Edición 181 Abril – Junio 2025

Quiero ser como la Chicha

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Por: Isabela Zuluaga
Ilustración: Katherine Rodriguez

-Se sugiere leer este texto con una Chicha al lado-

Hoy sentí cómo la sangre bajó hasta mis calzones. Y mientras bañaba la mora y la uva, me preguntaba por qué dolía tanto. No me refiero a sangrar o ver la mora desgarrarse en la licuadora. Desprenderse, lo que duele es desprenderse. Menstruar es un ciclo, un ciclo aparentemente predecible y normal en el que cada mes mi cuerpo se dispone para un posible embarazo. Entonces me encuentro haciendo Chicha, otro ciclo en el que, cada tanto, me dispongo a propiciarla o beberla. Saber que una puede engendrar la vida en un mundo tan salvaje y lindísimo, es tan doloroso como divino. Hoy me sentí madre, muy madre, tan madre como no me había sentido nunca. Encuentro una similitud fortísima en ambos acontecimientos y me es imposible pasarlos por alto.

Dice Katia Mandoki que “el lugar es un cuerpo que nace y crece, que se enferma y se cura y muere. Puede ser violentado y quebrantado o acogido y cuidado; cuenta con una biografía y memoria afectiva hito de la subjetividad colectiva”. Quizá la Chicha no nace en mi vientre, pero si nace en mi lugar. En mi lugar se anida la vida, pero también la muerte. La Chicha como mi lugar. Yo como la Chicha: orgánica, por tanto, vulnerable y viva. Su latido es un burbujeo resonante y rizomático que me recuerda su presencia a la vez que saberme presente.

Chicha: ¿cómo aprender a ser como vos sin dejar de ser como yo? ¿Cómo dejarse y dejarse ser? Tanta resistencia a desprenderse, a ceder. Desprenderme. No ceder ante cualquier paladar. Nacer un día para embriagar al mundo y al otro para podrirme. Diluirme, burbujeante y gaseosa. Ser elixir y lamento. Exprimirme, licuarme, fermentarme, embriagarme, saciarme, acabarme, transformarme, desangrarme, llenarme. Hacer con el tiempo lo que vos.

Por ahora te propicio y te nombro. Qué bueno es tener una lengua, o mejor dos, con una nombrarte y con la otra paladearte, con ambas jugar. Palabra y paladar: qué dicha la Chicha. La Chicha como exorcismo. Chicha hecha en pueblo de brujas es también Chicha que cura. Burbuja, como bruja con brújula silvestre. Sobreesdrújula adyacente sin jaula.
Estoy segura que hace mucho, otra yo, con otra lengua, estaba esperando la fermentación de un fruto pa’ embriagarse y vivir la selva sin brújula. Ahora no sé qué hacer con esta selva que me envuelve. Entonces recuerdo: la Chicha necesita respirar o de lo contrario explota. La Chicha necesita oscuridad y silencio. Cuando mis formas se desarman, me dan ganas de coger algunos pedazos y arrojarlos con furia por la ventana, después tomar los que quedan y convertirlos en Chicha.

Este texto es la fermentación de los sentires que me unen a lo que ya puedo nombrar: la Chicha a la luna, la luna a la sangre, la sangre al río, el río a la risa, la risa a la embriaguez, la embriaguez al espíritu, el espíritu a lo divino, lo divino a la vida, la vida a la Chicha. El inicio y el fin se diluyen, porque en medio de la vida están todas las posibilidades, y cuando algo existe, está destinado a transformarse, entonces no hay errores, más bien posibilidades. Morirse no será tan grave. No hay nacimiento sin muerte previa.

La Chicha es la forma más cercana y amorosa que tengo de ser madre, pero también de morir. En ocasiones una sangra para nacer, otras para morir, pero de todos modos sangra. En ocasiones una ama para nacer, otras para morir, pero de todos modos ama. Quizás amar y sangrar vienen siendo lo mismo. Me recuerda al río que muere para ser mar. Me recuerda que la vida no se resiste ante el tiempo, y que el tiempo es mágico con las corrientes, incluso las de sangre.

