Edición 181 Abril – Junio 2025Movida Social

Recuperar la tierra prometida

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Por: Natalia Bedoya Alcaraz
Fotografía: Ana Sofía Ramírez Gómez

Liliana* es la mujer en la que todos piensan en caso de cualquier emergencia. Si tienen dolor de cabeza, Liliana les recibirá. Si les duele el oído, se cortaron por accidente, se doblaron un tobillo o sufren del corazón, por favor, busquen a Liliana. Liliana es una morena que decora como ninguna las totumas que se hacen en La Sonora; es la dueña del cuchillito especial y único en la finca con el que pueden inscribirles cosas como “Natalia. Tierra Prometida”, dibujarles corazones o marcarlas con una fecha especial: 26-03-2025.

Llegó al predio ese día como todos y todas las demás. A ella, particularmente, “el camino se le abrió”. Había conversado con Dios sobre la posibilidad de entrar al proceso de recuperación con otros compañeros y compañeras de su asociación, pero tenía miedo. ¿Cómo iba a correr el riesgo, si tenía dos hijos? ¿No era muy descabellado renunciar a su trabajo? Cuando le preguntaba ese tipo de cosas a su mamá, ella le insistía que lo hiciera, y le repetía: “Hágale que Dios proveerá, Dios proveerá”. Entonces, cuando habló con él, Liliana le dijo que le dejaba el favor en sus manos.

De su trabajo como enfermera en Tamalameque, Cesar, le dijeron que firmaban el próximo contrato el primero de abril, pero ya llevaba dos semanas trabajando. A esa primera señal respondió con su renuncia porque no le iban a contar las jornadas ya trabajadas, aunque intentaron convencerla de lo contrario. A los días, como si todo siguiera disponiéndose sin su esfuerzo, la llamó su hermana y le dijo que se uniera a la recuperación, que ella le cuidaba al niño de ocho y a la niña de dos. Le entró profunda la convicción de que era un segundo guiño divino, y se decidió; lo de “la lucha” igual ya lo llevaba en la sangre.

Es de mujeres luchar
Sus abuelos maternos tuvieron ocho hijos en total. Ellos, como dice Liliana, “campesinos netos, netos”, oriundos de Pailitas, Cesar, y de El Carmen, Norte de Santander. Vivieron la mayor parte de su vida lavando ropa ajena y trabajando tierra igual. Recorrieron toda la Serranía del Perijá durmiendo en ranchos temporales, recogiendo cosechas. Vivían en la vereda El Paraíso cuando un hermano de su abuela les contó sobre la recuperación de una finca planeada por él y por otros, y les invitó para que por fin consiguieran algo para ellos. Entre las meditaciones familiares que hubo sobre la idea, su madre recuerda haberse enfurecido:

“Algo que cuenta mi mamá es que el esposo de una tía de ella les dijo: «Si ustedes quieren tierra, yo les regalo una carretilla y miren dónde la van a echar». Para ella eso fue… ¿cómo es la palabra? Indignante, algo así. Porque claro, ¿cómo le va a decir eso a ellos que siempre habían anhelado tener su propio pedacito de tierra? Eso los marcó totalmente”, cuenta Liliana.

A Rosa*, su abuela, no la lograron convencer al principio, y mucho menos a su abuelo. Su mamá Eneida y su tía María*, de 16 y 17 años, en cambio, sí levantaron la mano con determinación y se unieron a las otras 30 familias que entraron un 5 junio de 1983, fecha en el que se celebraba el día del campesino, a la finca Buenos Aires, ubicada en la vereda de Nueva Colombia del municipio de Astrea.

