 1986 y 2016.
Memorias Ausentes, la segunda colección de En Memoria, comenzó a gestarse a partir de las tertulias en el taller, donde se conceptualizaba una nueva idea de moda y memoria. En medio de esas historias y recuerdos de su abuela y su madre.

“Memorias Ausentes simboliza esas pérdidas provocadas por el conflicto armado. Esa ausencia se refleja en los rostros de las mujeres que, todos los días, sufren con los recuerdos de sus seres queridos y de su territorio”, cuenta Paloma, sentada en el comedor de su casa, al lado de una de las máquinas de coser que hicieron posible esta colección.

Los estampados eran la cara de su abuela y su mamá, transformadas en siluetas en forma de caricatura para estampar pantalones, chaquetas y chalecos de diferentes colores. La idea fue financiada por otra empresa que creyó que las memorias del conflicto armado debían ser contadas y que los rostros de las mujeres que han vivido la ausencia debían desfilar nuevamente por plataformas como Colombiamoda. En 2023, En Memoria volvió a pisar las pasarelas y esta apuesta de paz se terminó consolidando en la cabeza de Paloma.

“Cuando yo saqué esta colección, no tenía finalidad algo comercial, porque era mi trabajo de grado. Yo pensaba: ¿quién va a comprar las caras de mi mamá y mi abuela, dos víctimas del conflicto? Pero resultó que mis amigos y conocidos empezaron a decirme que les vendiera estas prendas”, cuenta Paloma. Luego, la marca tuvo su primera venta comercial en una librería del barrio El Poblado, muy enfocada a un público extranjero. En esta primera apuesta, Paloma tuvo que coser todo sola, pues la situación económica no le permitía tener más personal que ella misma. Sin embargo, después de este momento, empezó el proceso con Chila, la primera costurera y víctima del conflicto armado vinculada al taller.


Después de esto, todo el proyecto de reconstrucción del tejido social a través de la costura comenzó a tomar forma. Paloma encontró en el público extranjero una población dispuesta a pagar justamente por estas prendas, que ella denomina como diseño de autor. Esto le brindó la posibilidad de emplear de manera digna y justa no solo a Chila, quien ya no está vinculada al taller, sino también a Yuli y a Lidia, que son su actual equipo de trabajo.

“Para mí sería más fácil y económico tercerizar, pero no es la filosofía de la marca. Yo creé esto no para darle trabajo a los talleres élites, sino para darle trabajo a mujeres víctimas del conflicto armado”, afirma Paloma.

En “Mi cuerpo es la Verdad”, un tomo del informe final de la Comisión de la Verdad, se aborda el bordado como parte de las resistencias culturales de la guerra: “Cada retazo cuenta acerca de sus territorios, infancias y momentos de dolor. Asimismo, los costureros son sitios de resistencia que construyen alternativas para la paz, que denuncian pacíficamente y transforman significados e ideas en todos los cortes y las puntadas”. Esta visión está inmersa en la esencia de En Memoria y en la resistencia de las tres mujeres que hoy están vinculadas a la marca.

Las manos del taller
La tela espera contar también las historias de Yuli, una mujer de 31 años que ha sido desplazada forzosamente dos veces de su territorio. En la primera ocasión, tuvo que salir en 1999 de La Unión, vereda de Apartadó, cuando un grupo de paramilitares les ordenó a ella y a su familia abandonar su casa de inmediato. En ese momento, llegaron al barrio de invasión La Esmeralda, en la zona urbana del municipio, el mismo barrio de Paloma y su familia. Como la violencia no se queda quieta en este país, años después, uno de sus hermanos se unió a un grupo paramilitar y murió en una emboscada.

“Él había prestado servicio militar, luego de que terminó hizo cursos de vigilancia, pero nadie le daba trabajo. Su novia quedó embarazada y él no tenía cómo darles de comer. Unos primos me lo convencieron de que con esos grupos había buenas oportunidades y se fue esperanzando. Pero a los meses nos llamaba y decía que estaba muy aburrido. La última vez que lo escuchamos nos dijo: “Eso por acá no es como me lo pintaron. Estoy muy aburrido, acabo los meses de prueba y me voy”. Pero vea, ni alcanzó ni a devolverse”, cuenta Yuli con voz tímida mientras conversamos en el costurero.

