Por Wilmar Harley Castillo Amorocho
Con el repaso de las experiencias de Reforma Agraria en las dos entregas anteriores, me atrevo a compartir unas lecturas que ayuden a fortalecer la proyección de las luchas agrarias que impulsamos en Colombia, principalmente las que desarrolla el Coordinador Nacional Agrario, teniendo en cuenta el periodo histórico que atravesamos, caracterizado por la crisis integral de la humanidad, como también por el tipo de gobierno “progre”, que ayudamos a montar como pueblo desde nuestras movilizaciones, resistencias y propuestas políticas de sociedad.
Los puntos en común identificados desde el campesinado, trabajadores y trabajadoras, indígenas, mujeres y jóvenes protagonistas de las Reformas Agrarias, fue la tierra comunal, la territorialidad campesina, la movilización permanente y las relaciones con la burguesía local. Tanto la tierra comunal como las territorialidades campesinas son el principal insumo de esta lectura, porque representan la materialización de las ideas de Reforma Agraria de los movimientos campesinos y populares insurgentes por medio de las relaciones sociales, de producción y reproducción de las comunidades con el enfoque cuidador y la defensa de la vida, la alimentación para todos y todas, y el germen comunal de una sociedad no capitalista.
Aquí se pega la territorialidad campesina y/o indígena (también los territorios colectivos afrodescendientes) como forma concreta de la forma de vida de estos sectores sociales. La tierra comunal legalmente es reconocida y administrada por el Estado, pero en la cotidianidad son las comunidades quienes viven en esta, la trabajan, la cuidan y defienden, construyendo al mismo tiempo su territorialidad que entra en permanente disputa con la territorialidad que el Estado busca imponer.
La movilización se entiende como las diferentes formas de acción colectiva campesinas e indígenas de las experiencias de Reforma Agraria del siglo pasado: toma de tierras, recuperación de haciendas, insurrección armada, negociaciones con gobiernos nacionales, construcción de sindicatos y movimientos sociales, participación en asambleas locales y en puestos políticos del Estado. Esta variada movilización tiene tres momentos: Un antes (presionar la creación de la Reforma Agraria), el durante (presionar para su cumplimiento integral) y, el después (para defender lo poco que dejó la burguesía). El problema aquí fue la instrumentalización de la movilización por parte del gobierno nacional, que tuvo como objetivo garantizarse una base social amplia y sólida que defendiera su programa de los sectores opositores.
Por último, la relación conflictiva y cooperativa con la burguesía dentro del gobierno nacional no se puede ignorar debido a su desarrollo y desenlace. Con la excepción de Cuba, en las experiencias mencionadas en los artículos anteriores, fue la burguesía la que terminó manipulando la Reforma Agraria, al igual que las otras reformas en los campos de la industria, ferrocarriles, etc., hasta consolidar el modelo capitalista con la modernización del campo que se tradujo en la producción y extracción de materias primas para enviarlas a las potencias capitalistas, teniendo como base de este modelo la estructura latifundista con garantías jurídicas y económicas que contribuyeron a su vez a distender los conflictos de los latifundistas con el resto de la burguesía industrial, comercial y burocrática.
Considero que el revés sufrido en las experiencias repasadas se debió principalmente a que el modelo capitalista no se transformó en otro diferente, por el contrario siguió siendo el marco referencial de las Reformas Agrarias. Paradójicamente la modernización del capitalismo fue también el objetivo de las éstas y. al ser esta su esencia, actuaron como un bloqueador de las aspiraciones populares del campesinado, indígenas, mujeres, jóvenes y demás comunidades rurales que terminaron siendo propietarios de pequeños predios, con malas condiciones para cultivar y bajo las mismas relaciones de exclusión y explotación latifundistas.
¿Qué preguntas nacen de toda esta experiencia?
Amerita cuestionar estas experiencias para que las respuestas ayuden a proyectar de forma diferente el recorrido histórico de las Reformas Agrarios hoy en día. Sigamos el mismo orden temático de arriba para las preguntas que me quitaron el sueño después de conocer la memoria colectiva de las luchas campesinas de Nuestra América del siglo pasado.
¿Cuál es el papel del pequeño y mediano campesinado? ¿Cuál es el papel del minifundio? ¿Solamente la producción de alimentos agroecológicos, cuidar y proteger los bienes comunes pueden ser las banderas políticas fuertes del campesinado? ¿La “tierra fiscal” o pública debe manejarla el Estado o el campesinado/comunidad rural? ¿La “tierra fiscal” es la única garantía de la Reforma Agraria? ¿Cuál es el papel de las territorialidades campesinas?
Alguna vez le escuché a un líder campesino que el campesinado empobrecido del mundo ayuda a enfriar al planeta tierra con su forma de vida. En otra ocasión conversé con un agrónomo muy amigo del movimiento campesino, me explicó que la forma de vida campesina expresa un tipo de sociedad no-capitalista. La Vía Campesina también viene posicionando las banderas políticas que rechazan el estilo de vida y alimentación capitalista, es decir, ¿estamos frente a un sector del campesinado que está hablando de ir más allá del capitalismo? Creo que sí y el énfasis en construir-fortalecer las territorialidades campesinas en este periodo histórico lo confirman.