Allí, Eneida se enamoró de Eduardo, un joven del proceso con el que tuvo dos hijas, entre ellas Liliana. En ese tiempo las mujeres entraban a los procesos de recuperación de tierra, pero no tenían derecho a un título, aunque sí eran ellas las que tenían que lidiar con las arremetidas policiales y del ejército, anunciadas por las primeras formas de guardia campesina: una persona encargada de tirar un volador en la madrugada para dar el aviso. Todos y todas se daban cuenta de que ya venían, pero los hombres no hacían el frente, ellos “corrían más riesgo”, era menos probable que atacaran de formas “tan violentas” a las mujeres, sus hijos e hijas, por lo general vistas como personas indefensas. El delito, en teoría, era más grave. A ellos los podían torturar, llevárselos y hacerles cualquier cosa, así que su parte dentro del plan consistía en escabullirse. Sin embargo, lo que vivieron las mujeres no fue menos doloroso:

“La policía llegaba y maltrataba a las mujeres, les pegaba, las empujaban, les daban con el fusil. Nos maltrataban de palabra, nos tiraban la comida y la gente en el pueblo nos gritaba «Robatierras, robatierras». A la hora que llegaran nos echaban como vacas por delante y nos botaban a la carretera, nosotros le dábamos la vuelta a Palestina [corregimiento de Pailitas, Cesar] y nos volvíamos a meter”, cuenta Eneida. Si encarcelaban a uno, se iban a acampar a la cárcel hasta que le dieran libertad. De hecho, a María le pasó, la soltaron después de cuatro meses.

Lograron sacar al dueño con su insistencia y a punta de estrategias como rociar semillas de maíz en la tierra arada por él mismo para sembrar sorgo: “Si él sembraba en la mañana o en el día, entonces ellos regaban las semillas en la noche, así salía más el maíz que el sorgo. Al señor le tocaba mandar a cortar el sorgo y quedaba el maíz, y así una y otra vez hasta que se aburrió”, cuenta Liliana que le ha contado su madre.

Rosa entró al predio unos meses después cuando ya había tomado forma de caserío y se le había bajado el susto, finalmente sí le parecía lo justo. Eneida y María, en cambio, desde el día cero hasta cuatro años después cuando les entregaron sus 15 hectáreas de tierras, o más bien, cuando le entregaron las 15 hectáreas de tierra a sus esposos, tal como, según relatan, establecía la norma de los procesos de recuperación de la época.

Eneida fue la única que pudo obtener las escrituras a su nombre porque el caso se convirtió en “especial” después de la desaparición de Eduardo el 14 de abril de 1987, cuando Liliana tenía más o menos un año y medio. Nadie sabe qué pasó ni dónde están sus restos, pero sí se presume por qué sucedió lo que sucedió: hacía parte del liderazgo juvenil de la recuperación. En el momento en que Liliana fue a la Unidad de Atención y Reparación Integral a las Víctimas (UARIV) en Valledupar le pidieron que llevara comunicados o noticias que registraran el hecho, lo cual resultaba imposible, así que desistió de la “reparación”.

La finca Buenos Aires del terrateniente Arturo Pérez Niño se convirtió, después de los ochentas, en lo que son hoy veredas como Alianza, Buenos Aires y San José en el municipio de Astrea, sur del César. Aunque muchos campesinos y campesinas vendieron lo que en ese entonces el Instituto Colombiano de la Reforma Agraria (INCORA) les entregó, Eneida sigue viviendo allá con el hombre que se convirtió, años después de la pérdida de Eduardo, en su compañero y padrastro de sus hijas.

—¿Y qué valor tiene ya esa parcela para usted?— le pregunté a Eneida.
—Yo a esa parcela no le tengo precio. Yo muero ahí —contestó ella con seguridad.

Liliana recuerda haber vivido feliz. De niña no era muy consciente de que estudiaba en una escuela, vivía en una casa y comía unos alimentos que crecían en un terreno que su madre Eneida, su abuela Rosa, su tía María y todos y todas sus vecinas —Eneida dice que eran muchas— habían peleado por tener.

Sus recuerdos de cursar segundo o tercero de primaria a los ocho años con compañeros adultos le generan gracia, ese tipo de gracia inocente y tierna que no es una burla sino una sonrisa en la cara y en el pensamiento, porque ahora lo entiende. El discurso y el error los reconoce desde ahí; se prepara para lo que viene. El 26-03-2025 lo talla sentada en cualquier lugar de La Sonora; dice que su mamá le dio la fuerza para entrar a recuperar cuarenta y dos años después de haberlo hecho ella misma y, dice también, que cuando la Agencia Nacional de Tierras (ANT) les entregue la finca, va a sembrar maracuyá como un homenaje a Alianza, corregimiento donde creció y comió ese fruto por montones sin tener que pagarle a nadie por él. No se da cuenta, pero es parte de la tercera generación de mujeres recuperadoras de tierras en su familia, y la madre de una más que crecerá en tierras recuperadas. Es de mujeres luchar, ¿no?

