Por: Juliana Builes y Antonia Bedoya
Collages: Natalia Bedoya Alcaraz y Ana Sofía Ramirez
Siempre hay una frase que se repite cuando estás en un espacio de juntanza feminista:
“Esto es un lugar seguro.” Esa frase, que desafía el tiempo, los lugares y el patriarcado, retumba una y otra vez cada vez que una interlocutora empieza a hablar de nuestros propios derechos. Parece extraño tener que recordárnoslo siempre para no tener miedo de alzar la voz frente a lo que nos parece injusto. Pero incluso en una sala virtual, donde alrededor de doce mujeres conversaban sobre fútbol, esa frase es la que abre y cierra las dinámicas del encuentro.
Los jueves, Tribuna Feminista se reúne en un espacio virtual. Varias mujeres de Medellín —unas barristas y otras aficionadas del equipo de sus amores, el Independiente Medellín— conversan durante hora y media sobre fútbol y feminismo. En ese espacio construyen y desafían dinámicas que llevan décadas habitando el fútbol colombiano desde los años 90, cuando empezaron a conformarse las llamadas “barras bravas”.
Se estima que en Colombia existen al menos 25 barras organizadas con alrededor de 50.000 miembros reconocidos. Estas agrupaciones cuentan con estructuras definidas que congregan a una significativa cantidad de personas, lo que refleja la importancia de este fenómeno como un gran movimiento social y cultural en el país. Las barras representan una forma de ciudadanía popular que disputa el significado del fútbol y de lo público.
Después de la oleada de violencia que trajo consigo la formación de las barras bravas —inspiradas en el fenómeno argentino e importadas a Colombia—, y tras varios años de trabajo conjunto entre entidades públicas y privadas, hoy en Colombia se habla de barrismo social o popular.
Desde una perspectiva etimológica, “popular” proviene del latín populus, es decir, “el pueblo”. En ese sentido, lo popular es lo que nace, pertenece o representa a los sectores sociales más amplios, históricamente marginados por las élites económicas, culturales o políticas. Según el teórico británico Stuart Hall y los estudios culturales latinoamericanos —como los de Jesús Martín-Barbero—, lo popular es una forma de expresión cultural que no se ubica en el centro del poder, sino en sus márgenes. Se construye en tensión con la cultura dominante: a veces apropiándola, otras resistiéndola o reinventándola.

Sin embargo, el concepto de “lo popular” ha quedado corto para pensar el papel del patriarcado en esas tribunas donde miles de personas alientan cada fin de semana. El estadio, en sí mismo, es un escenario más de disputa: política, personal y ética. Y dentro de esas disputas, desde hace aproximadamente ocho años, varias mujeres en Colombia comenzaron a preguntarse qué significa ser mujer y habitar el fútbol en todas sus expresiones: desde la ropa, el trapo pintado con los colores del equipo o del parche, las instalaciones de los estadios y, por supuesto, las violencias patriarcales.
“Todas nos conocimos dentro de la barra. Habitábamos distintos grupos, que en el mundo de las barras se llaman parches, o combos. De ahí nació un proyecto social dentro de la barra, y empezamos a hablar sobre feminismo. Nos cuestionamos los roles de las mujeres en la cancha, nos preguntábamos por qué es tan difícil para nosotras hacer parte de procesos importantes, o ser líderes de alguno de esos grupos. Empezamos a hacer conversatorios, y vimos que no era solo algo de Medellín. Era aún peor en compañeras que asistían a ‘Los del Sur’ [barra del equipo rival Atlético Nacional], o en barras como la de Millonarios. Y preguntándonos qué será, descubrimos que era el patriarcado y la misoginia. Básicamente empezamos a alzar nuestra voz dentro de la barra”, cuenta Sara, integrante de Tribuna Feminista DIM.
Sara lleva más de veinte años inmersa en las dinámicas futboleras. Aunque actualmente vive fuera del país, desde que era adolescente recorría la tribuna norte como si fuera su propia casa. Con el tiempo fue conociendo y deslizándose entre los códigos del barrismo hasta convertirse en líder de su parche, perteneciente a la Barra Popular Resistencia Norte. Sin embargo, como ella misma lo expresa, ese “derecho” se lo había “ganado” —según sus pares hombres— por llevar tantos años allí. “Porque a las mujeres siempre se nos ha dicho dentro de las barras, y creo que dentro de cualquier aspecto social, que nos tenemos que ganar las cosas. Pero un hombre no, un hombre llega y ya, como tiene su pene, listo, usted es un macho, usted es un barrista”.
