El Primer Festival de Expresiones Rurales y Urbanas, que se realizó en el tradicional barrio La Joya de la ciudad de Bucaramanga los días 1, 2 y 3 de octubre de 2010, fue ante todo una celebración a la diversidad cultural y a la biodiversidad de nuestro país. Fue un homenaje a nuestras veredas y barrios, desde un espacio vital de encuentro y de diálogo que profundice el rescate de la memoria y de las identidades colectivas, en el cual podamos facilitar la articulación y el reconocimiento mutuo entre poblaciones rurales y urbanas.
La educación formal y los medios de comunicación masiva no incluyen a los pobladores rurales ni a gran parte de los habitantes urbanos como creadores de cultura del país. Por el contrario, se pretende que las comunidades rurales y urbanas pierdan sus raíces o sean “asimiladas” en grandes concentraciones de áreas devastadas con base en modelos de consumo globalizados. De esta manera, la identidad de las culturas campesinas y urbanas se van perdiendo, al tiempo que el conocimiento tradicional sobre el territorio, las prácticas ancestrales y la sabiduría de un mejor vivir se relegan en la contemporaneidad, tendiendo hacia el olvido de otras formas de ser y estar en el mundo.
De esta manera, el festival revindicó un proceso de educación y de sensibilización sobre los temas que constituyen nuestra razón de existir: nuestros paisajes, nuestra comida y agua, los páramos, bosques y ciénagas, la economía campesina y barrial que se encuentra en los mercados locales, las iniciativas de resistencia y bienvivir que están promoviendo grupos de jóvenes, mujeres, docentes, comunidades indígenas, afrodescendientes y campesinas. Todo ello para demostrar por qué estamos protegiendo nuestro patrimonio ambiental y cultural.
Los tres días fueron de fiesta y de reflexión. La fiesta con espíritu alegre para participar del arte, la música, la pintura, la danza, el teatro, y el compartir con amigos y amigas; de reflexión para dimensionar todas aquellas amenazas que se vienen a nuestras vidas y territorios como los impactos de los grandes proyectos mineros y agroindustriales, que pretenden contaminar nuestras aguas y ahondar en la crisis climática y alimentaria. De igual manera, los modelos de consumo que no valoran lo autóctono y lo local.
El evento se estructuró en cuatro grandes ejes de trabajo:
Artístico – Cultural: Con diferentes expresiones culturales producidas por personas y comunidades relacionadas con el diálogo campo – ciudad, también un Encuentro Infantil y Juvenil por el Arte y la Ecología.
Hábitat Sostenible: Un espacio para compartir saberes y experiencias en torno a formas de habitar el territorio de manera más armónica, con experiencias en Construcción en Tierra, Manejo de Energías Alternativas, Construcción en Guadúa e iniciativas de Agricultura Urbana.
Patrimonio Ambiental y Cultural: Iniciativas de comunidades locales interesadas en la preservación del territorio y del agua como elementos esenciales de la vida. Se generó una reflexión compartida sobre temáticas como la crisis climática, la defensa de la biodiversidad, la creación de reservas campesinas y comunitarias y el rescate de semillas.
Soberanía Alimentaria y Mercados Locales: Espacio para el encuentro y difusión de prácticas de producción agroecológica e intercambio de experiencias rurales y urbanas en torno a la seguridad, autonomía y soberanía alimentaria desde una perspectiva regional.
Un mercado campesino y popular, un encuentro regional de semillas, y un gran concierto “Tierra, Salsa de la Vida”, con la participación de importantes figuras de la música colombiana como la cantautora Martina Camargo, Velandia y La Tigra, Ignorantes, grupos campesinos e indígenas, y un trío internacional: Proyecto Mezcla de Holanda, cerraron este festival en defensa de la vida.
Pero yendo más allá, el Festival revitaliza la relación campo-ciudad en un contexto regional, también colombiano y global, donde habitantes urbanos y rurales estamos dispuestos a no ser parte de un desarraigo de masas, y a valorar nuestras propuestas y acciones, desde lo más sencillo a nivel cotidiano, hasta iniciativas que deben vincular a todas y todos los colombianos. El Festival le habla y escucha al país y al mundo: a los desempleados que ya son cada vez más, a los mal llamados informales, a las madres comunitarias, a los jóvenes, a los niños y niñas, en fin a todos aquellos que somos parte “del común y corriente”, que somos la mayoría.