Lo que es La Sonora
Para el sábado 10 de mayo de 2025, en La Sonora ya había tensión: el rumor de una orden de desalojo desde la Alcaldía Municipal de Pailitas tenía a todo el mundo asustado. “ESMAD” era la palabra que más se escuchaba en cualquier conversación. Liliana era la única con algún conocimiento básico para atender a cualquier herido.

La Sonora es una finca ubicada entre los corregimientos de El Burro y Palestina. El predio combina planicies de tierra fértil para la agricultura con varios corrales para ganadería, un jagüey en el que se asolean las babillas, una casa en la que cuelga una bandera de Colombia y varias ceibas frondosas en su interior. Tiene aproximadamente 1.110 hectáreas de tierra y está atravesada por una quebrada llamada La Floresta, que desemboca en la ciénaga El Cristo del río Magdalena, de la que todavía salen los pinchos (peces pequeñitos) para desayunar varios días de la semana.

Según tribunales de Justicia y Paz , en los 90´s La Sonora fue una escuela de entrenamiento de las Autodefensas Unidas de Santander y Sur del Cesar, en la que Armis Machado, acogido al proceso de desmovilización, se desempeñó como instructor. De aquella época para acá, había sido destinada exclusivamente a la ganadería hasta el momento de la recuperación.

120 campesinos y campesinas duermen y despiertan hoy dentro de la finca. Varios y varias, como Liliana, hacen parte de la asociación ASOGRIPAL (Asociación Agrícola y Pecuaria de Palestina, Cesar). Otros y otras se unieron como personas independientes, son miembros de las Juntas de Acción Comunal de la zona, pertenecen a grupos étnicos o hacen parte de consejos comunitarios. Según sus liderazgos, el 99% de las personas son víctima del conflicto armado, en su mayoría por desplazamiento forzado.

Algunos y algunas de ellas ya habían llegado en los dos intentos de recuperación que hubo para el 2024, en octubre y noviembre respectivamente. En ninguno de los dos casos duraron más de tres días. Todos le echan la culpa al líder* del momento. En este tercer intento, la Comisión por la Vida Digna, la Tierra y los Territorios los está acompañando, y sí que lo agradecen, pues el cuento ya supera cualquier expectativa fundada en la experiencia anterior.

Si les preguntas cómo es un día en La Sonora, dicen, sin antes ponerse de acuerdo, que la levantada es de cinco a seis de la mañana. Después, cada uno o una se alista para asumir la tarea del comité en el que está: si es en el de cocina, para hacer el desayuno, el almuerzo y la comida; si es en el de aseo, para lavar y organizar; si es en el de ganadería para ordeñar, hacer el queso y el suero; y si es en el de guardia, para recibir el turno que cambia cada dos horas durante las veinticuatro día. Se bañan a la hora que quieran, procurando que no pase de las nueve de la noche, tratando de no gastar más agua de lo posible, y hacen asamblea sin falta cuando ya se ha oscurecido.

En La Sonora atardece bonito. Después de los primeros quince días, en los que todos y todas se conocían tanto como se desconocían, había cinco cocinas: “Los de Pailitas aquí, los de Palestina allí, los de…”; ahora hay sólo dos y están pegadas. Se hace la fila juiciosamente para recibir el alimento, que es medido y repartido igual para todos los casos, y se come en el comedor comunitario que ellos y ellas construyeron. Hay perritos y perritas que hacen parte del “inventario general”, lo que quiere decir que no son de nadie, sino de todos y todas como grupo de humanos en proceso de recuperación. Hay sembrados de yuca y plátano por el momento — lo que es una buena noticia— porque las vacas no dejan para más. Aunque pueden darles qué comer, la aspiración es que su dueño las saque de una vez por todas.

