Jhon Jairo Grisales es mecánico, pero como muchos de ellos es también una suerte de médico e ingeniero de carros, pues los conoce al derecho y al revés. El hombre delgado, de estatura media, piel trigueña y corte de cabello al ras, lleva cerca de 35 años recomponiendo los daños de todo tipo de automotores, entre tornillos, aceites y latas.
El hombre, oriundo del barrio Belén, ha trabajado en Medellín y ha vivido en diversos lugares de la ciudad y hace 13 años reside y trabaja en el barrio Alfonso López. Jairo tiene su taller en toda una esquina, cerca de una quebrada rodeada de grandes árboles que dan sombra y tranquilidad al sector. Es una especie de ramada que parece estar al aire libre por el frente y un costado, lado que él cierra fácilmente con solo correr dos rejas; así de forma práctica y sencilla hace las cosas, tal como es su forma de ser.
—Yo estudié Mecánica Automotriz en el Sena, porque perdí un año por jugar fútbol. Mi papá me dijo “en la casa el que no estudia, trabaja. ¿Quiere seguir estudiando o quiere seguir trabajando?” No papi yo quiero seguir estudiando. Le conteste.
Mientras se toma un café en su taller, sentado en una silla metálica, recuerda que le tocó madrugar por tres años y que el futbol, su pasión, lo llevó por ese camino que le ha permitido levantar a su familia compuesta por dos hijos, hombre y mujer, y su esposa, una persona organizada y una de las mejores estilistas para él.
Jairo, hombre de espíritu conciliador, muestra admiración por las artes marciales, la lectura y la psicología; busca entender el alma y comprender a las personas como también las dinámicas sociales y el ejercicio del poder. A ratos se olvida del mundo pensando en diversos temas que normalmente la gente pensaría que un mecánico no contemplaría. Por ejemplo el sistema económico, educativo y político.
Jairo ha venido actualizándose porque la tecnología automotriz ha cambiado vertiginosamente y él le sigue el paso; en esta época es capaz de reparar un camión último modelo, taxis, buses, busetas o volquetas, tan bien como un Renault 4. Entre las actualizaciones más notables en este oficio, el mecánico señala la inyección electrónica, los sistemas de frenos ABS, los carros blindados, el sistema de transmisión de cambios, los carburadores, y la forma de encender los motores.
—Uno montaba un niño al carro y eso era un problema ni el hijuemadre porque el pelaito comenzaba a pisar el acelerador y cada pisada era una inyectada de gasolina y cuando uno iba a darle “estarte” al carro, el carro estaba inundado en los cilindros.
Ahora, dice Jairo, las compañías de automotores le apuestan al ahorro de combustible, de espacio y de materiales, pero ese ahorro no es para el usuario porque los repuestos duran menos, son más caros y ordinarios. Antes, recuerda, las bombas de gasolina se podían destapar y reparar, pero ahora se queman si se trabaja con poco combustible.
Jairo nunca ha dejado su trabajo, pero ha alternado la grasa con la lectura, ha investigado los temas sociopolíticos además de los psicológicos, es un fiel lector y llama a todos los expresidentes y al actual como: los tristemente célebres presidentes de la República de Colombia.
—Yo siempre voto, pero por el menos malo, siempre mirando las posiciones de cada persona. Pero en la historia local no ha habido ningún presidente que sirva para nada, dice con voz pausada y con cierto énfasis.
Sobre la educación profesional en el mundo piensa que las universidades son como fábricas que solo sacan tecnólogos, financieros, abogados y gerentes, dejando a un lado la parte humana, el pensamiento crítico y la comprensión del comportamiento humano, de la inequidad, el desorden y el desbalance que hay en el país.
—Uno ve en los barrios exclusivos viejos bien organizados, son críticos, saben de qué hablan. En cambio por los barrios populares uno ve a los viejos arrastrados, acabados, luchando por un pedazo de pan, abandonados por el gobierno.
Jairo conoce bien a Medellín y los municipios aledaños. A él le han llevado carros de todas las marcas, modelos y estilos desde diferentes lugares de la ciudad, como San Antonio de Prado, Santo Domingo, Manrique y El Poblado, solo por nombrar algunos, y ninguno le ha quedado grande, como tampoco los aprendizajes y retos que se ha puesto.
—En la vida hay que aprender de todo, a bailar, a conducir y hasta a pelear porque uno nunca sabe cuándo le vaya a servir lo que aprendió.
—Una vez trabaje con un muchacho que era empírico y él decía que los libros no servían, que la tecnología no era útil. ¿Cómo no le va a servir a uno un computador o un escáner?, eso es ayuda electrónica para el trabajo que uno ejerce. Muchos empíricos dicen que estudiar no sirve pero eso son solo excusas.
Jairo sabe que mantenerse actualizado es importante para estar vigente en el gremio. Reconoce que la tecnología necesita de la mente humana como de la experticia para interpretarlos, y recuerda que cuando empezaron a llegar los encendidos eléctricos, si lavaban un carro era muy difícil encenderlo de nuevo y tenían que destaparlo para desconectar cada conexión y secarlos; pero ahora vienen recubiertos, protegidos contra el agua.
Entre el ruido de los autos que corren por la vía y ahogan su voz cada tanto, habla de las tendencias en los carros que además del ahorro de consumo en combustibles y la incorporación de nuevas energías como el gas y la electricidad, ha implementado la computarización de los sistemas de los automóviles.
A Jairo le han quedado debiendo plata de muchos trabajos. Tiene dos carros en el parqueadero que desde hace dos años no los han reclamado. Entre los personajes que le han quedado debiendo destaca a un policía; un hombre mayor, maduro como se dice coloquialmente, que no le quiso pagar y hasta bala le ofreció.
—Yo siempre he sido serio con mi trabajo, no he repartido volantes ni ningún otro tipo de publicidad. La misma gente es la que habla de uno, lo referencia y lo hace conocer.
A él le coqueteó el narcotráfico, el hampa le ofreció dinero para desaparecer o desvalijar carros que algunas personas se auto robaban para cobrar los seguros, o que robaban a otros, pero él nunca cedió. No por falta de valor sino por el contrario, por tener agallas y coraje les decía y les dice que no; porque él sabe que eso no lleva a nada bueno y que la revolución en la sociedad se hace desde esos gestos honrados que son los que generan y lo mantienen en paz.
Tal vez llegue un momento en el que Jairo no podrá trabajar más, él mismo lo sabe porque a quienes viven del trabajo físico les llega “la fecha de vencimiento”, un tiempo en el que ya no podrán ejercer su trabajo por falta de fuerzas o capacidades, pero él sabe que nunca hizo daño con su trabajo y que por el contrario ha conservado vidas, las vidas de sus clientes que a ciegas entregan su seguridad, vida e integridad en las manos del hombre que mientras repara, piensa más allá de la grasa y la tornillería; piensa en un país equitativo, en marcha y en paz donde él, cuándo este viejo, pueda seguir siendo persona útil y no lo abandonen como a los carros que aunque reparados y funcionando, la sociedad ha vuelto obsoletos.