Además del peso de tener que ganarse las cosas —algo bastante complicado cuando tus “jueces” manejan prejuicios que van en tu contra— las mujeres en las tribunas han tenido que resistir dinámicas que las excluyen activamente. Desde las críticas constantes por su apariencia, ya sea por ir muy maquillada y verse “demasiado femenina”, o por no llevar nada de maquillaje y verse “demasiado masculina”. O prácticas que implican la negación de su autonomía, como no dejarlas viajar solas con la barra bajo la excusa de que “las mujeres no pelean”. O incluso consensos mucho más graves que atacan directamente la integridad de las mujeres, pero se camuflan en el ambiente futbolero:
“El acoso, o sea, tú llegabas y si tú no tenías una pareja que supieran que es tu pareja, todos te quieren comer. Es un acoso tan insaciable, y es super incómodo. Si tú te emborrachas, ten cuidado, porque eso da autorización automática a que te hagan cualquier cosa. Si te parchás con los hombres a fumar marihuana, tú ya les estás dando carta blanca abierta [según ellos] a que te toquen, te manoseen, etcétera, etcétera”, denuncia Sara.
Después de quince años observando, experimentando y comprendiendo lo que le sucedía en su espacio favorito, Sara, junto a varias amigas, empezaron a conversar sobre algo que las unía casi tanto como el amor por su equipo: la violencia que habían vivido durante años en un espacio que se decía plural y popular. La juntanza se convirtió entonces en respuesta, en contención, y también en la forma de alzar la voz de esas mujeres que el sistema patriarcal ha llamado, durante años, “histéricas”, “cansonas” o “exageradas”.
Fue así como en 2020 nació Tribuna Feminista DIM. Un parche de mujeres que se piensa críticamente el rol de las mujeres en la cancha. “Somos actualmente más o menos 16 mujeres. Todas convergemos en ser hinchas del Medellín, ser feministas y que nos gusta el ambiente futbolero. Ahí empezamos a construir: primero diálogos, reuniones, conocernos. Entender que sentirme rechazada, violentada o abusada no era algo que solo me pasaba a mí”, explica con orgullo Sara.
Pero en nombre de la pluralidad, Tribuna Feminista no es reconocida oficialmente por la Barra Popular Resistencia Norte. “Es que no queremos afiliarnos con una sola ideología”, le explicaron a ellas cuando intentaron hacer parte de la barra a la que le habían entregado todo su apoyo durante años. Pero como manifiesta Sara, “su miedo es a que levantemos la voz, a que critiquemos, a que los carteliemos, que es básicamente visibilizar su violencia.”
El chiste se cuenta solo. Tribuna no puede hacer parte de la “Resistencia” Norte porque los derechos de las mujeres no les parecen plurales. En cambio, sacar un trapo en apoyo a Gustavo Petro, sí. Su idea de popular no incluye a la mitad de la población. Los derechos de las mujeres no les parecen del pueblo. Y muestra de esto es que más allá de no poder pertenecer como colectiva a la Resistencia Norte, Sara, sus amigas y otras mujeres de colectivas feministas que han levantado su voz, han recibido hostigamientos y hasta amenazas.
La respuesta del patriarcado nunca ha sido de construcción. Cuando las mujeres deciden enfrentarse a lo que ha sido impuesto durante años, lo primero que aparece es la incomodidad de los hombres, especialmente cuando se sienten interpelados por sus propios actos, esos que han venido replicando sin cuestionarse desde la infancia, y de los que están tan convencidos que tienen por derecho. La resistencia, que parece inherente a la identidad barrista —esa que disputa escenarios políticos dentro del fútbol—, se diluye por completo cuando se trata de los derechos de las mujeres. Entonces, son ellas quienes tienen que resistir dentro de otra resistencia. Ser feminista en el mundo del fútbol es resistir dos veces.
Pero esta situación no solo se vive en las tribunas del Independiente Medellín. Para Juliana Ruiz, hincha del Santa Fe, periodista y creadora del documental Sin nosotras nunca más —una producción que recoge los testimonios de mujeres hinchas de diferentes equipos de Colombia—, incluso dentro de los parches más progresistas, cuando se lucha por los derechos de las mujeres, el progresismo se queda un poco atrás: “Ha sido mucha resistencia, porque al principio fue demasiado difícil. Recibimos ataques, incluso amenazas directas de líderes de las barras. Decían: «¿ustedes qué hacen aquí, feministas?». El feminismo les resultó incómodo desde el inicio. En Santa Fe, por ejemplo, hicieron un programa por el Día de la Mujer… y ahí mismo nos atacaron. Dijeron: «por ahí hay un parche de dizque feministas viniendo aquí», y nos amenazaron: «si las vemos por ahí, les vamos a quitar ese trapo»”.
