Edición 39 - Abril 2009

Sin derecho a accidentarse

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El 18 de Febrero de 2009 me encontraba recibiendo clase, como de costumbre. Eran aproximadamente las 3:20 de la tarde cuando, de repente, Óscar, un compañero de clase que se encontraba conmigo, recibió una llamada donde le avisaban que Felipe, otro compañero de clase, se había accidentado y estaba en Policlínica. En ese momento se nos olvidó todo lo que teníamos que hacer en clase y salimos corriendo para allá. Cuando llegamos a preguntar por él en la portería, nos dijeron que allí no había ningún paciente de nombre Felipe. De no ser por la madre de Felipe, doña Edilma, que nos reconoció y le dijo al vigilante que nos dejara pasar porque su hijo sí estaba siendo atendido allí, nos hubiéramos quedado locos buscando por todas partes.

Adentro, la señora nos contó cómo había ocurrido el accidente de nuestro compañero: Felipe se preparaba para salir hacia la Universidad de Antioquia, -en la cual estudiamos los tres-, a eso de la 1:30 de la tarde. Pero antes había decidido dar una vuelta por el barrio en la bicicleta con su sobrino; la bicicleta se quedó sin frenos, y al meterle el pie para disminuir la velocidad se partió el tenedor. Felipe fue el que recibió todo el golpe y en el mismo momento quedó tirado en la calle, inconsciente, con el hombro derecho dislocado, varios raspones en la cara y el cuerpo y, lo peor, con contusiones y heridas preocupantes en la cabeza. Los vecinos del barrio acudieron a auxiliarlo y llamaron una ambulancia y de inmediato fueron a avisarle a doña Edilma.

Es ella, doña Edilma, quien nos cuenta que la ambulancia llegó 40 minutos después del accidente, a pesar de que la unidad intermedia de salud más cercana, la de Castilla, queda a menos de 15 cuadras del lugar. Si no es por un taxista que, viendo el estado en el que se encontraba Felipe, decide recogerlo y llevarlo hasta Policlínica, la situación se habría puesto peor.

Una hora más o menos estuvo doña Edilma narrándonos lo ocurrido. Eso quiere decir que podrían ser más de las 4:30 de la tarde. Pero hasta el momento a Felipe en Policlínica no le habían hecho todavía nada; lo mantenían sentado en una silla con un catete que le suministraba suero con droga. El problema era que no había camas dispuestas, pero sobre todo que Felipe no estaba afiliado a ninguna EPS ni estaba cubierto por el SISBEN. Por eso nosotros pensamos ir a la IPS Universitaria para averiguar si en esta situación podían brindarle alguna ayuda a nuestro compañero.

Pero en la IPS nos enteramos que lo único que esta ofrece a los estudiantes es consulta externa y que por tanto no podía hacer nada al respecto. Entonces volvimos, preocupados, a policlínica, llenos de indignación porque gracias a la ley 100 de 1993 la salud dejó de ser un derecho fundamental para convertirse en un costoso servicio que solo pueden pagar aquellos que cuentan con los recursos económicos para hacerlo, y en un negocio que enriquece a quienes ya tienen bastante.

Cuando llegamos a policlínica ya eran las 5:40 de la tarde. Los médicos le habían limpiado las heridas a Felipe y estaban esperando para realizarle un tac cerebral. Pero en el momento no podían hacerlo porque se encontraban en otra emergencia. Más tarde nos enteramos que la otra emergencia era la explosión de una avioneta de la policía en el aeropuerto Olaya Herrera. La avioneta iba para Quibdó y transportaba agentes del Esmad.

Ya habían pasado alrededor de 4 horas después del accidente. Yo no soy médico, pero el simple sentido común me dice que un herido con contusiones y traumas en la cabeza debe atenderse lo más inmediato posible, porque puede tener algunas lesiones cerebrales que pueden llevarlo en poco tiempo a la muerte, o en todo caso a consecuencias irreversibles. Allí, en Policlínica, comprendimos que ya los hospitales no tienen que recurrir al famoso paseo de la muerte, porque este es remplazado por la falta de ética de los médicos, que pueden llevar, sin inmutarse, a la muerte a cualquier persona por el simple hecho de no tener ningún tipo de seguridad en salud.

Más tarde pensamos en el SISBEN como una forma de ayuda a esta situación. De la esperanza nos bajó la propia madre de Felipe: nos dijo que ella venía intentando desde hace mucho tiempo hacerse encuestar para afiliarse, pero que en varias ocasiones los funcionarios encargados de las encuestas la habían visitado y no la habían aceptado porque en su casa tenían dos televisores, y otras varias “comodidades” las cuales no le permitían acceder a dichos beneficios del fabuloso sistema de salud de nuestro país.

Oscar y yo nos quedamos con doña Edilma el resto de la tarde hablando sobre lo deprimente que era estar en una situación así. Ella nos contaba que cuando trabajaba como enfermera en este mismo hospital, antes de la famosa ley, no era prioritario si el paciente se encontraba afiliado a algún tipo de seguridad social, que lo más importante eran los pacientes y no la plata que llevara en los bolsillos.

Al fin, a eso de las 11 de la noche, a nuestro compañero le realizaron el tan esperado tac cerebral. Por fortuna no tenía problemas cerebrales serios, pero ahora el problema era de dónde sacar el dinero para pagar lo que le habían realizado. A las 2 de la mañana le dieron salida a nuestro compañero y debajo del brazo la cuenta de cobro por dichos servicios: lo único que aparecía en el panorama para nuestro compañero y su familia era sacar la plata de dónde fuera para pagar la deuda en el hospital.

Y para rematar, al día siguiente a Felipe le tocó ir a un centro hospitalario privado a que le hicieran otros exámenes para descartar otros problemas, pues en Policlínica no le realizaron todos los análisis correspondientes. Ahora Felipe tiene una doble deuda, con el Hospital privado y con Policlínica.

Germán Zabala Cubillos: Matemático, filósofo, humanista y educador.

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