En mayo de 2011, se dio la operación Lanza de Neptuno que consiguió abatir a Osama Bin Laden, la figura por antonomasia del terrorismo a nivel mundial. Yo estaba en Ammán, Jordania, y la reacción no tuvo mayor transcendencia, Bin Laden era una figura ajena a la realidad y al momento político que se vivía por esos días en Medio Oriente: las revueltas árabes.
La democracia había opacado el proyecto de Al Qaeda; la violencia y el radicalismo perdían su espacio político en Túnez, Egipto, Siria y Yemen. Incluso, la guerra en Libia era una acción multitudinaria y no un acto terrorista.
A lo largo de la región, las manifestaciones fueron brutalmente reprimidas por una serie de aparatos policiales (Egipto, Yemen; Bahréin) y en operaciones militares que impulsaron a la oposición a la violencia armada (Libia, Yemen, Siria).
Me decía Hassan Abu Hanieh, en Jordania, que: “al cerrarse el espacio político, Daesh el Estado Islámico triunfa al ofrecer un modelo para todos aquellos furiosos luego de la ocupación de Irak en 2003, con jerarquía y con capacidad de controlar territorio; las Revueltas Árabes no alimentaron al Estado Islámico sino que fue la contra-revuelta de parte de las elites”.
En donde se ha afianzado el Estado Islámico (Irak y Siria), el radicalismo musulmán triunfó a la hora de crear un vínculo directo entre el musulmán suní y el ciudadano excluido. Eso fue posible, fundamentalmente, por las políticas sectarias del gobierno sirio y su red clientelar alawi, así como por la política revanchista de Al-Maliki, quien fuera durante muchos años Primer Ministro de Irak.
En Irak, es justamente en el marco de las protestas pacíficas fallidas suníes contra Al-Maliki, que Daesh empieza su expansión en Ramadi y que concluye con la toma total de Faluya. Pero ni el gobierno, ni la ONU, examinan las causas de los actos violentos, sino que reducen todo a la lógica de la “guerra contra el terror”. Este apoyo de la ONU a Al-Maliki fue leída como la indiferencia del mundo frente al activismo pacifista en Irak.
Los islamistas, debido al fracaso de las revueltas y la frustración de la contra-revuelta, se presentan como una tercera opción. Fue ese cerrar la puerta al islam moderado, a salidas consensuadas y cualquier atisbo de democracia, lo que dio espacio al radicalismo. En palabras del analista político Marwan Shehadeh: “las Revueltas Árabes buscaron un proyecto de libertad que Occidente abandonó, dejando el espacio para que los extremismos se impusieran”.
Resumiendo, las Revueltas Árabes fueron una esperanza de democracia con agendas locales muy sólidas (y no fruto de una conspiración) y su fracaso alimentó precisamente al radicalismo islamista que hoy, ya sea como Al-Qaeda o como Daesh, hace presencia en la región. La conclusión es obvia: la cura para ese mal debe ir de la mano de la democracia y no de los bombardeos, sean de Estados Unidos o de Rusia.
* PhD /Profesor Universidad Nacional