El primer día que Martha llegó a trabajar como empacadora del Éxito, a través de la cooperativa Creser, le tocó en el Éxito de El Poblado, uno de los mejores para las propinas. Ese día en la mañana, mientras estaba trabajando en la caja que le había asignado el jefe de servicios, un compañero se le acerco y le dijo, como si le ofreciera una gran oportunidad: Ve, andáte para la caja 18. Martha dio vueltas y vueltas por el almacén hasta qué, después de preguntar, se enteró que no existía la caja 18. Lo que pasaba era que a su caja acaba de llegar un señor que daba 20 mil pesos de propina.
Clientes como esos son los que los empacadores han denominado en su propia jerga clientes cheque, porque son una buena propina garantizada, a diferencia de los clientes cabezones que difícilmente dan propina. Por eso, buena parte de los empacadores trabajan siempre pendientes de los clientes cheques, y de alguna manera los adoptan como suyos. Pero lo que hizo el empacador que le jugó esta broma a Martha en términos comerciales se llama competencia desleal, los empacadores lo llaman gusaneo.
Los clientes cheques son habituales dentro del almacén y a veces hasta rutinarios. Alguien que lleve dos años en el almacén aprende a identificarlos, sabe qué día y a qué horas llega. La propiedad se ratifica en la práctica cotidiana. El empacador ve entrar a su cliente y le sale a saludarlo, a preguntarle por su salud y por su familia. Como lleva tanto tiempo atendiéndolo de esta manera ha logrado una cierta familiaridad con el cliente. Su táctica después es perseguirlo por todo el almacén o estar pendiente de la caja dónde va a pagar.
“Hay compañeros-cuenta Martha- que se pasan todo el día caminando por la caja, mirando a dónde va a caer la señora de las buenas propinas. Si por casualidad cayó en una caja dónde estoy yo, perdió el año; porque yo no me voy a mover para que él empaque. A no ser, como pasa muchas veces, que la señora pida que sea justo ese muchacho quien le empaque”.
Yolanda, compañera de oficio de Martha en el Éxito de San Antonio, nos cuenta la historia de un empacador que se retiró: “Él se fue a descansar a la cafetería y cuando bajó se quedó mirándonos a todos y entonces le pareció increíble que nos estuviéramos peleando por mierda. Eso lo indignó tanto que inmediatamente renunció y se fue”.
Pero eso tiene su razón de ser: “Yo, por ejemplo- explica Yolanda-, sé que tengo que responder por mi hijo, que tengo que hacerme el dinero para el arriendo, los pasajes y la comida, aparte de los gastos que surgen en la Universidad. Y la única posibilidad que tengo por ahora es esta. Entonces me mentalizo en que tengo que empacar mucho. Uno llega un día con la idea de que tiene que comprar un libro para la universidad y que para eso tiene que hacerse muchas propinas, que por lo tanto tiene que empacar mucho más. Y por eso todo el tiempo estás pendiente de dónde, en qué caja hay una oportunidad. Igual el otro está montado en lo mismo”.
La gran oportunidad
Los empacadores que prestan servicios para el Éxito son generalmente jóvenes estudiantes. Por eso encuentran en este trabajo una oportunidad que difícilmente encontrarían en otra empresa. “Lo que a uno lo atrae- cuenta Yolanda- es que nos dan la oportunidad de combinar nuestro estudio con el trabajo, pues nuestro sueño más inmediato es terminar la carrera, y además nos tenemos que sostener. En el Éxito tenemos que trabajar mínimo seis horas diarias. Cuando tenemos mucha carga académica, entonces hacemos solo cuatro o cinco horas por días; las horas restantes las completamos el fin de semana cuando podemos trabajar entre ocho y nueve horas por día”.