Sobre el papel del minifundio, recuerdo que en las experiencias abordadas, este pequeño predio del campesinado empobrecido se destinó al cultivo de pancoger y para calmar un poco la movilización del trabajador rural sin tierra. Hoy en día cultivar alimentos sigue siendo un muro de contención del agronegocio, la ganadería extensiva y los megaproyectos extractivos, sumándole además que esta agricultura cuida a pequeña escala la vida del territorio bajo las prácticas agroecológicas, porque el consumo y uso de agrotóxicos no desaparece de las mentes y prácticas de este sector.
Ahora bien, el ser gobierno en la territorialidad campesina es una lucha en doble sentido. Por un lado, es planear cómo vivir en el territorio (planes de vida digna), y por el otro se disputa el ordenamiento territorial vigente, impulsado y controlado por el Estado moderno. En un país donde el suelo se distribuye en 56% con vocación forestal, el 16% agroforestal, 13% agrícola, 7% ganadero, 6% para conservación del suelo y el 2% con cuerpos de agua, según el Instituto Geográfico Agustín Codazzi (IGAC), da la razón a la propuesta de gobernanza y territorialidad campesinas por su enfoque integrador de agricultura agroecológica con el cuidado de la naturaleza, poniendo un reto de orden estratégico para el campesinado colombiano: conservar la naturaleza mientras se cultiva comida.[1]
Sin embargo, la concentración de la tierra sigue siendo un fuerte obstáculo para el campesinado, ya que de las 2 millones 370 mil unidades productoras existentes, el 70% cuenta con menos de cinco hectáreas y su extensión aproximada es de 2 millones 160 mil hectáreas (1.98% del área total del territorio nacional); por el contrario, las unidades productoras con un área mayor a mil hectáreas son 5.842 y el área acumulada de unas 80 millones de hectáreas (74% del área total del territorio nacional)[2].
Mientras se vuelcan las estadísticas de concentración de la tierra a favor del campesinado y demás comunidades rurales, el papel del minifundio en una Reforma Agraria en nuestros días no puede quedarse exclusivamente en cultivar alimentos de manera agroecológica, sino también debe ser parte de un ordenamiento territorial popular que integra a los bienes naturales comunes, la sabiduría campesina y la reproducción de las relaciones armónicas entre comunidad-naturaleza.
Esto abre el campo para las otras preguntas: ¿es necesario cambiar la idea clásica del control-centralización del Estado? ¿Cuál es el Estado que necesitan los planes e intereses del campesinado y comunidad rural popular? Lo que motiva a la primera cuestión fue el papel centralizador del Estado en la consecución de las Reformas Agrarias, utilizando al campesinado y acordando con el latifundio y capital extranjero, siendo un instrumento que ayudó a vender rápidamente las aspiraciones de los sectores populares rurales a la burguesía nacional e internacional. En el caso cubano, el Estado también tuvo su limitante al burocratizar la capacidad creadora y movilizadora del campesinado que participó de la guerra revolucionaria contra Batista y los Estados Unidos.
Si los resultados del Estado fueron contrarios a las intenciones populares de la Reforma Agraria del siglo pasado, entonces las actuales intenciones campesinas deberían incluir la modificación radical del Estado-moderno a partir de las instituciones que las comunidades vienen cuajando en sus territorios, y a su vez repercutir en el cambio del régimen político-económico.
Si se busca construir un Estado y sociedad acorde a los intereses, valores, relaciones y aspiraciones populares, el modelo de sociedad capitalista debe reemplazarse. De lo contrario, estaríamos repitiendo las Reformas Agrarias del siglo pasado con las particularidades del periodo histórico actual.
Cerrando sin punto final
Las experiencias de Reforma Agraria del siglo pasado en Nuestra América (México, Bolivia, Venezuela, Chile) tuvieron como eje principal la modernización del campo y la distribución de la tierra al campesinado-trabajador rural sin tierra. Durante sus desarrollos particulares, el Estado fue el factor común de control y centralización de la Reforma Agraria, teniendo a la burguesía-terrateniente como principal conductor político, económico, técnico y jurídico. En el caso de Cuba, a pesar de su cambio de modelo de sociedad, la Reforma Agraria también sufrió el problema de estar bajo la dirección del Estado, el cual también controló la organización y movilización del campesinado revolucionario.
Las aspiraciones actuales de Reforma Agraria en Colombia, no desechan la bandera de que el campesinado empobrecido y excluido tenga tierra, ni tampoco que la tierra comunal haga parte de su control comunitario, todo con el fin de cultivar alimentos (agroecológicos) para la sociedad. Pero ahí no termina la lucha campesina, se suma a esto la visión territorial de la tenencia de la tierra que incluye la protección y reproducción de la vida en el territorio, haciéndole frente al agronegocio (palma, aguacate, café, arroz, soya, coca y demás desiertos verdes), a la ganadería extensiva (búfalo, ganado de alta gama) y mega proyectos extractivos (robo de oro, coltán, uranio, petróleo, madera, hidroeléctricas, etc.).
Junto a lo anterior, la construcción y defensa de la territorialidad campesina también se suma a la lucha por la Reforma Agraria, porque no importa si se es dueño o dueña de la tierra cultivable cuando la vereda o el municipio está concesionado a una multinacional, y el gobierno local y nacional no hace nada contra los tratados de libre comercio. Sé es dueño y dueña de la tierra y también del territorio para construir comunitariamente el futuro.