Encontraron esas formas organizativas “tertuliando”, y se consolidaron después de mes y medio de habitar y convivir en el predio. Cuando anochece en La Sonora la luna alumbra como un bombillo, si es que está llena. Por lo demás, se cargan lamparitas recargables y linternas de celulares para alumbrar el camino. Se duerme en hamacas regadas en los espacios alrededor de la casa, en la que el administrador ya no está. Y antes de dormir, fijo se piensa en qué pasará mañana. La vida en estado de alerta no se detiene, hay muchos intereses con los que lidiar.

Un pedacito en Colombia
“En el pueblo, también estamos siendo señalados como invasores, no como recuperadores”, dice Liliana. Utiliza la palabra “también” porque tienen varios problemas de ese tipo. Por un lado, el alcalde de Pailitas, Alexander Toro, no ha manifestado hasta hoy deseos diferentes a sacarles del predio, como lo demuestra la orden de desalojo que pretendía llevar a cabo saltándose el protocolo de caracterización establecido.

Por otro lado, todo el gremio ganadero de la región estalla en hashtags como #SOSGanadero solicitando a las autoridades defender su oficio y, por supuesto, defender también la propiedad privada; idea que además promueven muchos medios de comunicación. Y, por último, son foco de los grupos paramilitares vinculados con el dueño y el administrador de la finca, además con empresarios independientes que explotan la quebrada sacando material de arrastre directo o a través de canteras. En resumen, son un grupo de campesinos y campesinas totalmente estigmatizados por una sociedad que no está preparada para entregar la tierra a quien la necesita, aprender de otras formas de vida y cuidado lejanas a lo que siempre ha dado plata en Colombia.

La comunidad se abstiene de mencionar nombres, pero saben que varios funcionarios públicos tienen intereses económicos alrededor, y que el dueño, el administrador y los empresarios van a seguir amenazándoles mientras que la ANT no les entregue la finca, que, según las vocerías de la Comisión, tiene gran parte de terrenos baldíos y fue ofertada para su compra en junio del 2024; sobre lo último la institución no les ha respondido nada.

“Aquí los paramilitares son los que están haciendo ochas y panochas, no dentro del predio, pero sí alrededor. El otro día vino una moto con dos personas que sacaron una pistola, y la montaron listica para darnos, pero como la comunidad salió, pues seguro vieron que no nos podían matar a todos. En la carretera se montaron y le dijeron al compañero Javier*: «nos vemos allá en carrizal» y se fueron”, denuncian los recuperadores. “Después vinieron los señores de la cantera, como 30, todos motorizados y ahí se conocieron unos personajes que hacen parte de grupos armados. Que saliéramos a las buenas, que llegáramos a un arreglo, que nada teníamos que estar haciendo aquí”.

La explotación de la quebrada es una de las problemáticas que más les preocupa. La floresta cuenta con una extensión de 13.500 hectáreas, atraviesa los municipios de Pailitas y Tamalameque, Cesar, y es de carácter vital para el equilibrio natural de la región. De ella se abastecen y alimentan familias de varias veredas, como Alianza, donde creció Liliana, pero también Villa Esperanza, Brisas, Pasa Corriendo, Coloradito, Coconuco y más. De algunas de ellas hay varias personas que hoy están en La Sonora y se unieron con otras en 2017 para hacer una expedición desde el nacimiento de La Floresta hasta su desembocadura, y así identificar y denunciar las problemáticas ambientales a su alrededor.

Según líderes de esa experiencia, las empresas explotadoras han realizado actividades de extracción de material de arrastre desde antes del 2017, a través de permisos y licencias ambientales concedidas por Corpocesar, a quien han alertado y con quien intentaron tener una mesa de diálogo, pero sólo ha tomado fotos y aseverado que todo está bien. Cuando, al contrario, nada lo está: las licencias les permitían excavar 2 metros debajo de la superficie y los líderes y lideresas han descubierto huecos de más de 4 metros de profundidad.