Toda la oportunidad termina viniéndose al suelo cuando se toma en cuenta que no existe un salario, o más bien el salario está constituido por las propinas que les dan los clientes. “De hecho- cuenta Martha-, cuando nos va mal, uno termina el turno, pero sabiendo que tiene un montón de necesidades por atender y que necesita plata, uno se queda, sigue trabajando. Y ahí ya no importa si tiene que estudiar esa noche para un exámen al otro día. Porque la necesidad apremia”.
Del salario a la caridad
Martha y Yolanda reconocen que estar pendiente de la propina produce un cambio muy perverso en la forma de percibir a la gente. Pues ya la mirada que se pone sobre el personaje que se acerca a la caja a pagar lo que evalúa es qué tanta propina puede dar. Y una vez la propina ha sido recibida, no siempre produce un sentimiento de satisfacción.
“A mí me parecía muy duro- dice Yolanda-, cuando los señores le entregan la monedita al niño para que el niño se la entregue a uno. Es como hacer sentir al niño bueno regalándole la moneda al otro… Pero hay también personas que son muy groseras, a quienes no les importa tirarle la monedita de veinte pesos y decirle a uno: vea para que compre un carro. En ese caso, no queda más que decirle muchas gracias. Y, sin embargo, nosotros recogemos todas las moneditas de veinte pesos, porque sabemos perfectamente que cinco moneditas de veinte son cien pesos y que a nosotros nos sirve”.
“También existen los clientes que no dan absolutamente nada porque tienen sus argumentos- complementa Martha-. Muchos de ellos me dicen: es que usted también está asumiendo el riesgo de que yo no le dé nada, porque usted asumió trabajar de esa forma. Aquí yo asumo que el servicio me lo presta el Éxito con su personal y es el Éxito quien les tiene que pagar”
“También hay los que están dispuestos a dar la propina- continúa Martha-, pero resulta que afuera del almacén hay personas que también viven de vender bolsas, se apresuran a abrirle a la gente la puerta del taxi y a ayudarles a subir los paquetes. En su mayoría son muchachitos entre 10 y 12 años. Los clientes prefieren en muchos casos darle la moneda al muchacho que está afuera trabajando, que dárnosla a nosotros. Y eso me parece bien. Ellos también se la están rebuscando y la necesitan”.
Desde luego, es muy distinto trabajar como empacador en un Pomona, que también es propiedad del Éxito, o en los almacenes Éxito de Envigado y El Poblado, que trabajar en los Éxito del centro o en los Carulla, hoy también del Éxito. A los primeros los visitan personas de los estratos altos, que tienen capacidad de compra y disposición para dar una buena propina. Mucha gente de la que llega a los almacenes del centro, en cambio, proviene de barrios populares, con ingresos limitados, que muchas veces incluso les toca renunciar a la mitad de las cosas que llevan en su canasta para comprar, al ver que el precio supera su presupuesto. Cierto que hay días en que los empacadores de estos almacenes logran propinas entre 20 o 30 mil pesos. Pero son muchos los días en que no alcanzan a hacerse siquiera los cinco mil, lo cual escasamente les alcanza para el pasaje, y esto en caso de que no salgan muy tarde y les toque tomar un taxi.
“Pero los directivos hacen una proyección muy bonita- cuenta Yolanda-. Nos dicen, por ejemplo, que en esas seis horas estamos ganando 20 mil pesos. Al dividirlo por las seis horas, y cuando uno en esas mismas seis horas se hace apenas cinco mil pesos o menos, de todas maneras se las promedian sobre esos 20 mil pesos. Y le dicen que según esa proyección uno se está ganando 2.2 salarios mínimos. Todo es un disfraz. Porque más bien son escasos los días en que uno puede sacar más de 20 mil pesos, a lo sumo los fines de semana de quincenas, cuando la gente va a mercar”.
“El gerente es uno de los que dice que no podemos seguir pensando que el hecho de que a usted la vaya bien o le vaya mal es por suerte- complementa Martha-. Pero alguna vez llega el cliente cheque que te deja de propina 10 mil pesos, y muchas otras llega el señor que uno sabe que escasamente tiene con qué comprar algo. Entonces sí es suerte. Pero el gerente lo que le dice a uno es que todo depende del servicio, que uno tiene que sonreír porque de su sonrisa depende que el cliente le de propina o no”.
