Edición 181 Abril – Junio 2025

León XIV y los desafíos de la Iglesia: un contraste entre la tradición y la renovación

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Por: Alexander Arboleda Bedoya
Collage: Caroline Ruge

El pasado 8 de mayo, la Iglesia Católica definió al sucesor del papa Francisco I, quien falleció el 21 de abril. La muerte del pontífice argentino causó gran congoja en el mundo de la cristiandad, pues su cercanía con causas humanitarias y su apertura a la conciliación con respecto a temáticas problemáticas para la visión eclesial, generalmente conservadora. Su postura frente a los matrimonios igualitarios, la posibilidad de ordenar hombres casados como sacerdotes, el ataque bélico de Israel a Palestina, entre otros, hicieron que su liderazgo religioso y político se percibiera como el más abierto a la universalización eclesiástica, pero a su vez el más polémico.

En este sentido, la expectativa por quién sería su sucesor y qué rumbos va a tomar la Iglesia a partir de esta elección, fue bastante amplia. El cónclave eligió al cardenal estadounidense Robert Francis Prevost (1951), quien tomó como nombre papal León XIV. El mundo en general, no solo el religioso, pone los ojos en El Vaticano.

El papa es el líder de la religión más profesada del mundo y, además, es jefe de Estado. Su importancia va más allá de tener un título ligado con la fe, pues su injerencia en la política internacional es notable. Las posturas que asume El Vaticano son claves para las discusiones globales y las que se suman a las complejidades sociales. De la manera en que se asume ese liderazgo político-religioso depende la unidad o la fragmentación de una de las instituciones más influyentes del mundo.

Justamente, en este momento de inicio de un nuevo papado, existen muchas preguntas con respecto a cómo León XIV asumirá los varios caminos que había empezado Francisco I, o si representará un vuelco hacia bases más tradicionalistas de la Iglesia, poco afines al anterior pontificado.

Los retos de la Iglesia Católica en un mundo hiperconectado
Francisco I representó un cambio de paradigma en el catolicismo. De una manera mucho más activa que sus antecesores, tuvo un diálogo constante con la actualidad de un mundo que había cambiado drásticamente. Y, en consonancia con eso, su pontificado tuvo una cualidad que vinculó a la Iglesia con la sociedad más allá de la liturgia y de la fe: fue una Iglesia presente. Muestra de ello fue su visita a Irak en marzo de 2021, un precedente importante por ser de alto riesgo para una figura tan relevante en el contexto geopolítico mundial. Además, su apoyo al proceso de paz entre el gobierno colombiano de Juan Manuel Santos y las extintas FARC EP se consideró clave para que este pudiera llevarse a cabo y recibiera el respaldo internacional.
Sin embargo, los retos que enfrenta la Iglesia católica son inmensos. El acceso a la información que tenemos hoy en día ha permitido que haya sociedades más críticas y, por ende, con más posibilidades de cuestionar aquellos aspectos que por generaciones fueron vetados de la discusión pública. Es así como en una sociedad global que está en constante consumo informativo, las decisiones y opiniones de un líder tan importante como el papa son puestas a revisión constantemente, y esto repercute no solamente en la recepción del mensaje sino en la estructura de la institución que preside.

Una de las posturas más compartidas por la sociedad en general y por algunos sectores católicos en particular es la necesidad de renovación por parte de la organización eclesiástica, específicamente en temas estructurales como el celibato para sacerdotes y monjas. Esto no es un tema menor, pues ya se ha discutido en variadas ocasiones; incluso, hay sacerdotes católicos y casados en lugares como Estados Unidos, específicamente por la conversión de sacerdotes episcopales al catolicismo. Más allá de ser una discusión moral sobre la posibilidad de que los religiosos católicos puedan tener cónyuge e hijos, representa una necesidad, vista desde afuera y desde adentro, que se exige en pleno siglo XXI a una institución que ha demostrado no ser contemporánea a los momentos históricos.

En consonancia con lo anterior, el papado de Francisco I logró una cercanía llamativa con el mundo en general, demostrando una apertura nunca antes vista en la relación Iglesia-sociedad, buscando una conciliación entre aquellas bases tradicionales y la necesidad de incorporar elementos nuevos que den un aire distinto a la milenaria costumbre. La apertura a una visión más moderna del mundo logró que se generara una visión hacia El Vaticano más amable, resaltando el liderazgo del papa y su visión equilibrada.

No obstante, dicho panorama no es del todo conveniente para una estructura clerical que ve en el mantenimiento de sus tradiciones su mayor fortaleza. El papa tenía una fuerte oposición desde adentro de la Santa Sede. Sectores ultraconservadores de la Iglesia no percibían con buenos ojos tanta cercanía, vista más como condescendencia, entre el papa y la sociedad, a través de una relación que en principio debería ser jerárquica y no horizontal. Hablar de temas como el matrimonio entre personas del mismo sexo y tener una apertura al diálogo con posturas sociales más liberales no correspondía, según la visión más ortodoxa, a un Sumo Pontífice.