Escribir esto me hace pensar que no se es fértil todo el tiempo, que una no siempre quiere dar a luz. Que, incluso, una también quiere destruir y desdibujar y desaparecer y asesinar y arrasar. Madre no, Madre sí. Parir, parir, parir. Parir duele, parir da miedo, parir agota, parir te obliga a sentarte en cuclillas y asimilar. Hay momentos en los que no quiero ser madre, no quiero cuidar, no quiero sostener, no quiero dar sin recibir. Así mismo, no toda la Chicha es pa’ bogar, debe derramarse, ofrendarse y dañarse.

Entiéndase “daño” como otra posibilidad de vida, una distinta a la que se encamina. No se necesita determinar el sendero de un cuerpo, porque cada cuerpo es capaz, y porque cada sendero es inaprensible. Existen además otros cuerpos, cuerpos unidos, cuerpos diluidos, cuerpos que atraviesan otros cuerpos, cuerpos dentro de los cuerpos. La Chicha es un cuerpo que camina entre cordilleras indómitas. La Chicha es un cuerpo fértil que, como muchos otros, ha sido violentada y censurada. Así menstruar, porque la sangre también se fermenta. Así la furia de las mujeres, porque también se fermenta. En un mundo donde han querido exterminar la ternura, elegir o no propiciar la vida se convierte en un acto de resistencia.

Una puede ser madre y dar a luz de muchas formas. Mi hermana, por ejemplo, lleva 5 meses portando vida en su vientre, pero desde que la recuerdo, porta vida en sus ojos, en su palabra y en sus manos, lo que pasa es que ahora está a punto de desprenderse. Mi tía no ha parido nunca, y entonces pareciera tener menos mérito su don innato para preservar y cuidar la vida, la mía, la de toda la familia. Yo, que aún no sé de mi vientre como hogar, en cambio, sé de burbujas y fermentos. Sé del rojo en mi sangre y en mi cabello. Sé de rojo Chicha y rojo amor. Me alcanzo a imaginar que de eso se tratará ser madre, de fermentar dentro, escuchar el pulso, desprenderse, morir en partes y preservar la vida. Cuando escribía, pensaba que se necesita más de un cuerpo/lugar para dar vida, dos o más cuerpos/lugares generosos y tenaces; también en que se necesitan unas condiciones. Mientras pensaba las condiciones, entró una llamada de mi mamá –que es experta en ser madre, incluso cuando asume que sigue aprendiendo-. La llamada era, aparentemente, para preguntarme por el sabor del helado que me iba a recibir cuando llegara al pueblo, pero se trataba de algo más íntimo y generoso, algo que se manifiesta desde el lugar del cuidado y la simpleza, el lugar de un amor. Intrínseco lugar de madre. Cuando terminamos de hablar, pensé que no tenía palabras para mentar condiciones, no puedo nombrarlas, aunque haya brotado y me sostenga de ellas. No puedo nombrarlas, pero puedo sentirlas tal y como en esa llamada. No tengo cómo explicarlo.

Tampoco tengo cómo explicar lo que me pasa cuando la Chicha baja por mi paladarr, algo despierta y ondea. ¿Saben lo que es tener un pájaro en el pecho? A veces me gusta pensar que la intuición tiene forma de totuma. ¿Saben lo que es caminar con la intuición en las manos? El pálpito en mi garganta. No. En mi pecho. No. En todo el cuerpo. Late: una lengua. Un labio. Un cuello. Un hombro. Un dedo. Un ombligo. Un vientre. Cuerpo dentro del cuerpo. Pájaro dentro del cuerpo. Demonio dentro del cuerpo. A veces, embarazada de pesares. Solo el cuerpo sabe cuándo los demonios se han ido, solo el cuerpo sabe cuándo es preciso morir para nacer. El Pálpito. El Pájaro. El demonio. La intuición: cruda y sabia.

Entonces mis lágrimas, si no se derraman, se fermentan.

Entonces la Chicha, frabullosa.

En definitiva, quiero aprender a ser como vos y también como yo. Comencé a escribir para nombrar algunas de las venturas: latir, sangrar, amar, morir.

Me han dicho Chichabela, y entonces tengo la idea de que mi nombre es mi lugar, que seguramente mañana no sea el mismo, pero mi lugar siempre tendrá puertas y ventanas. Mi lugar siempre tendrá Chicha y velas, algunas sin encender, otras en llamarada.

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