Yuli es madre soltera y tuvo a su primer hijo a los 14 años. Su situación en Apartadó la llevó a tener que salir de su territorio nuevamente, esta vez no por la violencia directa de un grupo armado, sino por la violencia silenciosa del abandono estatal hacia las poblaciones más vulnerables. El olvido sistemático e histórico de las comunidades víctimas del conflicto cayó sobre los hombros de Yuli, quien tuvo que venir a empezar una vida en Copacabana, Antioquia. Aquí encontró el acompañamiento de Paloma y su familia, así como un proyecto en el cual creer y crecer.

Yuli no habla mucho; dice que no lo hace porque no es una persona muy estudiada, pero ella se expresa con su rostro y su risa, que siempre está presente cada vez que sale una palabra de su boca. Precisamente, mientras se ríe y mira a Paloma, me dice: “Con Paloma quiero que crezca lo que yo digo, lo que me ha pasado y todo eso. Yo quiero traerme a mis hijos para acá y que tengan un mejor futuro”.

Lidia tampoco quiere hablar mucho de su recuerdo de la guerra. Aunque sus manos cosen estos relatos, no se siente directamente víctima del conflicto armado. Sin embargo, tuvo que salir de su natal Valencia en Córdoba, pues en los años 90 el pueblo quedó tan golpeado, que vivir allí era casi imposible, al igual que trabajar y tener una vida digna. Le tocó presenciar la muerte de cerca, de conocidos y familiares, quienes murieron, desaparecieron o fueron reclutados.

“Yo iba al colegio y sentía los tiros, y de pronto veía a alguien muerto en la carretera. Nos tocaba irnos a dormir a las 6 de la tarde, porque después de esa hora, el pueblo se convertía en un lugar fantasma. Nadie podía salir por miedo; a nosotros nos llamaban zona roja, y todo era muy difícil”, comenta Lidia.

El recuerdo más latente que tiene Lidia es cuando la guerrilla intentó tomarse el pueblo y la respuesta de los paramilitares fue brutal. “Saquearon todo, los graneros, el Banco Agrario, las farmacias. Destruyeron toda la estación de policía y mataron a mucha gente”, me cuenta Lidia. Lo último que agrega es: “Eso no se borra nunca”.

Hace 10 años, Lidia llegó a Copacabana. Comenzó trabajando en casas de familia y luego empezó a coser en diferentes lugares para velar por sus nietos, que están a su cargo. Hace un tiempo conoció a Paloma y el proyecto le pareció atractivo, especialmente las condiciones dignas de trabajo que ofrecía. Aunque aún no sabe si sus historias estarán explícitamente en una colección, sus relatos de la guerra y de resistencia están plasmados en las historias de los miles de colombianos que han sufrido los vestigios de una guerra que no eligieron. Lidia ya un poco más suelta, me cuenta que su pueblo todavía es controlado por grupos paramilitares, incluso casi 30 años después de abandonar su territorio.

Ahora estas tres mujeres militan con las máquinas de coser para hacer crecer una propuesta de paz y transformación, y que llegue a millones de mujeres que han pasado por las mismas situaciones que ellas. Paloma sueña con que su marca llegue a Europa y pueda transformar la vida de muchas más mujeres que aún están en medio del conflicto. “A mí me preguntan por qué trabajo solo con mujeres, y es porque Urabá ha sido un territorio sumamente machista. Las mujeres militamos en la guerra cuando nos ha tocado, por defensa de la vida misma, de nuestros hijos, de nuestras familias. A nosotras nos ha tocado tejer los retazos de una guerra que no elegimos. Las mujeres no somos militantes de la guerra, somos promotoras de la paz”.

“En Memoria” es un instrumento para la transformación social, es el aporte de Paloma, Chila, Yuli y Lidia para tratar de formar un tejido roto por la guerra. A estas mujeres, nunca el Estado ni la sociedad las ha escuchado; han permanecido en una sombra que ha perpetuado la violencia en este país. Hablar de guerra, conflicto, víctimas y nuestros muertos es indispensable para la construcción de un país libre, justo y en paz. A veces, cuando escribimos sobre estos temas, las personas creen que ya es demasiado, pero nunca es suficiente cuando volteas el micrófono o la cámara, y al lado tuyo siempre hay una víctima más, que no ha sido reparada y mucho menos escuchada. Paloma quiere que las personas sepan que esas prendas que se están poniendo fueron hechas por esas mujeres que encontraron en el arte de sus manos una herramienta poderosa para la transformación de sus propias vidas.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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