Y si nos vamos a la institucionalidad, incluso al interior de los clubes, las cosas no pintan para nada diferente. Sara bien lo explica: “La Alcaldía de Medellín tiene un proyecto de cultura del fútbol, pero nunca ha reconocido a las feministas como parte de esa cultura. Cuando hay programas para mujeres, se los otorgan a mujeres de Resistencia Norte o ASODIM. Los colectivos autónomos —y sobre todo las que nos nombramos como feministas— nunca somos invitadas a esos espacios ni a esos proyectos. Desde la institucionalidad nos excluyen, la Dimayor [entidad que organiza los torneos de fútbol profesional] y el equipo también.”
Además, existe una realidad jurídica que tampoco las ampara como mujeres hinchas. En Colombia la Ley 1270 de 2009 y el Decreto 1007 de 2012, regulan y garantizan la convivencia en los escenarios futbolísticos. Sin embargo, las mujeres aficionadas o barristas tampoco están contempladas allí. “Son cosas que hay dentro de las barras [y por fuera de ellas] que de una nos dicen a las mujeres: estos espacios no son para ustedes, son para nosotros. ¿Por qué no son para nosotras? Porque no son seguros. Y cuando un lugar no es seguro, ¿usted qué hace? Se va.”
Hoy, a pesar de todo, estas mujeres siguen resistiendo en distintas partes del país. Al menos diez colectivas futboleras se han formado en los últimos años. Estas mujeres resisten por todas, no solo en el estadio. Les muestran a los hombres que la lucha por nuestros derechos llegará a todos los rincones, porque si se tratara de dejar quietos espacios que creen suyos, las mujeres seguiríamos en la casa, con miedo, tal como plantea Sara de Tribuna Feminista.
Aunque se han logrado avances en ciertos espacios —como el reconocimiento simbólico de los comités femeninos dentro de algunas barras—, la participación de las mujeres sigue condicionada por la verticalidad patriarcal de estas organizaciones. Se les permite estar, siempre y cuando no incidan directamente en la toma de decisiones. Siempre y cuando dejen todo como lo encontraron.
“Aunque hemos logrado muchas cosas, aún hay barreras enormes. Por ejemplo, en Santa Fe no dejan entrar mujeres a las reuniones de rendición de cuentas. Una compañera, Karen —la que más viaja por el parche— fue enviada a una reunión y no la dejaron entrar solo por ser mujer. Eso fue hace apenas un año. Incluso hay una mujer que lidera el Comité Femenino, pero no tiene voz ni voto. Solo entra cuando van a hablar de ella, y luego se va. Lo más importante de pertenecer a la barra es la participación. Nosotras ya hacemos todo lo demás: vamos a la cancha, tenemos nuestros parches, organizamos cosas. Pero si no participamos en las decisiones, no podemos incidir. Y si no estamos ahí, tampoco nos van a beneficiar”, asegura Juliana Ruiz, miembro de la Coordinadora Feminista y Futbolera.
Para las mujeres pareciera que resistir es simplemente existir en espacios que no sean los tradicionalmente asignados a su género. Y a los hombres, sólo les alcanzan sus discursos, por más progresistas que aparenten ser, hasta sus testículos. A Sara le han repetido mil veces: “Es que cómo se les ocurre traer el feminismo al fútbol. Porque el fútbol es tan alegre y tan feliz y tan todo, para traer una problemática como el feminismo”.
La historia nos lo ha demostrado una y otra vez, ellos no nos incluyen cuando hablan del pueblo, cuando hablan de pluralidad. Son tan fascistas, como cualquier persona antiderechos, cuando se trata de apoyar los derechos de las mujeres. Por fortuna existen mujeres como Sara y como Juliana exigiendo que todo cambie sin pedir permiso. Construyendo con su presencia y su voz un futuro en el que “todas, todos y todes que vamos al estadio estemos disfrutando de la emoción que es el fútbol, sin dejar de ser nosotros ni perder en lo que creemos y sentimos”, plantea Sara.
Y, como se dijo en el final de la reunión de Tribuna Feminista:
GRACIAS POR ESTAR, POR COMPARTIR Y POR SOSTENER ESTA JUNTANZA.
CADA HISTORIA QUE HOY SE DIJO, ESCRITA O EN SILENCIO, SUMA A NUESTRA MEMORIA COLECTIVA.
SEGUIMOS LUCHANDO POR ESPACIOS DONDE SE NOS VEA, SE NOS ESCUCHE Y SE NOS RESPETE.
PORQUE EL FÚTBOL TAMBIÉN ES NUESTRO, Y LAS TRIBUNAS NO SE CONQUISTAN SOLAS.
¡HASTA LA PRÓXIMA, COMPAÑERAS!