Hasta el año pasado, en el Éxito de San Antonio se realizó la práctica del volanteo. Cuando el cliente pasaba por la caja para registrar, el muchacho le entregaba el volante con la información y le preguntaba si conocía la forma de trabajo de los empacadores. Eso primero lo hacía la cajera, pero entonces el Éxito se los prohibió y tuvieron que hacerlo los mismos empacadores. No todos, solo los más atrevidos. “En esos momentos – comenta Yolanda- a los empacadores que hacían el volanteo les iba muy bien y sus ingresos no bajaban de los 700 mil pesos mensuales. Ellos decían que volantear un cliente es una propina fija, porque es como pedirle plata directamente. Pero en este momento usted decirle al cliente eso es una causal de sanción y despido”.
El colmo de la villanía.
El año pasado, el Ministerio de Protección Social expidió el decreto 1233, que obligaba a las cooperativas de trabajo asociado a pagarle a sus trabajadores un sueldo básico. En este decreto se considera claramente que la propina en ningún momento puede ser asumida como salario. Este decreto puso en dificultades a la cooperativa, pero, a lo que parece, las resolvió rápido y muy fácil.
Lo primero que se hizo fue intentar negociar con el Éxito para incrementara el valor de la hora que pagaba a la cooperativa por el trabajo de los empacadores. “Porque el Éxito sí le paga a la cooperativa por nuestro trabajo- explica Yolanda-. Le paga la hora al valor de una hora en el salario mínimo, incluso un poco más porque le da a la cooperativa un porcentaje para la estabilidad financiera en caso de crisis. Pero de ese dinero la cooperativa no nos da un peso. Con eso dice que paga el 50% de nuestra seguridad social, el otro cincuenta por ciento lo tenemos que pagar nosotros mismos”.
Como el Éxito no quiso aumentar el valor de la hora, la alternativa siguiente de la cooperativa fue inspirada en una sugerencia del propio Ministerio de la Protección Social. Este decía que el dinero para el salario básico lo tenían los propios empacadores. Por eso la propuesta fue que ellos mismo, los empacadores, se consignaran a su cuenta de sus propias propinas lo que se consideraba el salario básico para su tiempo de trabajo, para así cumplir con la ley. “Obviamente, ninguno de nosotros estaba satisfecho con esa solución”.
Entonces la idea que vino después fue la repartición de los excedentes que tenía la cooperativa del año pasado. Esta vez la idea era repartir 150 mil pesos a cada uno de los empacadores, que iba a ser como la base para la consignación quincenal simulando el pago de la cooperativa. “La idea entonces es que esos 150.000 pesos los pongamos a rotar. Es decir, a los 15 días nosotros sacábamos el dinero, pero debíamos volverlo a consignar. Ahí ellos estarían demostrando que efectivamente nos están consignando un sueldo básico según las horas trabajadas”.
Desde luego esta es una simulación no solo permitida sino promovida por el Ministerio de Protección Social. Por lo tanto es el mismo ministerio el que se encarga de burlar su propio decreto para permitir que las cooperativas de trabajadores de las que se vale el Éxito sigan trabajando en la forma perversa que lo hace. “Eso, en realidad, no transforma en nada la condición de trabajo de nosotros- reconoce Martha-, seguimos trabajando de la misma forma, con las mismas propinas. Lo que se hizo fue quitarnos a nosotros la necesidad de tener que sacar de nuestro bolsillo los 150.000 pesos para empezar. Lo peor es que aunque la decisión se tomó en enero, esos 150.000 pesos todavía no nos los han entregado”.
A pesar de las condiciones de trabajo que impone el Éxito a través de sus cooperativas y que estas dos jóvenes nos han descrito, han decidido usar aquí nombres ficticios, porque ellas saben que aun necesitan su trabajo.