“Han tratado de negociar con la comunidad beneficios económicos para ellos seguir sacando material, o mejor dicho, que nosotros les diéramos la oportunidad de meter las volquetas y de ahí ellos nos ligaban, y no era cualquier liga”, comentan sonriendo porque no aceptaron ni planean aceptar la propuesta. Agregan que todo es material que llega a la finca que está al frente, que funciona como centro de acopio, y que le venden al mega-proyecto Ruta del Sol para terminar la doble calzada abandonada después del escándalo de Odebrecht.

La empresa llegó a tener oficina y varias canteras en La Sonora. La comunidad denuncia además que Alexander Toro está de acuerdo con la explotación. Quince días antes del 26 de marzo, cuando entraron a recuperar la finca, varias personas se unieron y sacaron la maquinaria que había adentro y desde ese momento cesó la actividad.

Liliana plantea que ver cómo unos pocos estaban acabando con los recursos de su territorio es lo que los mantiene ahí. La posibilidad de tener la tierra que nunca han tenido, se convirtió también en el camino para recuperar las fuentes hídricas, que de lo contrario seguirían siendo muy difíciles de proteger. Dentro de sus planes está el agua libre y la semilla creciente de plátano, yuca, arroz, maíz, melón, auyama, patilla, naranja, guayaba, mamón, papaya y otros alimentos que nombran para justificar la fertilidad de la finca que eligieron para pelear, para que les “toque un pedacito en Colombia.”

—¿Cuántos años tienes? — le pregunté a otro hombre que entrevisté junto a su familia, con quienes llegó el mismo 26-03-2025, fecha tan especial para Liliana.
—Tengo 53 años de sufrimiento —me respondió y se rió.
—¿De sufrimiento? — dije yo abriendo los ojos.
— Sí, claro, porque yo me he dedicado a hacerle plata a los ricos, a todos mis muchachos los he criado en fincas trabajándole al uno y al otro. Hay personas que me han tratado bien, pero por muy bien que sea, yo no saco nada. Me dediqué a eso muchos años, y ya ahora viejo analicé y dije, ¿pero yo que hago en tierras ajenas? (…) Ahora algunos estamos aquí resistiendo y los otros están afuera trabajándole a los ricos para nosotros poder estar. Si nosotros no trabajamos, ¿quién produce? Los grandes terratenientes tienen la plata, pero ellos no se la van a comer. Está la plata y nosotros tenemos la herramienta, que son las ganas de trabajar. Entonces, ¿cuál es el motivo, el por qué el Gobierno Nacional no nos pueda oír? La ANT tiene los medios para saciar esta problemática, es que nosotros no estamos aquí porque queremos, sino porque nosotros lo necesitamos.

La Comisión
La Comisión por la Vida Digna, la Tierra y los Territorios que acompaña hoy a la comunidad de La Sonora, viene trabajando por la recuperación de tierras para el campesinado del Cesar desde 2022, año en el que nació. Ese mismo año, el 3 de agosto, asesinaron a Jose Luis Quiñones, líder del equipo y autor del nombre que todos y todas en La Sonora le quieren poner a la finca cuando se logre la adjudicación: Tierra Prometida. Era un nombre utilizado en clave para referirse por teléfono o chat a los predios en proceso de recuperación de la época, como La Oficina y Mata Redonda, que hoy ya han avanzado en el proceso de adjudicación.

En enero del 2025, la Comisión se proyectó 5.000 hectáreas para el campesinado del departamento, pero llegó a un acuerdo con el director de la ANT Felipe Harman y redujeron la cifra a la mitad: 2.500. Según afirman sus vocerías, en las conversaciones se concilió esta cifra bajo la idea compartida, entre el liderazgo social y la institución, de hacerle fuerza a la oferta de proyectos productivos para que, más allá de tener una parcela propia, los campesinos y campesinas puedan cuidar, trabajar y sostener la tierra que es en últimas lo importante. El Gobierno Nacional puede pintar muy romántico el asunto, pero hacer posible la redistribución de la tierra y la riqueza de la que tanto habla, debe incluir lo que viene después de las entregas, o como ellos y ellas lo dicen: “No solamente es entregar la tierra, sino entregarles las herramientas para poder trabajarla. Es decir que después de esta pelea viene otra, y así no debe ser.”

