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Me lo imagino todavía, y siento deseos de reir, pero luego me da rabia. Me lo imagino, tal como me lo contó el amigo, Juanito, hombre maduro, alto, fornido y bien plantado como un roble, en la esquina de La Playa con La Oriental, esperando a que el semáforo pasara a rojo y el muñequito caminando se iluminara de verde. Estaba justo bajo el sofocante sol del medio día y el barullo de los carros y la gente que corría para no llegar tarde al almuerzo. Estaba cansado y encartado con un paquete grande en cada mano, por eso empezó a cruzar la calle de primero cuando el semáforo cambió, y se salvó por puro reflejo, no se sabe si de él o del atarbán que conducia la camioneta.
La multitud que en ese momento cruzaba la calle abucheó al conductor, pero el tipo como si nada. Más bien los confrontó a todos desde su flamante vehículo de mafioso frustrado, una camioneta medio destartalada, de placa costeña, que todavía presumía en cierta forma de su pasado narco.
Finalmente todos los transeúntes siguieron, y en medio del fluir de gente se quedaron plantados mirándose cara a cara Juanito y el conductor imprudente. Juanito, que es la mata de la decencia, no sólo estaba asustado sino encartado con los paquetes. Como pudo le señaló al conductor el semáforo, tal vez con un movimiento de la cabeza hacia arriba y levantando el dedo índice, en un movimiento casi imposible, pues con el peso de los paquetes no podía levantar la mano. Todo para indicarle que el semáforo que indicaba la posición del peatón estaba en verde y en movimiento.
– Qué va, gonorrea, hijueputa- gritó el conductor energúmeno-. ¿Para qué te atravesás? ¿O es que tenés ganas de morirte hoy, sapo?
–
Todavía estupefacto, Juanito sólo atinó a repetir los gestos anteriores señalándole al conductor el semáforo.
Pero justo en ese momento la luz y la figura del semáforo cambiaron. Ya Juanito no podía pasar la calle y empezó a desandar lo que había avanzado antes de que el carro se le fuera encima. El atarbán de la camioneta, en cambio, no daba señas de querer moverse, a pesar del ruido estridente de los carros pitándole detrás.
De pronto, cuando ya Juanito había dado por superado el pleito, el tipo se fue bajando de la camioneta a emplazarlo, como si fuera víctima de una ofensa insufrible. Era un tipo de unos treinta años, pequeño y rollizo, que no le daba Juanito ni siquiera por los hombros.
– Qué va, ¿pirobo, estás muy asado? Me hacés frenar en seco y en seguida me braviás. ¿Cómo es pues?- dijo, abriendo alevosamente su boca que dejaba ver una dentadura irregular y ennegrecida por el sarro
Juanito lo midió de arriba abajo y se sintió confundido. Aquel tipo seguro no podía con un golpe bien dado de su mano nudosa; pero él tenía ocupadas las dos manos. Además, los tipos de estas camionetas y estas formas de vida por lo general andan armados. El hecho de que el chicorio lo enfrentara de aquella manera tan decidida le confirmaba a Juanito sus temores.
-Señor, yo no me atravesé- dijo Juanito con tono sereno y haciendo gala de decencia-, dese cuenta que el semáforo estaba en rojo para los carros.
– Qué va, pirobo. Vos lo que estás es muy acostumbradito a braviar a los hombres. Pero te estrellaste.
Los carros seguían pitando y cada vez se alzaban más las voces de protesta, mientras un corrillo de gente rodeaba a los dos contrincantes.
– Sabe qué- dijo Juanito decidido, no como un acto de valentía, sino empujado y sofocado por la vergüenza que le provocaba aquella escena-, yo no voy a pelear con un atarbán como usted- y volteó, buscando una salida en otra dirección.
El chicorio aprovechó entonces y le zampó un patadón en las nalgas a Juanito. Eso debió sonar como las patadas que le mete la chilindrina al Chavo del Ocho justo en la misma parte. Casi por instinto reaccionó el otro, no daba crédito a la agresión, no sabía qué hacer. Sin embargo, sin pensarlo mucho, giró como un resorte y, sin soltar los paquetes, le mandó una media chalaca que donde lo coja lo tira a la otra acera; pero se descachó y fue él mismo quine casi se cae. Trastabilló un segundo, pero se recuperó y midió mejor la segunda patada: se la coronó casi en toda la escápula. Por un segundo el tipo no reaccionó, y ese segundó fue suficiente para que Juanito, aun con las manos ocupadas, recuperara la calma y comprendiera la dimensión de lo que acababa de hacer. Y se asustó todavía más cuando el tipo se encaramó al carro y empezó a buscar desesperado algo en las gavetas de la cabina mientras seguía disparándole insultos. La gente también se dispersó, menos un señor que aplaudió la reacción de Juanito, pero en un segundo ya estaba solo, en un círculo, limpio el espacio para la mira del contendiente.
Juanito no supo bien lo que debía hacer, si correr o sentarse a reír. El tipo lo amenazaba desde la cabina de su camioneta, con los vidrios bien cerrados, blandiendo un machete medio oxidado con filo por ambos lados. No le pasó el susto del todo, pero salió caminando, cuando el semáforo volvió a cambiar, mirando para todos lados, sintiéndose algo así como un Pedro Navajas, solo que sin poder meter las manos entre el bolsillo de su gabán porque no tenía gabán y, además, seguía con las manos ocupadas. Al cruzar la calle ya no pudo más, soltó en el piso las paquetes y se echó a reír solo.