Colombia está inmersa en un proceso de trasformaciones como lo estuvo África, Centro América, Vietnam, y lo que vino después de los desastres, los genocidios y la desolación; fueron conflictos generados por lo humano, porque como seres humanos somos diferentes. Así mismo, la paz parte del nivel humano y de la complejidad del ser humano que entra en conflicto, pero es la ideología la que se mueve, por eso el concepto de la paz va a ser siempre diverso y amplio, pero hay que enfrentarlo como un constructo colectivo y civilizado.
Sabemos que este proceso remueve estructuras de toda índole, hay nuevos sujetos en el campo político que irrumpen desde la sociedad civil, posicionando nuevas propuestas y universos simbólicos en el campo político, así como nuevas formas de articulación democrática, ampliando sus límites y otorgándole un contenido distinto, que revelan elementos simbólicos que siguen marcando, por ejemplo, la situación de las mujeres en general, sobre todo de las mujeres víctimas de este proceso, como antes del comienzo de los diálogos, y como sigue sucediendo con frecuencia en Colombia, con los altos índices de violencias contra la mujer y los feminicidios.
El trabajo de incorporar el enfoque de género en los diálogos de La Habana comenzó en septiembre 2012, cuando se creó la subcomisión de género en desarrollo de las negociones entre el gobierno nacional y la guerrilla de las FARC. Fue una petición de las organizaciones defensoras de los derechos de las mujeres y de la comunidad LGBTI, que no se veían representadas en los primeros tres puntos acordados en la mesa (desarrollo agrario integral, participación política y solución al problema de las drogas ilícitas). “Es la primera vez que la voz de las mujeres es tenida en cuenta en todos los temas en un acuerdo de paz, es inédito, no sucedió así en ningún proceso de paz en el mundo. Si el país entendiera la dimensión del asunto, lo estaría celebrando como cuando se dio el anuncio del fin del conflicto”, dijo Adriana Benjumea directora de la Corporación Humanas, quien hizo parte de una de las comisiones que viajó a La Habana.
Esta problemática trasciende lo meramente sexual, es una manera de ver el mundo, de los contrarios, de lo no lineal, lo que es dialéctico, donde se muestran las diferencias de los seres humanos en sus opciones individuales, como la opción política, opción de tomar decisiones, opción de mirar el mundo de diferente manera, y tiene que ver con el desarrollo de pensamientos, sentires y necesidades. Desde tiempos ancestrales la mirada de los cuerpos era andrógeno, era natural, no se veía evidente ‘hombre-mujer’, porque eso no es un problema, es una congruencia entre lo estético y ético, es una manera sana y tranquila de estar en el mundo del erotismo, del placer; además del mundo de la vida cotidiana, del diario vivir de los niños y las niñas, que juegan a ser mamá y papá, sin distinción de género y sexo.
Por ejemplo, en la información paleolítica y neolítica, durante miles de años, la sexuación humana sólo fue dibujada y torneada en femenino, por ejemplo la presencia de la vulva fue un símbolo fundamental en las cuevas, con la sangre. Otros sentidos están relacionados con los ciclos de la vida y la naturaleza, ciclos que el cuerpo femenino también señala y que durante miles de años fueron respetados hasta ir desapareciendo, aunque nunca del todo, frente al desorden que los nuevos ritmos del mercado y las ciudades, entonces industriales, ahora postcapitalistas, crean en los cuerpos sexuados, en mujeres y hombres.
Por eso el enfoque de género es polémico, porque permea la mercantilización de los cuerpos, el mercado pierde una pieza de su mercancía, el capitalismo industrial cambia sus esquemas. El enfoque de análisis se queda en lo económico, pero develado, porque no incluye diversidad y pluralidad sexual, que debe ser integrado a los sujetos y sus prácticas cotidianas. Numerosos estudios confirman la tesis de antropólogas, historiadoras y pensadoras que sostienen desde los años ochenta que el cuerpo y la sexualidad femenina han sido hartamente castigados, somatizando en el cuerpo de las mujeres de ahora el miedo y la represión, cuyos síntomas despuntan a cada rato en enfermedades.