Bajo este panorama, la sociedad es más vigilante en cuanto a la manera en la que instituciones como la Iglesia Católica impactan en aspectos fundamentales para una época en la que hay grandes cambios en todos los órdenes de la vida.

Aceptar los errores desde el perdón y la justicia: los casos de pederastia dentro de la Iglesia Católica
Sin duda alguna, uno de los puntos más álgidos dentro de la Iglesia es el de los casos de pederastia cometidos al interior de esta. Desde hace más de medio siglo ha habido denuncias hacia distintas diócesis, colegios católicos, monasterios, seminarios, etcétera, que han incurrido en abusos a menores de edad. Esta discusión despierta muchos disgustos, toda vez que existe una conducta eclesial condescendiente con estos delitos, y un reclamo de justicia y de esclarecimiento de la verdad por cuenta de la sociedad en general.

Por ejemplo, uno de los reclamos más incisivos por parte de asociaciones de víctimas y la ciudadanía en general, es el poco compromiso que ha tenido la Iglesia con respecto al esclarecimiento de los hechos. El encubrimiento de pederastas ha sido una de las críticas más contundentes por parte de quienes cuestionan el rol moral que debe tener una organización religiosa de tan alta relevancia en el mundo. En tal sentido, aunque Francisco I y los papas anteriores se hayan pronunciado, y que incluso se haya modificado el Código de Derecho Canónico para tipificar la pederastia como delito, aún se considera que la estructura de la Santa Sede ha sido muy laxa con el asunto, e incluso que ha desestimado las consecuencias en medio de un silencio cómplice.

En el caso colombiano, la investigación de los periodistas Juan Pablo Barrientos y Miguel Ángel Estupiñán ha causado gran revuelo dentro de la Iglesia y también en la comunidad laica, siendo el nuestro uno de los países más católicos del mundo. Justamente, a través de la Sentencia 184 de 2025, la Corte Constitucional ordena a la Iglesia entregar información completa sobre sacerdotes involucrados en denuncias y clérigos que han ejercido labores pastorales en el país. Según la resolución del tribunal, debe primar el interés legítimo de la sociedad para conocer la verdad por sobre las libertades individuales de los sacerdotes. En particular, a la Iglesia le preocupa la presunción de mala fe y la generación de estereotipos por parte de los colombianos frente a la institución.

Aspectos como las múltiples denuncias por pederastia, la poca colaboración de las diócesis para brindar información esclarecedora y para indemnizar a las víctimas de abuso, hacen que la confianza de creyentes o no creyentes en la figura eclesiástica haya decaído considerablemente. Si bien desde Juan Pablo II la Iglesia se ha pronunciado frente al asunto, existe una sensación generalizada y es la de que ronda una complicidad y una connivencia que no van con los valores predicados por la cristiandad.

¿Es compatible la estructura eclesial con el mundo actual?
La pregunta puede parecer algo ingenua hasta cierto punto, pero en realidad es uno de los interrogantes más importantes en nuestro presente. Hay aspectos fuera de la pederastia que también están en la lista de cuestionamientos frente a la estructura de la Iglesia Católica. Una de ellas es hasta qué punto la composición altamente conservadora y tradicionalista del catolicismo, permite que haya una posibilidad de renovación en cuanto a las necesidades de un mundo que aún ve en la figura del Santo Padre un líder espiritual importante para nuestro tiempo. Contrario a las percepciones más antirreligiosas, la figura del papa aún mantiene una gran importancia e injerencia. Su visión sobre aquellos aspectos trascendentales para la sociedad es clave para entender la posición clerical, pero también para orientar y dar luz en medio de un contexto global complejo y que exige más transparencia y coherencia.

Ahora bien, no se deben esperar cambios estructurales en el corto plazo, teniendo en cuenta que la Iglesia ha demostrado que se toma su tiempo en cuanto a la actualización de sus normas y a la toma de posición frente a hechos sociales en los que tuvo participación y culpa. Un ejemplo muy claro es que, apenas en el año 2000, el papa Juan Pablo II pidió perdón por los crímenes y excesos cometidos por la Santa Inquisición, periodo histórico que comenzó en la Edad Media y se extendió hasta el siglo XIX. La estructura eclesiástica sigue teniendo un gran aire de misterio y hermetismo, lo cual ha mermado la confianza y ve en esa alta solemnidad un motivo de desconfianza, más que de manifestación divina.

Luego de la elección de León XIV, el mundo ve con expectativa si este va a continuar, rechazar o establecer un punto medio con respecto a las posiciones más liberales de su antecesor. Por lo pronto, sus opiniones con respecto a la familia marcan una línea tradicional en consonancia con los postulados históricos de la Iglesia, y su carisma —dada la reputación difundida por su apostolado en el Perú, su afinidad con el trabajo comunitario y las razones para escoger el nombre papal y dar continuidad a los postulados de León XIII— muestra una especie de apertura y disposición a la conciliación. Sin embargo, es necesario que esta figura muestre más contundencia en cuanto al liderazgo del catolicismo, pero también en cuanto a la responsabilidad, no solo canónica, sino también civil, en aquellos delitos que, en definitiva, no pueden encubrirse.

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