A través de otros procesos de recuperación que han liderado, entre ellos el que hoy la comunidad llama Nuestra América, que fue un proceso de gran importancia en la región, han consolidado una serie de mandatos con los que unen y coordinan los procesos, a la par que van gestando una especie de formación ambiental y política con las comunidades. Algunos de ellos son, por ejemplo, el mandato del NO a la tenencia de búfalos, la siembra de palma de aceite o la deforestación, debido a sus impactos sobre la naturaleza. Otro es el principio de solidaridad, la comunidad de La Sonora, en caso de un enfrentamiento con el ESMAD, puede pedir ayuda y la recibirá de otras recuperaciones. Y, uno de los más interesantes, el que hace mención a la adjudicación colectiva y no individual de la tierra, que evita que la recuperación se convierta en parcelas vendidas a futuro y no funcione como un ecosistema completo de vida campesina.

La Comisión es como un polo a tierra. Cuando llegaron a La Sonora, se tomaron medidas de seguridad como los permisos de salidas y entradas al predio de parte de quienes lo habitan o de sus familiares. Por eso, el 13 de mayo, cuando se supo de la suspensión del desalojo, fue a la Comisión una madre en nombre de todas las madres, preguntó: “Seño, ¿y ahora si podemos traer a los muchachos?”, y la misma Comisión tuvo que decir que no.

La Comisión es quien escucha, representa, guía y proyecta: “Nosotros les dijimos: si ustedes van a estar muy acelerados porque esto se titule rápido, mejor ni entremos, porque esto es una lucha larga y puede que no nos titulen, o puede que titulen a los nietos; o sea, si el problema es el título, no entramos porque esa finca es complicada, tiene muchos intereses, tiene los baldíos, tiene la cantera… pero lo que más nos movió a nosotros fue el tema de la quebrada, del agua, de la tierra para la gente, obviamente, pero del agua porque todo nuestro proyecto de Territorio Campesino Agroalimentario (TECAM) y de Sistema Acuático Agroalimentario va de acá hasta la otra recuperación, que es Renacer Campesino en Tamalameque, ¿y qué ecosistema o qué TECAM vamos a hacer sin agua?”, explicó una de sus vocerías.

Pese al riesgo que corren, aquí la Comisión celebra cumpleaños y demás fechas especiales. A todos y todas sus voceras les toca andar de aquí para allá. Del portón de la finca para afuera los y las protegen Dios, la Virgen y los cuatro o cinco compañeros guardias que les acompañan. Del portón para adentro tienen la “macana”, que es un bastón que portan todos y todas. Liliana dice que le da la fuerza para quedarse. No subestima su letalidad, sabe que es una defensa de otro tipo, que se coge y se siente, no como esas con las que les han llegado a amenazar.

De alguna manera, la Comisión gestionó la noche del 11 de mayo un video beam. De alguna manera resultó un celular con buena señal y con internet. La Comisión hizo el llamado: todos y todas a ver la película, ni siquiera se había repartido la comida. Todos y todas llegaron. La instrucción fue clara: googlear la palabra “youtube” y después buscar el “documental Los pueblos cuentan conmigo del colectivo Rueda Suelta”. La Comisión sabe cómo mediar, cómo responder a una amenaza, cómo mantener la calma, y cómo mantener también la digna rabia; pero dónde y cómo proyectar una película, todavía no. Aún así, ahí estaban ayudando a encontrar el sonido y la distancia correcta entre el equipo y la pared blanca. El documental resumió en treinta minutos la vida de Máximo Jiménez o “El Juglar del río Sinú”, revolucionario y exiliado cantor y acordeonero. “Esta tierra es mi tierra, este cielo es mi cielo…”, cantaba Máximo.

—¿Recuerdan los vallenatos que pusimos el día que entramos aquí? — le dijo a todos los espectadores una de las voceras—, eran estos.

*Algunos nombres fueron cambiados u omitidos por seguridad.
*Los nombres directos de las empresas explotadoras de recursos se omiten por solicitud de los y las entrevistadas.

Somos un proyecto de Comunicación Alternativa y Popular.

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