Es importante revelar elementos simbólicos que siguen marcando la situación de las mujeres en general, sobre todo las mujeres víctimas y la población LGTBI. Hay que imaginar un mundo nuevo, situándose en relación con lo femenino y lo sagrado, transcendiendo el análisis. Es decir, ese cuerpo femenino, las mujeres, la vida, sentidos, y algunas singularidades para pensar, leer y sobre todo el profesar de los cuerpos de las mujeres, las afros, indígenas, desplazadas, población LGTBI, discapacitadas, víctimas en las diversas circunstancias de las violencias divulgadas, desde los diálogos y acuerdos porque pretendo develar que también es una cuestión simbólica y del lenguaje hegemónico del capitalismo.
Recordando la sabiduría ancestral, retomo la categoría de lo sagrado femenino, que opera a distintos niveles y ha producido desarrollos, pensamientos, sentires, e investigaciones cualitativas, donde han reconocido, entre otras cuestiones, el deseo femenino en la sociedad y en la historia. Hay que volver a lo sagrado, para que volviendo lo femenino sagrado, el cuerpo no sea profanado, ni mutilado, ni hostigado. Todos estos sentidos que el patriarcado se ha empeñado en ocultar, aunque no ha podido borrar del todo, son sentidos de unidad, totalidad y divinidad; sentidos de lo sagrado vinculados a la sexualidad femenina, a la menstruación y a la capacidad de ser nombrada tranquilamente.
Nuestra sangre es el agua primordial, en donde está almacenada la memoria de todas las emociones de la humanidad, expresadas a través de nuestra alma. Somos redes de archivos emocionales. Los cristales de agua de nuestro cuerpo llevan la huella de todo lo experimentado por nosotras. Somos el agua hecha conciencia. Esta memoria molecular del agua, crece y se expande, siempre fluida, se hace cuerpo y carne. A través de nuestro sangrado, desarrollamos el máximo nivel de energía, es el secreto de la Diosa. A través de este flujo es como germinamos a la vida.
Somos nuestras abuelas, somos nuestras futuras nietas y nietos, somos el agua que se recicla, circula en nuestro ser y encuentra su cauce hacia la unidad. Esta única manera desde nuestros ritos, ceremonias, conversas, encuentros, es como nos curamos, sanamos, dejamos y entregamos nuestras enfermedades al fuego, a la tierra, y como la placenta viene siendo recuperada por las mujeres gestantes para sanar a sus progenitores, y a sí mismas.
Ya que somos cuerpo, pensamiento, poesía y espiritualidad, no dejamos de sentipensar, somos una parte de sí mismas, somos conflicto y solución a vez, la defensa de nuestro cuerpo como territorio está en el corazón, desde la rabia, la cólera, la resistencia; la cabeza piensa y soluciona, pero se vuelve compleja por las contradicciones, las piernas caminan con ahínco y soltura; aunque denota cansancio; comprobamos que casi todas pintamos cuerpos de mujeres, o hacemos muñecas de trapo, para ponerlas a conversar con las historias de las otras mujeres y así desandar caminos, allí se buscan salidas, atajos y nuevos proyectos de vida.
Porque somos un mapeo de símbolos que solo nosotras podemos interpretar y sentir, tejemos una urdimbre que muestra el dolor, las tristezas guardadas; que si desenredamos la madeja en el sentido metafórico, nos encontramos casi siempre con la espiritualidad perdida. Por eso, todas esas historias contadas por las mujeres es una herramienta explicativa y auto-reflexiva, que nos ayuda a ubicarnos en nuestro propio conflicto interior, para sacar las vivencias de adentro, hacia fuera; pero en es de afuera hacia adentro de nuestro abismo interior.